domingo, 26 de septiembre de 2010

POR OTRA INCLUSIÓN DE LO FEMENINO EN LA CIENCIA


Por Diana Maffía.

La metáfora, como las emociones, han sido consideradas obstáculos epistemológicos que deben ser eliminados para lograr la neutralidad valorativa y literalidad propias del conocimiento científico.

Cuando se discute el papel de las mujeres en la ciencia, su tardío ingreso a los lugares de producción del saber, su todavía escasa representatividad, su ausencia en los lugares de decisión, muchas veces se dejan fuera de la discusión aquellos dispositivos epistemológicos con los que se justifican tales exclusiones, y que tienen su origen en consideraciones filosóficas sobre el conocimiento y la producción de verdad.

Algunos de estos presupuestos son, en primer lugar, la objetividad. Suponer que el saber científico es objetivo es suponer que la observación sistemática dará siempre los mismos resultados, no importa quién sea el observador. En segundo lugar, la neutralidad valorativa. Suponer que la ciencia es neutral es suponer que los rasgos idiosincrásicos, valorativos y políticos no influyen en la producción de saber, que todo sujeto es intercambiable por otro. En tercer lugar, la literalidad del lenguaje, que considera que las metáforas, lejos de tener algún valor para el conocimiento, obstaculizan el sentido y la referencia. En cuarto lugar, la
exclusión de las emociones, que lejos de considerarse una fuente para el conocimiento se consideran un obstáculo que debe ser removido y controlado. Invitamos, entonces, a pensar el conocimiento en clave relacional y constructiva, donde los cuerpos, las emociones y las alteridades son herramientas de una construcción intersubjetiva de "la verdad".

Si analizamos los estereotipos culturales acerca de lo femenino y lo masculino, podríamos hacer una larguísima lista de conceptos que en general se han presentado como dicotomías, como conceptos opuestos entre sí (objetivo-subjetivo ; universal-particular; racional-emocional; abstracto-concreto; público-privado; hechos-valores; mente-cuerpo; literal-metafó rico). Estos pares de conceptos exhaustivos y excluyentes han dominado el pensamiento occidental y siguen dominando nuestra manera de analizar la realidad. Esta disyunción epistemológica occidental, no llegaría, no obstante, a constituirse en un problema para nosotras, las mujeres, si no fuera porque ese par está sexualizado. El problema es que si se requiere para algo ser racional, entonces inmediatamente se piensa en un varón, porque las mujeres están estereotipadas como emocionales. Si se requiere para algo objetividad, entonces se piensa en un varón, porque las mujeres estamos rotuladas como subjetivas. Si se demanda, en cambio, algo del orden de la vida privada, vamos a pensar en una mujer, porque los hombres están ubicados en la vida pública y nosotras estamos asignadas a la vida privada.

Otra cuestión es la jerarquizació n de estos pares dicotómicos, primero en la cultura académica, y luego en el sentido común. No se trata solamente de que objetivo y subjetivo son automáticamente asignados a masculino y femenino respectivamente, sino que lo objetivo resulta más valorizado que lo subjetivo; que lo público aparece como más valioso que lo privado, y lo racional cotiza más alto que lo emocional. Al jerarquizar el par de conceptos, estamos reforzando la jerarquizació n entre los sexos, porque el par está sexualizado y estereotipado.

Cuando pensamos qué condiciones deben satisfacer la justicia, el derecho, la ciencia, las definimos por rasgos como la universalidad, la abstracción, la racionalidad, etcétera; con lo cual no les van a decir a las mujeres que no hagan ciencia, no hagan derecho o que no sirven para la política. No. Nos van a decir, la ciencia es así (como si no fuera una construcción humana, sino el espejo cognitivo de la naturaleza), y requiere unas condiciones privilegiadas de acceso (que casualmente son las masculinas), y si vos tenés otras condiciones, no encajás, no calificás para esto, o solo hasta cierto grado. Hay una naturalización de cómo es la política, cómo es la ciencia y cómo es el derecho y quedamos expulsadas por esa otra naturalizació n que proviene de la sexualización de la dicotomía.

Epistemología feminista

Es interesante advertir que tanto el sujeto político, el ciudadano, como el sujeto de conocimiento científico de la ciencia moderna, surgen al mismo tiempo (en el siglo XVII) con este mismo sesgo de las atribuciones dicotómicas, produciendo un modelo de conocimiento
patriarcal. ¿Cuál es el sujeto de conocimiento? Es aquel capaz de objetividad, es decir, capaz de separar sus propios intereses y adquirir, entonces, esta visión de los aspectos del mundo sin
ponerse en juego él mismo en la visión de estos aspectos.

La neutralidad valorativa, es decir, el sujeto en este mito de la ciudadanía, y también del conocimiento científico, es un sujeto que no interfiere ni pone en juego sus valores y sus emociones a la hora de producir conocimiento o justicia, sino que los discrimina y neutraliza. El sujeto es capaz de disciplinar y dominar su propia subjetividad, de borrarla, y simplemente dejar testimonio de lo que ve, para que otro sujeto igualmente neutral pueda tomar su lugar y
probar si eso que ha sido descripto es verdad o no.

Otro aspecto que existe en este mito de la ciencia moderna es el valor de la literalidad en el lenguaje. La literalidad significa que lo que el conocimiento científico tiene que producir es una descripción del mundo, de manera tal, de crear un lenguaje específico para la ciencia, que asegura la referencia. El sujeto desaparece como constructor de una interpretació n; sobre ese mundo, es meramente un testigo que debe referir de manera directa, de tal modo que cualquier otro pudiera saber, exactamente a qué nos referimos.

Contra este modelo, en realidad, propongo una visión diferente, y es la idea de que nuestra manera lingüística de acercarnos al mundo se parece más a la metáfora que a la literalidad. Es decir, nosotros avanzamos con lo que conocemos, y tenemos instrumentos de comprensión sobre cosas que no conocemos, sobre las que aplicamos estas fórmulas, estas capacidades de interpretación que ya poseemos.
Vemos el mundo "como si..." lo que ya comprendemos de antemano. No podemos avanzar de manera neutral sobre lo que no conocemos e incorporarlo. Lo incorporamos a algo que previamente tenemos, y procedemos, entonces, a capturar estas cosas y a modificarlas con un
movimiento más parecido al de la metáfora.

La metáfora, como las emociones, han sido consideradas obstáculos para el conocimiento. No sólo no han sido valoradas como instrumentos cognoscitivos, heurísticos, que nos permiten comprender y dar significado a la realidad, sino que han sido consideradas obstáculos epistemológicos que deben ser eliminados para lograr esta neutralidad valorativa y esa literalidad propias del conocimiento científico.

Normalmente existen dos definiciones de verdad que se dan: la verdad como relación de las palabras con las cosas, como correspondencia entre el lenguaje y la realidad; y la verdad como coherencia, es decir, como un lenguaje que no debe llevar a contradicciones. Pero habría todavía otra manera de definir la verdad, que es la verdad como "constitución intersubjetiva" . Esta noción de verdad, y esta versión intersubjetiva del conocimiento; esta idea del valor de las emociones en la construcción del conocimiento, el valor epistémico de la metáfora, son profundamente humanistas. Porque desde esta descripción ningún sujeto es intercambiable por cualquier otro, ni neutralizado.

Una visión tal del conocimiento y de la ciencia, la transforma en una empresa mucho más inclusiva. Invita a las mujeres a participar en ella y a cooperar en la comprensión de un universo que, sin nosotras, sería imposible.

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