lunes, 20 de septiembre de 2010

EL JUEGO O LAS ARMAS DE LA DEMOCRACIA





Hay un modelo económico impuesto a sangre y fuego del que no es fácil salir y del que la oposición, y una parte importante del poder mediático, parece hacer lo posible para que las cosas queden como están.

Además de la gravedad que el hecho tiene en sí mismo, el golpe y la instauración de una pseudodemocracia en Honduras tiene el plus de gravedad del metamensaje de “La Embajada” y los poderosos: esto lo podemos repetir en cualquier lugar donde nuestros intereses estén en juego; nosotros jugamos el juego que queremos y con las reglas que nosotros ponemos; con nosotros no se juega.
Parece que para ellos el margen de tolerancia es pequeño, y si bien no les molesta actuar dentro del campo de juego de una “democracia de baja intensidad”, no están dispuestos a tolerar una auténtica “independencia”, o “soberanía”. La vigencia de la vieja “teoría de la dependencia” no terminó con la cooptación de Fernando H. Cardoso, y si bien hoy muchos nuevos elementos deben incorporarse al análisis, mucho de aquello todavía debe tenerse en cuenta.
Un cierto revuelo causaron los dichos del conocido ex director del Buenos Aires Herald, Robert Cox (foto), acerca del peronismo. El neófito (¿o nonato?) en democracia Samuel Gelblung pareció desconcertado por la defensa de Eduardo Aliverti del gobierno de Perón, o mejor, que manifestara su desacuerdo con Cox. En realidad, no sé si era sensato esperar otra cosa de Cox. Un liberal honesto llamó –y llama– la atención en la Argentina por su actitud en la pasada dictadura, pero no porque se comparta o coincida con todo lo que dijo o piensa, sino porque como liberal, cree en la importancia y centralidad de la libertad, cosa obviamente ausente en las voces que se escuchaban durante la dictadura genocida; pero como liberal, está en dificultades ideológicas para comprender el fenómeno del peronismo. Otro problema, es por qué los liberales argentinos no hablaron como Cox, no tomaron claras posiciones como Cox, en especial sus colegas de la prensa. Pero ya señalé que Cox es un “liberal honesto”.
En una línea semejante, es curioso escuchar a periodistas, “liberales o pseudo”, hablar de Venezuela, también Cox lo hizo. El viejo “cuco” cubano de los ’70 parece ser hoy el “chavismo”. No voy a opinar sobre una realidad que desconozco, lo que sí puedo dejar claro es que no les creo a los medios de comunicación social cuando “informan” sobre Venezuela. Lo cierto es que comparar a Chávez con Perón, o el chavismo con el kirchnerismo me parece absurdo, falso y tendencioso. Por no decir superficial. Pero –precisamente porque no les creo, y más aun, sospecho de sus intereses– debo decir que tengo tendencia a estar más cerca que lejos de Chávez.
Voces cercanas a la “ideología militar” quieren hacernos creer que los montoneros están “dando vueltas”. Obvio que, por un lado, es un modo de decir que “el kirchnerismo quiere instalar en la Argentina la ideología marxista, apátrida, subversiva, terrorista que fue derrotada en los ’70”; y por otro lado, sirve de globo de ensayo –¿como Honduras?– para crear clima y, eventualmente, conquistar espacios. Es cierto que discursos como los de unos montoneros que dicen que “no hemos enterrado las armas”, alientan este clima. La idea da para decirles que las pueden enterrar bien, que no las necesitamos ni queremos, y que la democracia la vamos a defender sin su ayuda –gracias– que ya bastante mal hicieron contra la democracia en el ’76. Pero después uno también se pregunta si los genocidas enterraron las armas, y ciertamente escuchar declaraciones –como las recientes de Videla– que repiten una y otra vez que lo volverían a hacer, sólo dice que no lo han hecho. Y contra estas armas también debe defenderse la democracia. O mejor dicho: es contra estas armas que debe defenderse, porque son las que les han sido entregadas en nombre de la patria.
Claro que no es fácil entender qué decimos al decir democracia. Democracia decían los griegos, cuando para ellos el “pueblo” eran cinco gatos de la elite; democracia dijo Bush que implantaría en Irak, sin consultar al pueblo; democráticos se llaman algunos estados comunistas; “democracia universal” se dijo, aunque la mujer no tenía acceso al voto, para poner un ejemplo. No parece demasiado discutible afirmar que el término es “polisémico”. Muchos cuestionan el “populismo”, y desprecian profundamente al “pueblo”, pero se llaman a sí mismos “demócratas”. Creo que aquí radicaba el problema con la definición de Cox. Es muy difícil afirmar que Perón –y el peronismo– no eran democráticos en cuanto a que fueron elegidos por el voto popular. El golpe del ’55 afirmaba que no se respetaba a “las minorías”, no que no tenía apoyo de las “mayorías” (curiosa “democracia” en la que las “minorías” derrocan la voluntad de las “mayorías”). La referencia a “caudillos” ¿puede considerarse algo “no popular” o “antipopular”?; que para cierta mentalidad liberal el caudillo sea algo cuestionable, no niega su raíz popular y –por lo tanto– en un profundo sentido “democrático”. ¿Alguien que conozca el fenómeno zapatista en México se atrevería a decir que no son democráticos? (“aquí el pueblo manda y el gobierno obedece”, se trata de “mandar obedeciendo”). Seguramente esto no será del agrado de Cox, pero es otro tema.
Es verdad que hay muchas y diversas maneras de entender la democracia. Obviamente, la nuestra se guía por una Constitución que señala los marcos de referencia de esta democracia. En lo personal, no estoy de acuerdo con algunos aspectos, o ciertos puntos, pero este es nuestro marco, y con él debemos guiarnos mientras no se haga una reforma. Y guiándonos con este marco, se fortalecerá la democracia. Porque es evidente que hay muchos elementos o aspectos que no se cumplen. En lo personal, creo que tenemos una democracia tutelada, donde “el capital” marca límites, agenda, leyes, o hace tambalear gobiernos, jueces o ministros. No es fácil para un gobierno, un legislador o un juez enfrentar el poder económico. Basta mirar la reacción que provoca en tantos la propuesta de “participación de las ganancias de las empresas”. El término es constitutivo de la doctrina social de la Iglesia desde los orígenes, pero los obispos callan, Infobae habla de “ley antiempresa” (que recuerda la presentación de la Ley de Medios como “ley mordaza”), y “Méndez” habla de cubanización o chavismo. La oposición calla –como los obispos– y aparecen remedos de aquel “viva el cáncer” aludiendo a la carótida.
Hoy sabemos bien que el golpe genocida del ’76 contó con un globo de ensayo: las bandas armadas, la Triple A; en el golpe, con el amago del brigadier Orlando Capellini, y en lo económico, con Celestino Rodrigo. Pero lo más claro es que el golpe fue para instaurar un modelo económico. Más grave que los desaparecidos, las torturas y toda la violencia genocida fue la instauración de un modelo económico, como lo reconoce la célebre carta de Rodolfo Walsh. Y es evidente que esos mismos que alentaron el golpe seguirán impulsando o ejerciendo su poder ante cualquier amago de “populismo”; sea Techint en Venezuela, Clarín y Papel Prensa, la Sociedad Rural y tantos que “soportan” una democracia mientras puedan seguir sin ser molestados. Creo que el modelo económico no cambió, aunque es evidente que todo cambio menor o grande genera interminables conflictos en los que los poderosos “ponen toda la carne al asador”: sea la 125, la Ley de Medios o Papel Prensa, sea Kraft, las AFJP, Aerolíneas, la participación en las ganancias, la renta financiera, la Asignación Universal por Hijo, etcétera.
Y en este contexto, resulta extraño (o no) escuchar a algunos que parecían ser “progres” hablando de la dictadura (“basta con este tema”; “ya no tenemos que hablar de los ‘70”). No sé si ellos creen que ya hemos cerrado y terminado con los efectos de la dictadura, pero no sólo hay juicios pendientes, nietos sin recuperar (¿no, Ernestina?), sino un modelo económico impuesto a sangre y fuego del que no es fácil salir, y del que la oposición, los empresarios y una parte importante del poder mediático parece hacer lo posible para que las cosas queden como están. O quizás, se cansaron ya del juego de “rebeldes progres” y ahora “vamos a hablar en serio”. Y para hablar bien en serio, nada mejor que seguir el son del Clarín, en defensa de La Nación y bien alimentados en la mesa de Magnetto (o de Carrió, que no es distinto).








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