martes, 11 de octubre de 2011

"NO PUEDE HABER ESTADO SIN SOBERANÍA"



El pueblo palestino vive una tragedia, dice la militante de los derechos humanos María Marta Delgado. Teme una reacción de Israel en respuesta a la apuesta diplomática del presidente Mahmud Abbas y le preocupa la eventual decepción de los palestinos.

Por Mercedes López San Miguel


María Marta Delgado es uruguaya, una de las fundadoras del Servicio de Paz y Justicia (Serpaj) en su país. Incansable activista humanitaria, pasó por Buenos Aires para contar su experiencia de tres meses en Cisjordania, en donde trabajó como observadora internacional del Programa Ecuménico de Acompañamiento en Palestina e Israel (Peapi). El pueblo palestino vive una tragedia, en palabras de esta militante de los derechos humanos. “Es un pueblo que resiste, que tiene que convivir con un muro de separación y cada día pasar por puestos de control israelíes para ir a estudiar o a trabajar.” Delgado teme una reacción de Israel en respuesta a la apuesta diplomática del presidente Mahmud Abbas. Al mismo tiempo, le preocupa la eventual decepción de los palestinos.
–¿Por qué una parte de los palestinos no apoya la iniciativa de Abbas?
–La sociedad palestina se debate hoy entre quienes ven con esperanza y entusiasmo la iniciativa diplomática en la ONU y aquellos que o bien se muestran escépticos –como mis vecinas y amigos de Nablus– o incluso advierten sobre los peligros que encierra. Entre los primeros se encuentran los más allegados al partido Fatah, que se mueven en esa especie de burbuja que constituye Ramalá, donde la Autoridad Palestina tiene lo más parecido a un gobierno y donde se concentra el grueso de la millonaria ayuda internacional que hace viable su existencia, y que incluso puede hacer que, ante tanta prosperidad artificial, uno se olvide momentáneamente de la ocupación. De allí vienen la mayoría de las imágenes multitudinarias, festivas y triunfalistas que vemos estos días en la televisión. Entre los más escépticos están los sectores más críticos –claramente el Movimiento BDS 1 y quienes abogan por la solución de “un solo Estado democrático y secular”–, que insisten en señalar cuestiones fundamentales como el derecho al control pleno del territorio. No puede haber Estado sin soberanía en las fronteras y sin libertad de movimiento entre los tres grandes bloques territoriales, hoy totalmente desconectados entre sí: Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este. Como bien me decía una amiga de Gaza: “¿De qué me sirve tener un Estado si no puedo ir a visitar a mi familia?”. Ella, como tantas mujeres que, según indica la tradición, al casarse tuvo que ir a vivir con la familia de su marido en Nablus, hace ocho años que no puede volver a Gaza.
–¿Qué otros temas son innegociables para los más críticos?
–Garantizar el derecho al retorno de los cinco millones de refugiados (según ordena la Resolución 194 de la ONU) ha sido y es uno de los puntos más sensibles a lo largo de los últimos veinte años y que significativamente fue desapareciendo de la mesa de negociaciones y de la plataforma de la Autoridad Palestina después de Oslo. Si se definen las fronteras del Estado palestino según las líneas del Armisticio de 1949 (mal llamadas “de 1967” para referir a la situación anterior a la ocupación resultante de la Guerra de los Seis Días) eso significa aceptar que al pueblo palestino se le asigne sólo el 22 por ciento de la Palestina histórica (que le pertenecía enteramente antes de 1948), e incluso mucho menos que el 45 por ciento que le asignaba el plan de partición de la ONU de 1947. Eso significa que los refugiados palestinos no podrían regresar a las aldeas y ciudades de donde fueron expulsados en 1948, hoy parte del Estado de Israel.
–Los “papeles palestinos” revelados por Al Jazeera pusieron en evidencia que Abbas iba a ceder en asuntos como el derecho de retorno de los refugiados o de las colonias israelíes. ¿Podrán en algún momento discutirse estos puntos centrales?
–Yo soy muy escéptica respecto a la posibilidad de alcanzar soluciones negociadas, al menos dentro de la lógica y formato que las negociaciones han tenido en estos más de veinte años. Y la población palestina es más escéptica todavía, y con razones más que suficientes.
–¿Cuánto afectará esta apuesta diplomática a Israel? Sobre todo, en medio de la primavera árabe...
–Israel no quiere ceder nada, porque no quiere que exista un Estado palestino. Y contando con el veto de Estados Unidos, ya se sabe que se saldrá con la suya. Hay quienes dicen no obstante que Israel sigue ciego y sordo a los cambios que se están produciendo en la región. En lugar de actuar con prudencia, de acomodarse hábilmente a la nueva realidad regional, insiste en considerar todo lo que no puede controlar o no le gusta como “amenazas existenciales” y sólo piensa en cuándo y cómo y con quién iniciar la próxima guerra. “Israel es suicida”, dice mucha gente. Y si miramos su conducta no sólo hacia los palestinos, sino hacia sus vecinos y aliados históricos parecería que realmente lo es: se acaba de pelear con Turquía y con Egipto.
–¿Qué expectativa te despierta desde tu mirada de activista humanitaria?
–Me preocupa mucho la reacción de Israel. En estos últimos meses y semanas hemos asistido a una escalada de violencia proveniente de las fuerzas de ocupación contra la población palestina que se manifiesta pacíficamente y desarmada. Los soldados, la policía de frontera y sobre todo los colonos armados están provocando todos los días incidentes de violencia con las comunidades palestinas. También me preocupa la decepción que pueda sufrir el pueblo palestino si la iniciativa fracasa, porque muchísima gente ha puesto mucha ilusión y expectativas en que va a ser el comienzo del final de la ocupación. Si esto no ocurre, la frustración va a ser muy grande, y muchos sectores van a sentir que no queda otro camino que el de las armas. No tengo miedo a una tercera intifada (las dos anteriores se iniciaron como levantamientos populares pacíficos), sino a la maquinaria bélica que Israel va a poner en marcha para aniquilarla, con el altísimo costo humano de siempre.

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