lunes, 24 de octubre de 2011

LOS CHICOS QUE APRENDEN A CONVIVIR



La agresión sufrida por un director en Pergamino puso otra vez en foco mediático los hechos violentos que ocurren en el ámbito escolar. En Retiro, un colegio lleva adelante un programa con un enfoque inclusivo. El papel de los “ayudantes de clase”.

Por Emilio Ruchansky


El brutal ataque sufrido por el docente Ricardo Fusco a manos de un alumno y su madre generó un paro de docentes bonaerenses y el pedido de expulsión del alumno por parte de las autoridades provinciales. Esta conmoción invisibiliza las iniciativas para apaciguar la violencia y fomentar la inclusión, como ocurre en el Colegio Domingo F. Sarmiento, en el barrio porteño de la Recoleta. Más allá del cuño aristocrático de este secundario, hoy el 70 por ciento de sus alumnos provienen de la Villa 31 y, desde hace cuatro años, al cuerpo de docentes sumaron la figura de “ayudante de clase”. Según Roxana Levinsky, directora del colegio, “los ayudantes escuchan, dan apoyo escolar, cubren horas libres y consiguen hasta un par de anteojos. Tienen una mirada afectuosa”. El colegio, ubicado en Libertad al 1257, tiene 1100 alumnos de diversas clases sociales, muchos hijos de inmigrantes y una receptividad especial, que lo hace integrar a chicos expulsados de otros colegios. Entre otros, allí está el joven famoso y estigmatizado a partir del video que lo mostró en todos los medios quemándole el pelo a su profesora. Hoy su vida escolar transcurre de la mejor manera.
El primer año de esta experiencia piloto, que concibe la violencia como la distancia entre los deseos y las posibilidades de alcanzarlos, dejó un gran aprendizaje. Y de ambos lados del pupitre. El porcentaje de repitencia bajó del 50 por ciento al 10. La coordinadora de los ayudantes, Verónica Fulco, asegura que la llegada de los “no-escolares”, por la obligatoriedad de la secundaria y también por la asignación universal, puso a muchos chicos en un contexto nuevo.
“Creo que antes había otros valores y principios, se sostenía la escolaridad. Ahora vemos que muchos chicos llegan sin apoyo de sus padres, que caminan por los márgenes. Entonces, los ayudantes se convierten en adultos significativos, dan un entorno de aprendizaje más personalizado”, señala esta licenciada en Comunicación. Algunos estudiantes del Sarmiento conviven con la pobreza y la exclusión, pero también con la violencia familiar y los abusos sexuales. Hay consumidores problemáticos de alcohol o drogas ilegales como el paco, a quienes se motiva a tratarse.
La violencia en nada se parece a la de los “cajetillas de otros tiempos”, como dice la directora, que eran vándalos adinerados y se animaban, como pasó, hasta tirar un piano desde los pisos superiores. “Que anden caminando y los miren mal por tener gorrita y pantalón deportivo, que los requise la policía, que no tengan de comer y vivan hacinados, que no los escuchen. Todo eso genera violencia”, enumera Verónica Barrionuevo, del equipo de apoyo. El tiempo muerto, agrega, también es otro gran generador. Por eso cuando faltan docentes no hay hora libre, sino “recreación”.
Puede ser ajedrez, ver una película o dar una charla temática. Cuando tienen tiempo, la principal obsesión de los ayudantes de clase, que cubren los dos turnos, es preparar actividades para aprovechar mejor la hora de recreación que brinda el ausentismo docente. Si la relación es buena con los profesores, los ayudantes incluso dan la hora de clase o toman examen. “También participan de las clases, preguntan, circulan por las mesas. A veces hasta enseñan mejor la materia”, admite Juan Adolfo Goldín, profesor de Filosofía.
En la relación entre docentes y ayudantes también hay celos. “Rispideces”, parafrasea Débora Covelto, profesora de Lengua y Literatura, que enseguida se ataja: “Yo no compito con los ayudantes”. Muchas veces, cuenta, los alumnos piden salir del aula para tomar alguna clase de apoyo con los ayudantes. Ella sabe quien las necesita pero también quien solo busca evadirse de la clase, algo que le resulta frustrante, sobre todo por lo difícil que es transmitir la pasión por la lectura. “Creo que muchas veces simplemente necesitan tomar aire”, suelta.
Vocación, compromiso ético y una suerte de placer es lo que se precisa para ser ayudante de clase, dice Fulco, la coordinadora. “Transmitir no solo conocimiento, sino la posibilidad de abrirse al mundo”, agrega Barrionuevo, técnica en Recreación. Ambas coinciden en que tener y transmitir entusiasmo es fundamental, al igual que la empatía y el respeto por el otro. La tarea no se limita a la escuela: los ayudantes van a buscar a los chicos a su casa cuando notan que están faltando seguido, otras los acompañan a inscribirse a las inferiores de un club.
Y todo vuelve, comenta Hernán Rustein, otro ayudante. “Ese chico que se fue a probar a las inferiores, volvió y empezó a ir al frente del pizarrón en Matemática”, cuenta. El seguimiento y el interés por los alumnos repercute también en las casas de ellos. Incentiva a los padres a mostrar interés por el día a día de sus hijos. “No somos iluminados, hacemos acciones que complementan el trabajo docente”, aclara la coordinadora de los ayudantes, que en este colegio pasaron de ser “contratados” a “planta transitoria” y ahora luchan por la efectivización. “Es una necesidad del sistema educativo en este momento histórico”, resalta la directora.
Anahí Gadda, profesora de Teatro, formó un elenco con los alumnos y enfoca su trabajo en los vínculos y la identidad. Para ella, el trabajo de los ayudantes implica un posicionamiento ideológico: “Con esto, nos acordamos de que la convivencia es importante”. El programa Brenda Sigalovsky, que lleva adelante un proyecto de Conectar Igualdad, comenta que desde el colegio se avanzó en la alfabetización digital de los padres de los alumnos. Los ayudantes, para ella, son imprescindibles para informatizar también las clases que dan los profesores.
La directora, los profesores y ayudantes de clases, reunidos para la nota en la biblioteca del colegio, coinciden en que lo más peligroso de la agresión sufrida por Fusco, director de la Escuela Secundaria 11 de Pergamino, es el bombardeo mediático. “A mí me preocupa la violencia, pero me preocupa más todavía la pasividad de los alumnos, que no se organicen y reclamen mejoras”, dice el profesor de Filosofía. La directora asegura que algunos chicos, si reciben atención, cambian, por más violentos que sean: “Apostamos a que toda conducta puede ser revertida.”
El ejemplo del Colegio Sarmiento, reconocido por La Red Latinoamericana de Convivencia Escolar, pretende expandirse a otras escuelas sensibles a las problemáticas sociales y a la violencia que las envuelve. “Estamos por debatir con otras escuelas lo hecho para disminuir los niveles de violencia en el marco de la Red Retiro”, informa Roxana Levinsky. Preocupada por revertir “el grado de soledad de los chicos”, la directora entiende que los ayudantes de clase son clave para emancipar las inteligencias y explorar la potencialidad de sus alumnos.

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