lunes, 31 de enero de 2011

"VILLA SALIÓ A LA CALLE, PERO NO HUBO UNA VANGUARDIA QUE CONDUJERA A LOS OBREROS"


La represión en Villa Constitución, poco antes del golpe del ’76, dejó un saldo de miles de despedidos, decenas de desaparecidos y numerosos presos. Carlos Sosa era dirigente ferroviario y acompañaba el proceso combativo que se había producido en esa localidad.

Por Adriana Meyer


Esa luz que demora el atardecer de verano se mezcla con el alumbrado y las marquesinas recién encendidas en Villa Constitución. Carlos Sosa abre la puerta del Centro de Jubilados que armó en un local arrebatado al dirigente ferroviario José Pedraza. “Lo de ahora no es nuevo, el drama nuestro es que vuelve a reciclarse la historia”, afirma el histórico dirigente sindical, y el concepto volverá una y otra vez en los relatos de sus vivencias y en el análisis de la actualidad que compartió en diálogo con Página/12. Protagonista del “Villazo” y sobreviviente del denominado Operativo Serpiente Roja del Paraná –en 1975, cuando trabajadores sindicalizados de Acindar fueron secuestrados, asesinados y desaparecidos–, Sosa acaba de presentar una denuncia penal contra los represores que lo ejecutaron material e ideológicamente: el ex ministro de Economía y ex miembro del directorio de esa empresa, José Alfredo Martínez de Hoz, la ex presidenta María Estela Martínez de Perón y las autoridades del Consejo Empresario Argentino (CEA). “Buscamos justicia contra los beneficiarios del genocidio, que intentó terminar con el espíritu y el activismo obrero que afectaba los intereses empresariales”, resume.
El tranquilo barrio ferroviario contrasta con el ruidoso centro de Villa, y refleja emblemáticos momentos de la historia del movimiento obrero. “Acá se robaron 30 kilómetros de vías, y la estación está en pie porque la ocupamos durante 40 días y la convertimos en una huerta comunitaria. Aquellos años (los ’90) fueron difíciles”, recuerda. Sosa –71 años, jubilado, casado, una hija y dos nietos– es de baja estatura, fornido y lúcido, sigue afiliado a la Unión Ferroviaria “a pesar de todo” y es hincha de San Lorenzo. “Entré al ferrocarril en 1961 como changarín, que en realidad es la tercerización de ahora. Cambiaron los nombres pero ya los ingleses tenían ese sistema. Al principio uno hacía changas, pero la diferencia es que con lo que ganabas vivías una semana. Y nos quedaba tiempo para leer y militar.” Luego pasó a Vías y Obras, donde realizaba la dura tarea de impregnar durmientes. A quienes trabajaban allí les decían “catangos”. Ubicado en la parte superior de la caldera de impregnación leía a Carlos Marx. “Había una escuela nocturna de La Fraternidad donde estaba Tito Martín, maquinista, profesor y dirigente comunista, y estudiábamos ahí con (Alberto) Piccinini y otros compañeros que salieron después delegados.” Aunque su inquietud había empezado en su pueblo, Santa Isabel, cuna de la oligarquía terrateniente, con su trabajo junto a un librero muy politizado y antiperonista, y en su casa con el clima opuesto, proletario y peronista. “Al librero lo llevaban en cana porque hacía reuniones donde conspiraban contra el peronismo, y en el patio de mi casa mi abuelo, que era peón rural o croto, como le decían, armaba fogones donde escuchaba canciones anarquistas y los relatos de la Patagonia, que luego leí en los libros de Osvaldo Bayer. Esos fueron los dos ejes de mi juventud.”
–¿De esa mezcla derivó en el comunismo?
–Esta era una zona de lucha, creo que lo decisivo fue eso. A poco que entré en el ferrocarril se desata la huelga de cuarenta y pico de días, yo tenía 21 años. Fue un proceso de lucha para que la Unión Ferroviaria (UF) nos cubriera, que aun siendo changarines pudiéramos ser afiliados. En el ’65 fui propuesto para la comisión directiva de acá, a pesar de que no era del ambiente ferroviario, era un negrito que había venido de afuera. Pero justo cuando iba a haber elecciones intervienen la UF, con Lorenzo Pepe, Víctor Vázquez, que está desaparecido, y otros forman una comisión al margen. La CGT decretó un paro parcial y nosotros lo hicimos por 24 horas. La empresa nos castigó con una suspensión de 60 días. Llegamos a tener una conducción militar en Ferrocarriles Argentinos, que hicieron un negociado con la empresa Alba, y nos suspendían por cualquier cosa.
–¿Usted participó de la creación de la CGT de los Argentinos?
–Sí, la constituimos en el ’68 con La Fraternidad, el compañero Tito Martín, y otros sindicatos. Durante el Cordobazo y el Rosariazo acá propusimos hacer paro, pero hubo enfrentamientos. Me designaron para representarnos en la CGT de Rosario, fue un duro proceso con enfrentamientos con los carneros. Creo que ante determinadas situaciones no hubo una alternativa obrera, popular, con una visión de poder propio. Con la huelga y Tosco en Córdoba daba para dar un salto político cualitativo, y no fue por una de las fallas de la izquierda. Lo mismo pasó en 2001, si la CTA declaraba el paro general, otra hubiera sido la historia. Y ahora encima rompen la CTA. Así es el drama de los argentinos, pasó en el ’55 cuando Villa salió a la calle pero no hubo una vanguardia o centralidad que condujera a la clase obrera a la toma del poder. Entonces seguimos siempre detrás de proyectos de la burguesía, incluso la visión que tiene este gobierno de generar una burguesía para un proyecto nacional y popular no sirve porque esa burguesía no le responde, lo vemos acá en Paraná Metal con Cristóbal López. Es una burguesía rapaz que no trepida en matar, lo hemos vivido en el ’76.
–¿Usted estuvo preso antes del inicio de la dictadura?
–Sí, el 20 de marzo del ’75 que se desata el Operativo Serpiente Roja.
–De aquella Unión Ferroviaria a la actual, ¿qué pasó?
–Hubo una involución. En aquel momento que desafiamos a la intervención fue un período de conquistas y realizaciones. Lo mismo pasó en el movimiento obrero de Villa y había que cortarlo. Por eso el operativo del 20 de marzo, donde se unieron la pata sindical de Lorenzo Miguel, (Alberto) Rocamora (ex ministro del Interior) como la parte política, y Acindar, Isabel y Martínez de Hoz con el CEA, que representaba la alianza del sector terrateniente con el sector industrial. Fue una respuesta al Villazo que había sido un triunfo de los trabajadores, una epopeya obrera y popular. Acá la semilla la sembró el anarquismo entre los obreros portuarios y ferroviarios, que se acostumbraron a defender lo local. De acá salieron cuadros brillantes, que tuve la suerte de conocer. Acindar tomó auge a partir del ’47, y ya entonces los trabajadores luchaban por una adecuada atención médica. En marzo del ’74, durante siete días se tomó Acindar, unidos con los metalúrgicos, por la democracia sindical y aumento de salario, y que concluyó con la marcha hacia Villa que se denominó Villazo.
–¿En qué consistió el Operativo Serpiente Roja del Paraná?
–Teníamos el pelo largo, creíamos que la revolución estaba a la vuelta de la esquina, fuimos ingenuos. Teníamos el dato preciso sobre el operativo y no le dimos bola. Se discute en la UOM y luego cada uno se va a dormir a su casa. Detuvieron a dirigentes metalúrgicos y ferroviarios, activistas y a otros que no tenían nada que ver. Estábamos peleando por la reapertura del matadero municipal. En Villa siempre privilegiamos la unidad, por eso acordábamos con la parte dura del PJ, con Montoneros, por ejemplo. Eso fue el 19 de marzo de 1975 y esa asamblea la filmaron, tenían infiltrados elementos de inteligencia. Lanzan el operativo con la Federal, la Prefectura, todo coordinado. Llegan los Falcon y paraban gente a la entrada de Villa. Hubo 300 detenidos. A mí me detuvieron en mi casa, también se llevaron a Tito Martín, Alberto Piccinini y a Juan Jesús Actis. Nos dejaron en camiones de la policía al sol, y en la jefatura nos golpearon, mientras el cura (Samuel Martino, ya fallecido) tocaba la campana (N. de R.: Historiadores locales describen que pudo haber sido para tapar los gritos de los detenidos o para festejar el operativo, pero en cualquier caso el hecho evidencia la participación de la Iglesia). Luego nos llevaron a Rosario, y ahí largaron a algunos pero a otros nos llevaron a la cárcel de Coronda. Ahí estalló una huelga de 60 días por la libertad de los compañeros y en repudio a la represión. Los ferroviarios paramos 20 días, que no fue fácil, se debatía en este salón, eran asambleas calientes. No es mérito de uno, yo tenía compañeros que fueron secuestrados y asesinados, que se mantenían y ganábamos la asamblea. Eran paros políticos, no por aumento de sueldo. Acá funcionaba el comité de solidaridad de los metalúrgicos. El 23 de abril se movilizan 15 mil personas, y ellos hacen una contraofensiva represiva, con helicópteros, bombas, de todo. Hubo muertos y heridos. La gente resistía a ese terror estatal. Nos pusieron una bomba en esa puerta (la señala), y tuvimos que canalizar toda la resistencia del comité de lucha y solidaridad en la clandestinidad. Los compañeros tuvieron que levantar la huelga, hubo una ofensiva contra algunos trabajadores, que eran marcados y despedidos. La lucha continuaba, seguía el espíritu de resistencia, cuando fue el Rodrigazo acá se paró. Pero seguían los fachos funcionando.
–¿Todo eso fue parte del operativo?
–Fue una secuencia. Se establecieron en Acindar, en el albergue de solteros y trabajadores temporarios donde funcionaba un comando represivo de milicos, policías y los Pumas, una guardia rural creada en la época de La Forestal (N. de R.: habría sido el primer centro clandestino). Se dice que Acindar les pagó a los represores. El 16 de octubre secuestraron al delegado metalúrgico (Julio) Palacios, a la doctora De Grandi y a un pastor, (Carlos) Ruesca. Los fusilaron y aparecieron los cuerpos mutilados, a la doctora le cortaron los senos, a los hombres los testículos, y los tiraron en Albarellos para que todos lo vieran. También secuestraron a un colectivero que se había negado a llevar a unos carneros. La gente resistía desde los techos de las casas en solidaridad con los presos.
–¿Cuál es el sentido de la denuncia?
–Acá los milicos ejecutaron el plan de exterminio y represión, pero hay que preguntarse quiénes se beneficiaron y quiénes armaron el plan. Los de Acindar querían quedarse con el monopolio y destruir a Somisa. La deuda de Acindar la terminamos pagando todos cuando (Domingo) Cavallo estatizó la deuda. Tiene que haber justicia contra los beneficiarios del genocidio, que querían terminar con el activismo de aquella época porque afectaba a las grandes empresas. Nosotros participábamos del 50 por ciento del producto bruto interno, en el ’74 en el ferrocarril teníamos el mejor convenio, habíamos logrado una serie de conquistas. Así que tenían que parar esto. A Córdoba la habían volteado, faltaba Villa. Hay que replantearse que no fuimos muy políticos en la organización, y no previmos lo que se venía.
–¿Qué lo llevó a hacer la denuncia ahora?
–La impulsamos con la Liga Argentina por los Derechos del Hombre (LADH) y los compañeros Piccinini y Actis porque es una deuda que tenemos, no es por venganza ni por tener protagonismo. Los trabajadores de Villa y el pueblo necesitamos que se esclarezca este genocidio, que se juzguen los responsables. En el ’84, recuperada también la UOM, y con la Conadep, hicimos un informe de todo pero un comando se lo llevó de los tribunales de Rosario. Ahí estaban las pruebas, por eso lo volvemos a hacer ahora. Además, ahora el contexto es más favorable, Martínez de Hoz ya ha sido juzgado, pero no se trata sólo de Martínez de Hoz sino de todos los empresarios y grandes multinacionales que se beneficiaron con el genocidio. Quedaron unos 20 compañeros asesinados y desaparecidos en aquellos días.
–Usted dice que la historia se repite. ¿Por eso una patota de la burocracia sindical ferroviaria produjo el ataque en el que mataron a Mariano Ferreyra?
–Antes estaba la Triple A, cambian los nombres pero los grandes empresarios siempre buscan seguir acumulando ganancias, como ahora que están ganando guita como nunca, y por eso recurren a la violencia y el exterminio. Lo de la Unión Ferroviaria es patético, por el negocio de los subsidios. Nos acusaban que impedíamos la privatización con el argumento de que con el millón de pesos que se perdía se podían hacer hospitales y escuelas. Y ganaron la cabeza de algunos trabajadores. Hubo una política de negociados y corrupción que generó desaliento. La única huelga fuerte que tuvo (Carlos) Menem fue la nuestra, llevada por afuera de la Unión Ferroviaria, en el ’91 y el ’92. Pedraza se inició como catango acá en Villa Gobernador Gálvez, y con él éramos el núcleo duro con el que conseguimos el mejor convenio. Hay un Pedraza combativo que era de la Juventud Trabajadora Peronista, que hizo los paros con (Saúl) Ubaldini, que se jugó por Cafiero contra Menem, y otro que apenas perdió Cafiero se fue con Menem, y se fue desmoronando hasta perder esos atributos para llegar a lo que es hoy, que además de un burócrata es un empresario. Lo de Mariano puso en el centro la política de subsidios, que reciben las empresas concesionarias. Si a los tercerizados, que son como los chagarines de mi época, los incorporan como efectivos se reduce la ganancia. Fue un proceso doloroso para los que hemos sido ferroviarios, algunos compañeros se enfermaron, murieron de angustia y de estrés. Vimos el saqueo y la destrucción. Teníamos más de 30 mil kilómetros de líneas férreas y ahora hay 8 mil. Quedaron cesantes 80 mil trabajadores y quedaron aislados cientos de pueblos, siendo que es el medio más sustentable para el medio ambiente y el más económico. Pedraza montó una organización que vació de contenido a la vieja Unión Ferroviaria, de todas las luchas, con compañeros que dieron la vida como en Laguna Paiva, desaparecidos como Víctor Vázquez. Tiene que ser juzgado como responsable de lo que está sucediendo y que costó la vida de un militante. Y los ferrocarriles deberían volver al Estado.
–¿Cómo evalúa la política de las listas de izquierda opositoras a Pedraza?
–Es importante la lucha de estos compañeros, pero les está faltando mayor amplitud y acuerdos. No encasillarse en que hay que tumbar a este Gobierno, que hizo todo mal. A este Gobierno le falta mucho, no ha roto la matriz neoliberal, pero tiene aspectos positivos. No es posible oponerse a la Asignación Universal o a la estatización de las AFJP, la ley de medios, la política de los derechos humanos. Pero este gobierno radicaliza ese proceso o se va, porque la derecha quiere una restauración conservadora peor que en los ’90.
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