viernes, 7 de octubre de 2011

LA PARED QUE VINO DEL FRÍO



El Muro de Berlín fue el símbolo de la división del mundo capitalista y el comunista. Su caída en 1989 significó el fin del socialismo detrás de la Cortina de Hierro y del imperio soviético.


Por Alfredo Grieco y Bavio


Cuando Roger Waters se apresura a agregar funciones monumentales en la cancha de River que buscan saciar sus fans argentinos, los alemanes recuerdan que se cumple medio siglo de la erección del Muro de Berlín. El Muro, The Wall, como la obra que los remanentes de Pink Floyd ofrecerán entera, empezó a levantar sus primeros ladrillos en 1961. Con eficacia alemana, no tardó en completarse. Fue el símbolo de la división entre el Primer Mundo, capitalista, que respondía a la hegemonía de Washington, y el Segundo Mundo, comunista, satélite de Moscú. Su caída en 1989 significó el fin del “socialismo realmente existente” en la llamada “Cortina de Hierro” y del imperio soviético y el inicio del llamado mundo unipolar. En el momento de su caída tenía unos 155 kilómetros, medía 3,6 metros de altura y estaba resguardado por 302 torres de vigilancia, 11.500 soldados, una muralla metálica y protecciones antitanque.Orden de disparar. Como las divisiones norte-sur en Vietnam y en Corea, la partición este-oeste antagonizaba en Alemania dos economías, dos políticas y dos visiones del mundo cuya coexistencia pacífica parecía imposible con el correr del tiempo. Bild, el diario más leído de una Alemania ya unificada, reeditó su ejemplar del lunes 14 de agosto de 1961, en cuya tapa se lee: “Berlín arde de ira”. “La zona soviética se ha convertido oficialmente en un inmenso campo de concentración”, y “16 millones de personas quedaron detrás del alambre de púa”. La ilustración mostraba a soldados de la Alemania comunista cerrando el paso a un ciudadano que buscaba pasar al sector occidental. En los casi treinta años que subsistió, al menos 136 personas murieron en su intento de cruzar el Muro: los soldados germano-orientales tenían orden de disparar.Dos países, dos ciudades. Al fin de la Segunda Guerra Mundial, derrotado el Tercer Reich que había tenido su capital imperial en Berlín, norteamericanos y rusos se repartieron sus esferas de influencia. El occidente de Europa se benefició con la ayuda del Plan Marshall y el oriente con el auxilio soviético. La potencia derrotada, Alemania, fue dividida en Alemania Occidental, con capital en Bonn, donde pronto comenzó a gobernar una serie de cancilleres democristianos que tuvieron su figura de gloria en el probo Konrad Adenauer, y Alemania Oriental, con capital en Berlín, un Estado comunista que estaría sin embargo entre las veinte primeras potencias económicas del mundo y al que con el tiempo volvería famoso la eficiencia de su policía secreta, la Stasi.En verdad, Berlín Este era la capital de la República Democrática Alemana, como era su nombre oficial. Porque en el corazón de la nación comunista, también la ciudad de Berlín había quedado dividida en dos. Berlín Occidental, que fue amurallado, pertenecía a la República Federal Alemana. Salvada al principio de la posguerra por un puente aéreo, después de que se levantó el Muro se construyó un tren de alta seguridad que la conectaba con la Alemania Occidental.La Guerra Fría. Como en los tiempos de Adenauer, hoy gobierna a los alemanes una democristiana. Es la canciller Angela Merkel, ella misma ex oriental y ex comunista. Pero fueron los post (y no ex) comunistas los que iniciaron un debate sobre el Muro, al recordarse su cincuentenario. La polémica surgió cuando Gesine Lötzsch, la jefa de Die Linke (La Izquierda, el partido heredero del comunismo), declaró que el Muro resultó “una consecuencia lógica” de la Segunda Guerra Mundial y de la invasión alemana a la Unión Soviética hace 70 años. La Izquierda cuenta con 76 de las 622 bancas en la Cámara baja del Parlamento. Tanto los democristianos como los liberales, socios menores en la coalición de gobierno, criticaron a Lötzsch. Según el vicecanciller liberal Philipp Rösler, el Muro no fue más que la encarnación de “la doctrina del Estado socialista de la RDA (República Democrática Alemana), basada en el desprecio por la libertad y la democracia”. No se privó de un lugar común el secretario general demócrata cristiano, Hermann Gröhe, al decir que las expresiones de Lötzsch son “una bofetada en la cara de todos los familiares de las víctimas del Muro”.Disneywall. Los turistas esperan con paciencia y entusiasmo, en fila india ante restos del Muro para que un empleado disfrazado de soldado de la ex Alemania comunista les ponga un sello en el pasaporte. No tan lejos, Mickey Mouse saluda a los niños cerca de dos personajes de la Guerra de la Galaxias. Como la cita de Marx, la historia se reitera: primero tragedia, después farsa. Por años, décadas, los alemanes soñaban con la caída del Muro. Hoy aspiran a conservarlo, aunque apenas queden fragmentos reales de él. El alcalde de Berlín, Klaus Wowereit, el primer militante gay en llegar a la primera magistratura ciudadana en un país que antaño también colocaba a los homosexuales en campos de concentración, reconoció en una entrevista reciente que la ciudad se estaba convirtiendo “un poco en Disneyland”, aunque dejó claro que es algo “muy difícil de impedir”. En 2010, Berlín desplazó a Roma, la otra capital del eje nazi-fascista en la Segunda Guerra Mundial, y la ciudad se convirtió, después de París y Londres, las capitales aliadas, en un destino favorito en Europa. Cinco millones y medio de turistas la visitan cada año.

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