miércoles, 19 de octubre de 2011

NUEVAS MIRADAS SOBRE HAITÍ


Suramérica y la región. Crece el rechazo a la presencia de tropas latinoamericanas en la isla caribeña. Esta semana, Abuelas de Plaza de Mayo, Adolfo Pérez Esquivel, Eduardo Galeano, Frei Betto y Juan Gelman fijaron posición en el debate.

Por Emiliano Guido.

El auditorio Jorge Luis Borges de la Biblioteca Nacional estaba abarrotado de gente joven en la tarde-noche del último martes. Quizá, por la presencia del siempre convocante escritor uruguayo Eduardo Galeano –quien esta semana firmó, junto con las Abuelas de Plaza de Mayo, Juan Gelman y otros intelectuales, una carta abierta condenando la misión en Haití– o, tal vez, por el interesante tópico de debate público organizado por la Secretaría de Cultura de la Nación en el marco de su ciclo de Pensamiento Latinoamericano: Haití y la respuesta latinoamericana. Previamente, hechos como la reciente violación de un joven haitiano por parte de cascos azules uruguayos integrantes de la Minustah (Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití), entre otras flagrantes violaciones a los derechos humanos cometidas por las tropas internacionales contra la sociedad civil, auguraban que el debate entre Galeano, el economista e intelectual Camille Chalmers –dirigente de la Plataforma Haitiana para un Desarrollo Alternativo– y el ministro Luis María Sobrón –Coordinador Nacional Alterno de la Cancillería Argentina ante Unasur– no iba a ser un diálogo anodino y monocorde.
“¿Hasta cuándo seguirán los soldados extranjeros en Haití? Ellos llegaron para estabilizar y ayudar, pero llevan siete años desayudando y desestabilizando a este país que no los quiere. La ocupación militar de Haití está costando a las Naciones Unidas más de ochocientos millones de dólares por año. Si las Naciones Unidas destinaran esos fondos a la cooperación técnica y la solidaridad social, Haití podría recibir un buen impulso al desarrollo de su energía creadora. Y así se salvaría de sus salvadores armados, que tienen cierta tendencia a violar, matar y regalar enfermedades fatales. Haití no necesita que nadie venga a multiplicar sus calamidades. Tampoco necesita la caridad de nadie. Como bien dice un antiguo proverbio africano, la mano que da está siempre arriba de la mano que recibe”, disparó de entrada el autor de Las venas abiertas de América Latina.
Por su parte, Camille Chalmers, un moreno de porte rocoso pero de sonrisa afable, advirtió que para su pueblo es muy injusto solucionar la crisis que está viviendo Haití “en términos de militarización”. En ese contexto, exigió un “esfuerzo creativo de las fuerzas progresistas del continente para inventar mecanismos de solidaridad con el pueblo haitiano”. Sin embargo, tras finalizar la mesa de debate organizada por la Secretaría de Estado que comanda Jorge Coscia, el ministro Luis María Sobrón le aclaró en forma personal a Miradas al Sur que: “La Minustah no es una fuerza de ocupación. Sudamérica participa de una misión de paz diagramada por la ONU en pos de ayudar a la estabilización política de un país hermano. Por otro lado, las fuerzas militares argentinas apostadas en la isla no tienen otra función que ayudar a reconstruir las fuerzas productivas y la sociabilidad arrasada por la catástrofe natural del último sismo. Además, nosotros llegamos mucho antes del terremoto de 2010, y lo hicimos a través de Pro Huerta, un programa de desarrollo del Inta para paliar el problema de la seguridad alimentaria”.
Previamente, Chalmers había denunciado las constantes operaciones políticas que distorsionan e invisibilizan la realidad del país centroamericano: “Existe con nuestro país una manipulación ideológica de los países centrales que muestra a Haití como un Estado fallido; y otra mediática, por la cual se posiciona a la nación como un lugar totalmente caótico para justificar la presencia militar, más allá de las sistemáticas violaciones de los derechos humanos cometidas en el territorio por tropas extranjeras”.
A manera de respuesta al dirigente social haitiano, Eduardo Galeano –quien dedicó su parlamento al dirigente oriental Guillermo Chifflet, que fue obligado a renunciar al Congreso uruguayo cuando votó contra el envío de soldados a Haití– sentenció, a modo de punto final, con su clásica voz cavernosa: “Haití sí necesita solidaridad, médicos, escuelas, hospitales y una colaboración verdadera que haga posible el renacimiento de su soberanía alimentaria, asesinada por el FMI, el Banco Mundial y otras sociedades filantrópicas. Para nosotros, esa solidaridad es un deber de gratitud: será la mejor manera de decir gracias a esta pequeña gran nación que en 1804 nos abrió, con su contagioso ejemplo, las puertas de la libertad”.

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