jueves, 9 de septiembre de 2010

ÚLTIMO ACTO


A los 69 años murió Rodolfo Fogwill, sociólogo, iracundo, publicitario, novelista, poeta, terminó firmando sólo con el apellido –“como Sócrates”– y provocando hasta el final. Una complicación pulmonar fue la factura que le llegó ayer a la tarde.


Por Silvina Friera

El último acto, la última “provocación” del francotirador, dejó sin palabras a los que escucharon la noticia. Rodolfo Fogwill murió ayer a los 69 años por un problema pulmonar. El cuerpo le pasó facturas por el exceso de tabaco. Hoy nace un mito, tallado por él mismo con la obsesión del “publicista póstumo”. El escritor de ojos desorbitados –la mirada de un loco– fue para la literatura argentina lo que Maradona es al fútbol y Charly García al rock.


Hubo mucha droga en la vida de este hombre lenguaraz, de gestualidad excéntrica, que devino en personaje previsible con incorrecciones de trazo grueso. Los famosos 12 gramos de cocaína con los que escribió Los pichiciegos –sin duda su gran novela– en una frenética carrera contra reloj; en medio de la guerra de Malvinas, quería terminarla antes de que el Papa llegara a Buenos Aires. También hay latiguillos para la polémica de bajo vuelo, como cuando le dijo a Página/12, hace unos años, algo que andaba proclamando a los cuatro vientos, como un macho que buscaba medirse con cuanto contrincante se le cruzara por el camino: “El único que puede hacer parar una pija en la literatura soy yo”. Una necrológica –género periodístico peliagudo escrito bajo el imperativo de la urgencia– tal vez no sea el mejor terreno para las conjeturas. Pero, a veces, cuando el personaje en cuestión aguijonea con su obra –pero mucho más con sus fisuras, derrapes y contradicciones–, resulta inevitable preguntarse qué hubiera pasado si esta muerte hubiera sucedido por los años ’90. Quizá su figura no habría dividido las aguas de un modo tan radical. Muchos –casi todos– lo amarían como un grande que se fue antes de tiempo, si es que se puede admitir que haya algo así como “un tiempo para morirse”.


Ese hombre que fue media docena de autores muy distintos con el mismo nombre de marca –según lo ha definido Elvio Gandolfo–, nació en Buenos Aires en 1941 como Rodolfo Enrique Fogwill. Sociólogo egresado de la UBA, publicista y experto en marketing, terminó publicando sus libros con su apellido a secas, “como Sócrates, Platón, Aristóteles”. “El maestro del arte de la elipsis”, como lo llamó Borges –a quien le leyeron un cuento de Fogwill, pero salteando las partes más fuertes–, siempre recordaba que el autor de El Aleph lo había definido como el hombre que más sabe de cigarrillos y automóviles. “Yo me puse contentísimo... pero tarado –me dijo Enrique Pezzoni–, ‘quiso decir que no sos un escritor’.” La construcción de su imagen incluía este tipo de anécdotas que otros callarían por pudor. Docente en la Universidad de Buenos Aires, tras el golpe militar de Juan Carlos Onganía en 1966 fue expulsado por “comunista”. Siempre contaba que para un trotskista lo peor que le podía pasar, en aquella época, era ser confundido con un comunista. De sus escarceos con la Cuarta Internacional pegó el gran salto como “investigador de mercados”. Llegó a tener “la agencia más grande de América latina”. Hizo fortunas, pero lo perdió todo.


Entre las campañas publicitarias de cuño fogwilliano, de las que le gustaba jactarse, está la de los cigarrillos Jockey: “Suaves pero con sabor, el equilibrio justo”. A Fogwill se le ocurrió “el sabor del encuentro”, que inicialmente no era para la cerveza Quilmes, sino para una tabacalera, y trabajó para Dupont, Esso, Nobleza Piccardo y muchas empresas más. En 1980 su cuento “Muchacha punk” ganó un importante premio literario. “Para escribir hay que ser un gran mentiroso”, le dijo el escritor a esta cronista cuando publicó el libro de poemas Ultimos movimientos (Paradiso), en 2005. “En mis libros hay un noventa y nueve por ciento de mentiras. Eso es la literatura, por suerte. Me siento muy frustrado porque para estar bien hay que tener la cabeza libre durante un día entero. Descubrí tiempos verbales que son solamente argentinos, los inventé yo. Se llama condicional imposible, como el pagariola. No existe en ningún idioma”, subrayaba el autor de los poemarios El efecto de realidad (1979), Las horas de citas (1980), Partes del todo (1990), Lo dado (2001) y Canción de paz (2003); de libros de cuentos como Música japonesa (1982), Ejércitos imaginarios (1983) y Restos diurnos (1993); y de las novelas Vivir afuera (1998) y En otro orden de cosas (2002).


Escribir –no caben dudas– era una de las mejores cosas que hacía Fogwill. Los pichiciegos, muchas veces reeditada de los ’80 a esta parte, es una novela excepcional que contribuyó a aceitar las piezas del mito. Edificó esa mitología “maldita” en parte a través de una postura contra la academia. Pero fue un escritor estudiado y ponderado no sólo en el ámbito universitario, sino también entre narradores. “Las boludas que están en la Facultad de Letras dan clases para chicos tontos; que escriban o den dos clases teóricas sobre Fogwill no es llegar a la academia. Porque Puan no es la academia... es lacamierda. Puan me parece un cotolengo”, afirmaba el hombre que manejaba al dedillo el arte de la injuria. Fogwill intentaba fundamentar, más allá de la diatriba. “Mi rechazo es estético: no censuro lo que hacen, censuro lo que se hacen. Se hacen pelota, son unos idiotas; quieren la ayudantía, la jefatura, la beca y después quieren ser vitalicios de la facultad, todos sin excepción.”


El año pasado publicó sus Cuentos completos (Alfaguara), aquellos que quería que fueran sus relatos definitivos. Expurgó unos cuantos, por malos –dijo–, como acostumbraba, sin pelos en la lengua. La voz de Fogwill, la del cuentista, la del personaje, no era una voz domesticada, a pesar de que siguiera al pie de la letra un guión esculpido. Era una voz díscola que se busca a sí misma, pero a la vez ponía y pone a los otros –a sus lectores– en el abismo. El arte de la provocación fue su elixir. Aunque el personaje haya fagocitado a los múltiples autores que conviven en sus mejores páginas, el tiempo dirá qué lugar ocupará Fogwill en el “parnaso” literario argentino.

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