lunes, 20 de septiembre de 2010

MUGICA SIGUE VIVO EN LA VILLA 31


Miles de habitantes de villas y asentamientos de Buenos Aires se reunen cada año, para conmemorar los aniversarios del crimen del sacerdote que representó como pocos la “opción por los pobres”. Vecinos de la Villa 31, donde cumplió su misión y está enterrado, y los curas villeros quieren que ese asentamiento lleve el nombre del sacerdote, muerto el 11 de mayo de 1974.


Por Pedro Ylarri


Si la Villa 31 de Retiro fuera considerada un barrio porteño, debería llamarse Padre Carlos Mugica, porque todo –o casi todo– hace referencia aquí a este cura del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM), hoy considerado mártir por sus habitantes. Llevan su nombre dos comedores, una guardería, un club barrial y el grupo de artistas dedicado a los murales. En la villa no hay verdulería ni almacén que no tenga colgado su rostro en la pared.



Es que el “padre Carlos”, el fervoroso peronista surgido de una familia acomodada de Recoleta que terminó su vida entre los pobres, es el espíritu que anima a quienes viven en la villa. Carlos Francisco Sergio Mugica Echagüe, tal su nombre completo, fue asesinado el 11 de mayo de 1974, pero para los vecinos sigue siendo su intendente.


Guillermo Torre, uno de los diecinueve curas villeros designados por el Arzobispado de Buenos Aires para trabajar en los asentamientos, es párroco de la Villa 31, donde vive desde hace una década. Maneja una vieja camioneta Falcon y acompaña a este cronista hasta la Iglesia del Rosario, en el interior del barrio.


“Willy”, como le dicen algunos, es el más cercano referente del padre Mugica que tienen las 30 mil almas que viven en el lugar, que podría, en sí mismo, ser considerado una ciudad. Torre tenía 9 años cuando Mugica fue asesinado, pero ahora, 35 años después, recibe un mate con azúcar de una de sus colaboradoras y empieza a hablar... sobre el “padre Carlos”, por supuesto.


—Hace 40 años, Carlos Mugica estaba en el mismo lugar que nosotros, rechazando la erradicación del barrio y ayudando a los vecinos. ¿Está usted aquí por él?


—Para mí y para todos los curas villeros es un referente muy fuerte, como lo fueron tantos otros sacerdotes que lo conocieron y siguieron. Nos marcaron el camino del trabajo y del compromiso por los más pobres. El “padre Carlos” fue un mártir, un referente, y nos ha dejando un legado muy lindo, que es un desafío: la opción de trabajar con los más pobres. (...) reconociendo la belleza y riqueza de la cultura de los que menos tienen.


—Mugica denunciaba una realidad escandalosa y llegó a ser funcionario para intentar cambiar las cosas en este lugar. ¿Después de tanto tiempo hay una mejora?


—La villa antes era más villa; ahora decimos que son barrios obreros, por el trabajo y las posibilidades, aun viviendo la gente en estas condiciones tiene más oportunidades que en las provincias del norte o en países limítrofes. Aquí por la mañana salen miles de niños a la escuela y mujeres y hombres a trabajar, éste es un barrio de trabajo. Esa es nuestra tarea; como decía el “padre Carlos”: “Ayudarlos a que se pongan de pie”.


—Los curas villeros llegaron al ámbito público con un documento crítico sobre las drogas y su “despenalización de hecho” en las villas, una táctica usada por el Mugica-político, amenazado muy seguido por esas intervenciones...


—Mugica era Mugica, era una persona muy especial, con una personalidad y una forma de ser que se destacaba. Mugica fue Mugica en una época muy especial, en la que era muy común el compromiso político. Era muy común que jóvenes católicos militaran en el peronismo o en cualquier partido. Hay que salvar las distancias, la situación ahora es muy distinta.


Siguen hoy colgadas en las paredes de la Parroquia Cristo Obrero, mausoleo del “padre Carlos”, las imágenes de Mugica dando misa en ese mismo lugar. Una de ellas lo muestra en el altar, y detrás junto a la cruz, hay un cartel que reza: “Misa en homenaje a nuestra abanderada, Evita. ¡No falte compañero! ¡Perón al poder!”. El mismo mausoleo hace alusión al general Juan Perón y en su portal de ingreso anuncia que Mugica, “ahora más que nunca, está junto al pueblo”.


—¿Qué recuperó el peronismo de uno de sus más destacados militantes?


—Antes que nada, él era peronista porque creía que el peronismo era lo más cercano al cristianismo; y era peronista al mango, estaba obnubilado por Perón. Pero nunca dejó de ser lo que en lo más profundo de su ser era: un sacerdote. Y la gente lo recuerda de esa manera. Después, creía que la doctrina peronista era la mejor, en eso a lo mejor se equivocaba, pero lo cierto es que en la práctica, en lo que fueron las políticas, nunca se cumplió, ni lo que deseaba Mugica ni lo que decía la doctrina. El peronismo hoy no es lo que era en esa época.


—¿Entonces, Mugica fue Mugica a pesar del peronismo?


—Es común que grupos políticos lo miren más como político, pero en la sencillez de la gente es recordado como el “padre Carlos”. Un ejemplo: cuando hicimos el traslado de los restos en 1999, al día siguiente vino una señora, que no había podido venir al día anterior. Me contó que había vivido en la villa en esa época, que su hija ahora abogada había aprendido catecismo con el “padre Carlos” y que ella había conocido “lo más importante”, me dice, mientras miraba el crucifijo. La gente lo recuerda así, ni como Carlos ni como Mugica, como “padre Carlos”.


Martín es otro de los sacerdotes del asentamiento y pone otro ejemplo: el de una enfermera del Hospital Garrahan, que al enterarse de que venían de la villa se emocionó contando que allí había vivido y que había podido salir y tener un trabajo por iniciativa del “mártir”. Cuenta el sacerdote que la enfermera llamó a otra, con una historia de vida similar. Guillermo vuelve a resaltar, entre mate y mate, que “ése es el verdadero Mugica, el que vivió la fe encarnada en el trabajo en estos lugares, con los más pobres y desde los más pobres”.


Ahora, los habitantes de la villa quieren darle su homenaje, y por eso apoyan un proyecto de urbanización que busca, en primer lugar, cambiarle el nombre al asentamiento. Como la guardería y el grupo de muralistas, y como muchas otras cosas aquí, proponen que la villa sea nombrada Barrio 31 Carlos Mugica. El arquitecto Javier Fernández Castro dirige el proyecto de urbanización, que busca por estos días apoyo en la Legislatura entre la oposición.


También planean realizan un festival por los 35 años del “martirio”, que se realizará en la parroquia Cristo Obrero el domingo 17 de mayo. El padre Guillermo Torres, mientras maneja su vieja camioneta hacia el mausoleo, le dice a PERFIL que participarán artistas y músicos de una decena de otras villas de la ciudad, en donde también el “padre Carlos” está omnipresente. La celebración lo entusiasma, aunque se pone serio cuando habla “del día que lo mataron”.


—¿Qué se aprendió de la muerte de Mugica, de la forma en la que sucedió?


—La tensión que sigue habiendo entre un bando y el otro significa que no se aprendió nada. Si sabemos mirar la historia, tiene que servir para el bien y para el futuro. Porque fue un mártir.


—¿Se preguntan los curas villeros quién lo mató?


—Hay historias que vinculan el asesinato con los Montoneros, pero no. El mismo decía que lo iba a matar (José) López Rega.


—Había sido amigo de jefes de Montoneros, pero luego los cuestionó...


—Decía que estaba dispuesto a dar la vida, a morir, pero no a quitársela a otros. El “padre Carlos” murió luego de atender a la gente y de dar misa, fue Dios quien marcó su muerte para resaltar que, ante todo, Mugica era un sacerdote.


A 36 años, en la capilla entregan volantes con el anuncio de la celebración. Es que la vida y muerte, la alegría y la tristeza, están demasiado cerca en este asentamiento que dice llamarse Barrio Padre Mugica. Esta semana, un niño falleció en la villa. “Tenía problemas del corazón”, me cuentan. Al día siguiente, los vecinos hicieron una colecta para poder pagar los 650 pesos del servicio funerario para pobres, que sus padres no podían pagar.


Lo sabe también el padre José María Di Paola, el cura de la Villa 21, amenazado de muerte tras el documento sobre las drogas difundido el 3 de abril del año pasado. Considera que “no es la villa” como afirma la “prensa amarilla”, sino “el narcotráfico”, el que permite que decenas de jóvenes mueran en las calles de los barrios marginales por el paco, la tan temida “droga de los pobres”. A Di Paola todos los conocen como “padre Pepe.

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