lunes, 24 de octubre de 2011

UN ALUVIÓN DE CONCIERTOS QUE TAMBIÉN DEJA VÍCTIMAS



Es una influencia inevitable: la abultada agenda de shows que brindarán los artistas internacionales de aquí a fin de año produce efectos no siempre virtuosos. Managers, músicos y productores analizan el complejo estado de las cosas.

Por Leonardo Ferri y Luis Paz


“No sé si nos convertimos en un mercado de consumo compulsivo de entretenimiento o si es que la crisis del ‘Primer Mundo’ obliga a los artistas a venir a buscar dinero acá, como si fuera agua potable o petróleo. Pero es el dinero del mismo público al que durante mucho tiempo ignoraron esos artistas. Todo eso perjudica, sí.” Walas, histriónico e insigne cantante del grupo argentino de rock Massacre, uno de los de mayor crecimiento reciente, fue uno de los músicos, productores y managers de artistas locales que convocados por Página/12 intentaron analizar si, efectivamente, la cantidad de shows de artistas internacionales está o no generando algún tipo de complicación a la programación de conciertos, la venta de tickets y la convocatoria de los artistas argentinos. Es que 2011, como pocos calendarios de la historia del espectáculo en Argentina, admite una cantidad tremenda de ofertas, que van del pop de Britney Spears a los estándares de blues, rock y jazz de Ringo Starr y desde el culto medianamente masivo de Pearl Jam hasta novedades como Hercules and Love Affair. En lo que resta del año, por lo menos una cuarentena de conciertos internacionales estará ocurriendo en las principales salas de concierto de Buenos Aires, con hasta tres y cuatro ofertas en algunas noches; en lo que representaría un costo, para aquellos que deseen verlos a todos, de más de siete mil pesos. ¿Cambiará esto las reglas? ¿Generará nuevas lógicas? ¿Hace falta algún tipo de legislación que beneficie a la industria local?






El impacto de las importaciones




“El factor principal está en el poder adquisitivo del público”, señala Mundy Epifanio, uno de los más reconocidos managers del circuito local y conocedor, además y porque recorrió el continente y el mundo con bandas como Todos Tus Muertos y Attaque 77, de cuál es el pulso regional de los shows en vivo. “Pero también hay que decir que en todas las épocas hay artistas que son novedad, como hoy Las Pastillas del Abuelo, Nonpalidece o Dread Mar I, que meten mucha gente. Los precios que se pagan por las entradas a shows internacionales son más altos que en Europa y los extranjeros meten más gente acá que en cualquier lado, algo totalmente ilógico. Estoy seguro de que en la cantidad en que ocurren, todo eso perjudica a los artistas argentinos establecidos, que ven bajar su convocatoria, y también a los que son novedad. Uno piensa ‘qué bien, tal mete 8 mil personas’, pero quizá metería 15 mil si no hubiera tantas visitas”, continúa Epifanio, empezando a abrir las puertas del debate.
Otro testimonio, el del productor Eduardo Sempé (que organiza conciertos de artistas locales y extranjeros en plazas como el boliche Groove o el estadio cubierto Malvinas Argentinas), apunta a una transformación: “Al haber más oferta y el bolsillo ser único, se retrae la capacidad de cortar tickets de los artistas nacionales y se está dando el proceso inverso al que se dio en 2002, con la devaluación, cuando desaparecieron los shows internacionales y las bandas nacionales tuvieron que crecer rápido”. Pero, no obstante, otros participantes de la industria argentina ponen en duda (en parte) el impacto de las visitas, al confrontarlo con una presunta diferencia artística entre los actos de acá y de allá: “Que las bandas vengan (en cantidad) o no puede ser una pequeña parte del problema, pero cuando no hay tantas visitas, la mayoría de las bandas locales convoca lo mismo de siempre. No hay un recambio de grupos ni de propuestas y, para mí, el mayor problema es que hay muy pocas bandas nuevas de acá que sean interesantes y convocantes; y por eso la gente termina yendo a ver a los clásicos”, señala Daniel Chino, productor y organizador de conciertos en The Roxy, y los locales El Teatro de Flores y de Colegiales.
También hay una cuestión que tiene que ver con un cambio de lógica en las giras internacionales: si históricamente el puesto de teloneros (que tocan antes del artista principal) cayó en bandas o solistas de un corte similar al del acto de cierre, pero locales, en los últimos años se ha profundizado la costumbre de que un par o más de bandas internacionales realicen giras en conjunto y así hasta ocurren festivales completos de lógica itinerante. Así, las plazas que restan para los músicos argentinos en contextos de shows de afuera se han ido reduciendo, como señala Hernán Valente, de Cadena Perpetua, una de las bandas que perfila un crecimiento que se le hace difícil plasmar con conciertos de mayor envergadura: “Está bueno que vengan bandas grossas a tocar, pero no se les da espacio en esos mismos shows a bandas que están empezando y, si son argentinos, los grupos soporte de las bandas foráneas son siempre los mismos”, apunta. Desde el mismo lado (el de los músicos), la baterista y compositora Andrea Alvarez suma un tema a la discusión: “Ya de por sí hay poco espacio en los medios para hablar de música, sobre todo de rock. El que vengan tantos artistas de afuera hace que la prensa esté atenta a ellos y que cuando uno quiere anunciar algo, no haya espacio. Lo que perjudica es el exceso de oferta”.
Con una mirada más global, facilitada por su trabajo como productor de conciertos, gestor de una sala de conciertos (Ultra, también bar ubicado en el microcentro) y responsable de un sello discográfico que publica artistas de nacionalidades varias (UltraPop), Gustavo Kisinovsky aporta una instantánea bastante panorámica sobre la cuestión: “La cantidad de shows internacionales atenta contra la producción de eventos nacionales. El mayor problema es que a las productoras oligopólicas les es más cómodo traer cualquier grupo del extranjero que producir a los artistas locales. Y los medios, oligopólicos o alternativos, sólo hablan de esos eventos y no de los que se producen a nivel local, donde hay opciones artísticas nacionales de gran valor. En la Argentina no hay políticas para proteger la producción local, como puede haber en el cine. No puede ser que los artistas extranjeros no paguen un canon por tocar en la Argentina, que se podría utilizar para producir, promocionar y desarrollar la música local”.






La industria en la balanza



En la edición de este diario del 28 de agosto, esta sección publicó un informe (“Las sociedades del espectáculo”) en el que las tres productoras más importantes del país en materia de espectáculos musicales (Time 4 Fun, Fenix Entertainment Group y PopArt) y dos de las más pujantes (Ronda Music y Producciones Clandestinas) se referían a cuestiones como la utilidad y necesidad del campo VIP y los precios de los tickets en relación con los costos de producción. Acordaban en reclamar una infraestructura mayor y federal para la música en vivo. Sobre esto, amplían ahora otras voces. Por ejemplo, la de Alvarez: “Se necesitan más lugares para tocar y que no cuesten tan caros, con lo que los artistas podríamos cobrar entradas más baratas. Mucha gente está pagando valores que no se justifican y tocar en el interior, para los argentinos, es carísimo. A cualquier empresario le sale más llevarnos (se refiere a transporte, hospedaje y logística) que pagarnos por tocar. Hay una gran desigualdad en los precios: un show mío, tomando en cuenta todos esos elementos, cuesta menos que una entrada VIP para Roger Waters”, apela a la estadística.
Tanto Sempé, de Producciones Clandestinas, como Dafne Papa Constantino, manager de Carajo, otro de los grupos argentinos de crecimiento sostenido y proyección internacional, señalan que “en este país hay muchas bandas de rock de todos los estilos”, pero que son “pocas” las que llenan estadios, además de indicar, en el caso de Sempé, que “la estructura para conciertos no es federal”, que “no hay una capacidad técnica para producir grandes shows” y que “si hubiera diez ciudades con capacidad de recibir conciertos grandes, todo sería más simple”. Pero además de las cuestiones geográficas y logísticas, está la cuestión del público y su aparente compulsión por el show extranjero. Al menos eso es lo que marca Mundy Epifanio, cuando se declara “extrañado porque todo el mundo viene a Buenos Aires y llena el Luna Park, cuando en otros países tocan en salas para 800 personas”.
Los músicos, verdaderos conocedores del paño, no se expresan en un tono muy diferente. Según Walas, “en festivales como Glastonbury, desde el número principal hasta las bandas más ignotas tienen una buena puesta en escena, pero los artistas nacionales quedan muy ‘chiquitos’ respecto de los extranjeros. Parecemos una colonia cultural y económica”, alerta el rockero. Y Valente lo apoya: “Siempre uno está peleando porque haya buenas luces y buen sonido en los shows, y termina tocando como puede. El músico siempre se tiene que adaptar a los lugares que quedan, porque los mejores espacios están vendidos para que toquen siempre las mismas bandas”.






La ley y el desorden




Legislación. La palabra resuena en los testimonios de los tres músicos, el par de managers y los tres productores consultados. Una legislación que admita a la música como una de las industrias culturales y como parte también de un mercado internacional que, en cualquier otro campo por fuera de la música (inclusive en la expresión cinematográfica), está regulado. Daniel Chino y Gustavo Kisinovsky proponen imitar los modelos uruguayo y brasileño, donde según estos productores “hay leyes que determinan que debe haber un mínimo de dos bandas soporte nacionales” o que “gravan con impuestos a los artistas extranjeros para proteger la industria nacional”. Es que para Kisinovsky, “acá el sector de la música es muy desorganizado y mezquino” y el Estado “no demuestra nada de interés en proteger la industria musical argentina, que también es parte de nuestra cultura”.
Pero esta cultura argentina es cruce histórico de otras: cosmopolita, inmigrada y migrante, crisol y cocoliche. Se alimenta de aquélla, pero nutre también a la música regional. Y en ese contexto, la cuestión de fondo que se susurra es si la oferta cultural local está o no al nivel de la internacional. Según los managers y los músicos, este tema polémico continúa siendo gris y hay opiniones para todos los gustos. De hecho, Andrea Alvarez desató una pequeña polémica en Twitter sobre este punto, que aquí resume: “El movimiento musical local está bastante atrasado respecto de lo que fue en los años ’80 o a principios de los ’90. Nosotros estábamos muy parejos con lo que pasaba en el resto del mundo, pero hoy estamos atrasadísimos. Es obvio que si estás en un grupo de rock y laburás doce horas para poder comer y no tenés plata para comprarte equipos, difícilmente suenes como cualquier banda de afuera”, pone en discusión.
Epifanio es más medido: “En la música, las propuestas novedosas son una mutación sobre otras anteriores. Es muy difícil que alguien pueda lograr algo original en el rock, el reggae o el pop. Pero, ¿quién de todos los que vienen lograron algo novedoso, exclusivo? Y en el otro extremo, hay artistas argentinos que lograron sus pequeñas renovaciones pero el público suele crucificar a los que hacen cosas distintas”. Y Papa Constantino no puede dejar de ver en lo que ocurre un coletazo del momento, en general: “Es la era del zapping y todo cambia rápido, el público se aburre y busca propuestas nuevas y diferentes. Los músicos y los trabajadores de este campo debemos adaptarnos a estos tiempos y hacer un esfuerzo muy grande en pos del crecimiento artístico y del espectáculo brindado”. Pero es claro que con una evolución de la noción del espectáculo, pero sin espacios donde mostrarlos, sin apoyo y sin marco regulatorio, seguirá siendo arduo.
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