lunes, 31 de enero de 2011

ILUSIONES SONORAS, EL CHOQUE URBANO


El grupo que desde hace ocho años les saca música hasta a las piedras le tomó la mano al clima de fiesta global sin perder su toque argentino. La versión “veraniega” de La Nave es, según sus integrantes, “un concierto renovado, con nexos actuados y toques de humor”.

Por Facundo García


Terminan exhaustos, con el público bailando afuera de la sala y los instrumentos calientes de tanto vibrar. Son los integrantes de El Choque Urbano, que están otra vez en Mar del Plata, todos los lunes de enero y febrero a las 23.30, en el Teatro Colón (Hipólito Yrigoyen 1665). Para quien no los haya visto últimamente, el show es un baldazo de sorpresas: la banda de los tachos, los caños de PVC y las bolsas de nylon viene cebada con su disco La Nave, una frenética colección de ilusiones sonoras que moviliza a los espectadores como lo hacen muy pocos shows en esta temporada, por no decir ninguno.
Los tracks que integran La Nave derivan de una obra teatral de idéntico nombre que el grupo viene difundiendo desde 2008. Sin embargo, este formato “veraniego” –que se estrenó en Buenos Aires en octubre de 2010– pone mayor énfasis en la música. Sebastián Ablin comenta que “es un concierto con nexos actuados y toques de humor; renovado y en mutación permanente”. Sebastián Iglesias, otro miembro de staff, subraya la importancia de la dinámica grupal en esos procesos: “Por detrás de lo que se ve y se escucha, hay músicos y actores que tuvieron que trabajar duro para ir emparejando destrezas. Los que veníamos de la actuación aprendimos a tocar, y los que se dedicaban a la música se entrenaron en teatro. Ahora todos tocamos, todos actuamos, todos hacemos un poco de todo”.
Respiran hondo después de decir un par de oraciones. Acaban de ofrecer una función explosiva, y los restos de maquillaje que quedan en las caras se licuan en un panorama de plomos que cargan instrumentos y desatornillan atriles. Fuera de las tablas, el colectivo divide tareas entre quienes se dedican a la dirección general, la composición, el armado de los temas y el perfeccionamiento de las coreografías. De la mélange sale un engrudo que define su contorno a través de lo que podría denominarse una “estética de lo plebeyo”: al igual que en los barrios más pobres del país, en las escenas los jóvenes son mayoría, y no exhiben cuerpos tallados por los moldes publicitarios. Hay un gordo, dos mujeres, un flacucho, uno que parece loco. Cada cual con sus coqueterías y orgullos, sin que ninguno monopolice la autoridad ni el centro. La lucha entre armonía y desequilibrio motoriza las tensiones, hasta que el público también se constituye en personaje y se disuelve en el barro que amasaron los artistas. En este choque, a diferencia de lo que ocurre en otros, la colisión es gozosa y compartida.
María Paz Cogorno lo analiza desde su punto de vista. “Nuestro objetivo –revela– es que veas cómo se puede hacer música con lo que te rodea, y proponerte que el artista no tiene por qué estar dos metros por encima tuyo, porque de hecho forma parte de tu mismo grupo humano.” Con esas premisas se entienden mejor los motivos que hicieron nacer el proyecto en 2002, cuando el país se caía a pedazos y el interés de las grandes mayorías era la supervivencia. En cierto sentido, los Choque sintonizaron con ese retorno a lo básico; con la vuelta a la raíz –en este caso, del hecho artístico– para dar, desde ahí, magia a lo que se veía opaco o inservible. Casi una década después han conseguido construir un cosmos semificcional que es imposible no vincular con los bordes de Buenos Aires y el conurbano. Es como si los Les Luthiers se hubieran mudado a La Matanza.
RAVE Y POESIA
Pero quizá sirva retroceder en el tiempo para ilustrar con situaciones concretas. Una hora y pico hacia atrás, por ejemplo, cuando la charla con Página/12 no había sucedido y sonaban las notas de “A bordo”, el primer tema. Lo primero que llama la atención es la presencia de unos enormes caños de PVC de distinto diámetro que se tocan en altura. Trepadas en un andamio de cinco o seis metros, dos personas golpean con manoplas en los agujeros y se oyen timbres graves, similares a los de un bajo eléctrico. Más cerca del suelo, en cambio, deambulan las cacerolas, los tachos y otros fragmentos del paisaje diario que adquirirán barniz de magia a medida que avance la pieza. Ya en el arranque es notorio el crecimiento que ha experimentado El Choque desde la época de Fabricando Sonidos (2003). Ganó en potencia y le agarró la mano al clima de fiesta global sin perder su toque argentino. Así, el drum & bass convive con los zapateos, y los ritmos de chacarera repiquetean gracias al juego con pelotas de básquet.
Para que la serie no resulte agotadora, hay interludios actorales y zonas de fusión entre drama y sonido. Eso permite el deslizamiento de la locura rave a las emociones sutiles sin tener que recurrir a cortes abruptos. Los personajes –vestidos con lo que bien podría ser el atuendo de cualquier cartonero– hablan entre sí en una lengua desconocida: la lengua de los que ya no son capaces de comunicarse fácilmente con los demás. El desafío para los espectadores, en consecuencia, es tender puentes y hacer un esfuerzo por entender.
Es más, uno de los momentos más poéticos de La Nave germina a partir del silencio. A media luz, lentamente, los intérpretes hacen sonar bolsas de nylon hasta que van delineando el retrato auditivo de la lluvia. El siseo es exactamente el que causaría un chaparrón, y los seres se van aproximando para disfrutar juntos de las gotas imaginarias que caen desde el techo. Ablin: “Una de las ideas que pretendemos transmitir es que se puede hacer música con la mínima partícula que le puedas arrancar al sistema. Puntualmente con las bolsas –y por eso muchas veces hacemos ese número al aire libre– queremos indicar que también pueden servir para hacer arte, y no solamente para jalar pegamento o contaminar el ambiente”.
Esa perspectiva afecta cada detalle. El PVC se metamorfosea y va de amenaza ecológica a dispositivo para incitar al baile. Las cacerolas viejas y los bidones de plástico, que tardan siglos en biodegradarse, emergen como instrumentos musicales de excepcional durabilidad. Y llevando el concepto todavía más allá, las derivaciones se vuelven infinitas. Si lo que comúnmente se considera “basura” se deja convertir en arte, entonces los que han sido expulsados de la sociedad también pueden devenir artistas. En un sitio como Mar del Plata –que como todo polo turístico pretende resaltar su condición de ciudad-espectáculo por sobre sus conflictos sociales–, un enfoque así merece ser bienvenido.
SONIDO ORGANICO
Hace mucho que El Choque transita esa senda. En una entrevista que les hizo este diario en 2006, confesaban que “al no tener vacas para sacarles el cuero ni maderas de árboles que cortar”, se habían inclinado por el metal y el plástico. En aquella oportunidad, Manuel Ablin –hermano de Sebastián– declaró que querían demostrar que el arte podía asentarse “en cualquier barrio para generar un ingreso económico o un festejo”, y que para confeccionar sus herramientas simplemente habían recolectado entre los desperdicios que abundan en cualquier urbe. “De algún modo –sentenciaba el joven– nos salimos del circuito de consumo, y eso tal vez sea un gesto interesante.” En el site oficial lo reformulan sin pelos en la lengua. “El impacto de los elementos –dicen– produce un sonido residual, un ruido. Con la voluntad de transformación como base del acto creador, esos ruidos pueden ser música, resignificando la utilidad de los objetos y creando la forma más pura y primitiva de expresión musical: la percusión.” De ahí que uno de los lemas de la banda sea “música en todos lados”.
La puesta orbita entre la electrónica y la world music; con una variable que introduce alteraciones profundas: no hay sintetizadores. Los encantamientos se generan con espíritu artesanal, y las canciones bailables tocadas a sangre y piel revelan cuánto se pierde al reemplazar los instrumentos reales por secuencias de bits. “Nosotros tuvimos una época de actuar en fiestas electrónicas y nos enganchamos muchísimo. Por lo tanto la meta no es rechazar lo que viene, sino digerirlo mediante la propia identidad. Reflexionamos mucho sobre la presencia o no de máquinas en lo que hacemos. Y hasta aquí venimos prefiriendo ‘lo analógico’. Es como si fuéramos un DJ capaz de dividirse en diez tipos y de sacar sonido no ya en unos pocos canales sino en cuarenta o más, sin utilizar un solo sampler”, remata Ablin.
En el final de La Nave, los protagonistas bajan a la zona de butacas y arrean a la asistencia para que salga con ellos. Si pueden, llegan hasta la calle. De lo contrario se quedan en el hall. Como sea, siempre forman una ronda y continúan contagiando las ganas de seguir. Ya se ha dicho que es tentador establecer asociaciones entre lo que hace El Choque y el contexto de crisis que le dio nacimiento. Más sugerente aún es comprobar que, en la despedida, sujetos que hace un rato no se saludaban se funden en el baile. Como si una parte de los lazos perdidos empezara a recuperarse.

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