jueves, 9 de septiembre de 2010

DURMIENDO CON EL ENEMIGO


Sólo tres de cada diez muertes por armas de fuego se deben a “la inseguridad”. Los últimos casos. Y la opinión de los expertos en desarme.


Por Lucas Cremades

Sólo es cuestión de segundos. Un disparo certero, voluntario o por accidente, es una ráfaga en el tiempo. Sea por amor, locura, odio, celos o infidelidad. Las armas de fuego hacen una síntesis brutal: la vida es todo y no es nada. Sea a sangre fría o caliente, el resultado casi siempre es el mismo.

En cuestión de meses, en distintas localidades del país, personas de extracción social muy diferente perdieron la vida a raíz de la proliferación de armas. Ninguna de estas muertes se debió a lo que gran parte de la sociedad y de los medios consideran “la inseguridad”. No fueron víctimas de salideras bancarias, ni de secuestros extorsivos, ni de asaltos a mano armada. Tres de cada diez muertes por armas de fuego en el país son causadas por conflictos de pareja, entre vecinos o conocidos.

A los 31 años, Oscar Daniel Aveldaño no había imaginado que iba a terminar matando por accidente a su amiga Jésica Migliavacca, de 20 años, luego de una discusión en la vía pública, en el partido de Olavarría. El hecho ocurrió en marzo pasado. Aveldaño iba manejando y tuvo una discusión con otro automovilista, Maximiliano Urrutia. Según fuentes del caso, a las pocas cuadras se volvieron a cruzar. Urrutia le habría dicho algo a una de las dos chicas que iban a bordo del VW Gol de Aveldaño (una era Jésica). El conductor, visiblemente alterado, bajó del vehículo y sacó del baúl una escopeta 12/70. En medio de amenazas cruzadas, de acuerdo con lo declarado por testigos, se originó una fuerte gresca. Cuando Aveldaño, muy nervioso, regresó al auto, se produjo un disparo accidentalmente. El tiro impactó en el ojo derecho de Jésica. La joven murió rumbo al hospital. Aveldaño, que era custodio de una empresa de caudales, quedó detenido e imputado por “homicidio, portación de arma de guerra y lesiones leves”.

La clásica “previa” en que los amigos se juntan antes de ir a bailar, en la madrugada del domingo 14 de agosto terminó en la peor de las tragedias. Para Mariano Gómez, hijo del dueño de la casa en la localidad bonaerense de Vicente López, así como para sus amigos, sacar de la repisa la pistola 9 milímetros marca Glock de su padre, sargento de la policía, era sólo una broma. Pero esta vez salió muy mal.

Según fuentes policiales, Gómez hijo comenzó a manipular el arma delante de sus cinco amigos. El arma pasó a manos de Juan Ignacio Rosendo Burns, de 21 años, que la habría manipulado a modo de juego. Se apoyó el caño en la cabeza y, en forma accidental, accionó el disparo que lo hirió. Instantes después, “Nacho” falleció delante de sus amigos. Luego de lamentar la muerte del joven, el ministro de Justicia Julio Alak, que promueve el plan de desarme nacional, resaltó: “Hay un dato que da cuenta de la importancia del desarme civil para reducir los niveles de violencia en la sociedad: sólo el 30 por ciento de los homicidios dolosos se produce en el marco de robos; el resto ocurre durante el desarrollo de conflictos interpersonales; por eso, la ausencia de armas en los hogares ayuda a prevenir desenlaces trágicos”.

Si de tragedias se trata, la ocurrida días atrás en el humilde barrio de El Jagüel, en el partido de Esteban Echeverría, encuadra muy bien dentro de la problemática por la tenencia de armas para defensa personal. La víctima estaba dentro de su casa. En una calle de tierra, tres hombres peleaban por cien pesos frente a una casilla. Leyla Magalí, de nueve años, se asomó por la ventana para ver qué ocurría entre su hermano y otros dos hombres que discutían acaloradamente. Uno de los hombres sacó un arma y comenzó a disparar en todas las direcciones. Los primeros disparos no salieron. Hasta que una bala logró salir y traspasó el vidrio de la ventana para impactar en la frente de la nena. Al cierre de esta edición, Leyla se debatía entre la vida y la muerte en una cama de terapia intensiva del Hospital Garrahan.

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