lunes, 24 de octubre de 2011

SOBRE LA LIBERTAD Y LA IGUALDAD



UNA REFLEXION CONTRA CORRIENTE DEL POLITOLOGO ISRAELI ZEEV STERNHELL

Horacio Verbitsky dictó un taller para periodistas y académicos de toda Italia en el festival de la revista Internazionale en Ferrara sobre cómo investigar a la Iglesia Católica. Esta semana recibirá en Filadelfia el premio a la Justicia que la Fundación Gruber otorgó al CELS. Antes, entrevistó al excepcional politólogo Zeev Sternhell, quien reflexiona sobre el movimiento de los indignados y el conflicto palestino-israelí: no hay Justicia sin igualdad ni igualdad sin libertad para la nación palestina ocupada.

Por Horacio Verbitsky


Sus primeros libros, publicados en las décadas de 1970 y 1980, fueron una conmoción en un mundo estereotipado en derechas e izquierdas. El politólogo israelí Zeev Sternhell, nacido en Polonia y doctorado en La Sorbonne francesa, aportó una visión revulsiva en Maurice Barrès y el Nacionalismo Francés (1972), La Derecha Revolucionaria 1885-1914. Los orígenes franceses del Fascismo (1978) y Ni Derecha, Ni Izquierda. La Ideología Fascista en Francia (1983), que arrojaron luz sobre fenómenos mucho más vastos que los que reflejan sus títulos, de interés para América Latina pese a que sólo el último de ellos está traducido al español. Sternhell visitó la Argentina hace unos días para participar en el seminario sobre Las revoluciones árabes y la nueva geopolítica mundial, organizado en Buenos Aires por la revista Le Monde Diplomatique. Alerta a cualquier noticia de su país, donde el movimiento de los indignados es uno de los más fuertes del mundo, y preocupado por cómo se vinculará con el crucial conflicto palestino-israelí, Sternhell se prestó al diálogo sobre estas cuestiones y acerca de las de su último libro La tradición anti-iluminista, del siglo XVIII a la Guerra fría, publicado en 2006 en francés y traducido el año pasado al inglés. El término Anti-Iluminista fue acuñado por Nietzsche y no se refiere a una contrarrevolución sino a una revolución diferente, no a una contramodernidad sino a una modernidad diferente, dice. Basada en todo lo que diferencia y divide a los hombres (historia, cultura, idioma y etnicidad), esta segunda modernidad “le negó a la razón la capacidad o el derecho de moldear las vidas de las personas y vio los valores humanos como valores sociales y, como tales, relativos”. Sternhell desarrolla la coexistencia conflictiva de estas dos modernidades como una de las grandes variables de dos siglos y medio: “Si la modernidad ilustrada fue la del liberalismo que condujo a la democracia, la otra modernidad asumió la forma de un movimiento político e intelectual que era revolucionario, nacionalista y comunitario”, dice, que “ha contribuido a las distintas variedades del totalitarismo o, en otras palabras, a las catástrofes europeas del siglo XX”.



¿Nacionalismo liberal?




La obra estudia a autores como Burke y Herder hasta el liberalismo de la Guerra Fría de Isaiah Berlin, desde Carlyle hasta Taine, Renan, Spengler y Meinecke, con Vico, De Maistre, Maurras, Sorel y Croce de fondo, por su influencia en la vida intelectual de su tiempo y en la posteridad. “Su presencia se siente hasta nuestros días y el debate sobre sus obras sigue vivo”. El libro de Sternhell es el primero que investiga la base intelectual común que unió a los pensadores del Anti-iluminismo y su reconstrucción por encima de todas las contradicciones.
–¿Cómo se manifiestan esas tendencias en la Europa de hoy?
–Por un lado, en los diversos movimientos nacionalistas radicales difundidos por toda Europa y por otro en las tendencias post-modernas y antirracionalistas. La tapa de la primera edición francesa fue ilustrada con “Los Caprichos” de Goya y la leyenda “el sueño de la razón produce monstruos”. En la Enciclopedia francesa, editada por Diderot y D’Alembert, una nación se define como “un pueblo que vive en cierto territorio delimitado por ciertas fronteras y que obedece al mismo gobierno”, sin mención alguna a su historia, cultura, idioma o etnicidad. “Así nació el ciudadano. Obviamente, esta concepción política y judicial de la nación no era un análisis de la realidad histórica y sociológica, sino que representa el intento de los pensadores del Iluminismo de superar las resistencias de la historia y afirmar una vez más la validez del sapere aude de Kant”. Ese “atrévete a pensar” es el llamado más famoso a la autonomía del individuo. “Sobre esta base, la revolución francesa liberaría a los esclavos negros y a los judíos y crearía el concepto de ciudadanos libres con igualdad de derechos”. Pero esta visión de la colectividad no sobrevivió los primeros años de la Revolución Francesa, arrollada por la revuelta contra el Iluminismo y reforzada por la Guerra Europea. En la era napoleónica y post-napoleónica, en la era de las revoluciones de 1848 y más tarde la confrontación francoprusiana, “esa definición ultra-racionalista y ultra-individualista de la nación dejó de corresponder a las necesidades emocionales e intelectuales de los europeos. Más aún, en la primera mitad del siglo XIX, el período del comienzo del despertar nacionalista, de Tocqueville fue la última gran figura del Iluminismo Francés y el único gran pensador del nacionalismo liberal. Como realidad histórica, no obstante, el nacionalismo liberal nunca se materializó”. Sternhell disiente con la idea de que la revolución francesa destruyó la unidad de Europa y dio surgimiento a las nacionalidades. “Como ideología, el nacionalismo no emergió de la revolución francesa sino todo lo contrario, de la reacción contra el siglo XVIII franco-kantiano. La Revolución en sí fue posible sólo porque la nación ya era una realidad sociológica y cultural y la transferencia de soberanía podía tener lugar en forma natural”. Diderot y D’Alembert querían dar a esta realidad un carácter político y judicial, no étnico, ni histórico ni cultural. “Querían que la nación se concibiera como un colectivo de individuos libres, que gozan de derechos naturales, lo cual necesariamente significa derechos universales e iguales. No querían que la historia y la cultura hicieran al hombre prisionero de ningún tipo de determinismo”. Ya Voltaire había afirmado que la lengua no era más que un instrumento y que una nación no podía definirse por su lengua, mientras que para Herder, a quien Sternhell considera el padre intelectual del nacionalismo cultural y en definitiva político, “la lengua era la expresión del genio nacional”.



Antisemitismo e islamofobia



–Desde el siglo XVIII esa tradición se expresó sobre todo en el anticomunismo y el antisemitismo. ¿Qué diferencias ve con la islamofobia actual, expresada en forma extrema por el caso del francotirador noruego?
–El antisemitismo y el anticomunismo han sido tan sólo aspectos de un problema mucho más amplio: la idea de la primacía de la colectividad. El marxismo y el liberalismo tienen en común el concepto de la primacía de lo individual, la sociedad como instrumento en manos del individuo. En vez de ese eje utilitario común, el nacionalismo constituye una alternativa total. En este sentido, la fobia al Islam constituye una forma de defensa tradicional o, si se lo prefiere, un odio hacia las personas que no pertenecen a la comunidad histórica, cultural y étnica. El francotirador noruego no es más que la punta del iceberg: millones de personas en Europa están convencidas de que los musulmanes constituyen un peligro genuino para sus sociedades y culturas.
–En varios libros anteriores, usted estudió el nacimiento de la ideología fascista y sus raíces en el antiliberalismo católico. ¿No hay fenómenos equivalentes de origen islámico o judío?
–Ninguna sociedad, ninguna cultura y ninguna religión son inmunes a alguna variedad de fascismo. Cada religión es fundamentalmente antiliberal porque es por definición una negación de la soberanía de la razón. El liberalismo, como el marxismo (en el sentido intelectual y moral, no económico), es un sistema racional de pensamiento. Pero el Islam, como el judaísmo o el catolicismo, no lo son. Cada sistema metafísico debe ser cuidadosamente vigilado y, si fuera necesario, neutralizado. Históricamente, la Iglesia Católica en Europa apoyó diversos regímenes antidemocráticos. Lo mismo va para la tradición judía: la democracia, los valores universales, son básicamente seculares.
–¿Cuál es la magnitud y el impacto en la sociedad del movimiento de los indignados israelíes?
–Su impacto moral ha sido muy fuerte. Ideas sobre la ine-quidad social que vienen siendo promovidas desde hace decenios por unos pocos intelectuales de pronto han pasado a formar parte del saber común. Por primera vez, hemos oído en las calles el lema “la gente quiere justicia social”. La idea de que lo que realmente se necesita es un cambio básico en el sistema económico porque la economía de mercado destruye la trama social fue planteada por cientos de miles de personas que no se consideran a sí mismas socialistas ni quieren oír hablar del tema.
–¿Cómo intersecta el movimiento de los indignados con la problemática del conflicto israelo-palestino?
–Aquí surge otro interrogante: ¿puede un movimiento social mantenerse apolítico? Eso es lo que los organizadores desean, pero ¿por cuánto tiempo? En mi opinión, un movimiento de masas que no tiene objetivos políticos no puede sobrevivir y en Israel la política significa una solución al problema palestino y el final de la ocupación. Pero estas son las preguntas más políticamente divisivas de Israel: en el largo plazo, evitar la política para preservar la unidad del movimiento social no va a ser posible. Los líderes del movimiento consideran que esto es una trampa, todavía tienen que dar pruebas de su capacidad para evitarla.



La ocupación como enfermedad




Sean cuales fueren las dolencias internas de la sociedad israelí, y son tantas que no es posible contarlas, la mayoría puede tratarse e incluso curarse, pero la ocupación y el colonialismo son enfermedades terminales. Por lo tanto, quien se niegue a comprender que el socialismo de los amos y en nombre de los amos no es menos cruel y despreciable que el neoliberalismo de los ricos en nombre de los ricos, no merece la búsqueda del liderazgo de un partido que tiene pretensiones de trazar el futuro, dice. Sternhell considera posible lograr resultados rápidos en la esfera social, adoptando medidas que son relativamente sencillas: eliminar los beneficios fiscales para las empresas, aumentar las alícuotas impositivas a los que ganan más, transferir dinero de los asentamientos a los presupuestos de bienestar social. Si se permite imponer pesados aranceles a autos pequeños, también es posible cobrar un impuesto al lujo en un penthouse en las costas de Tel Aviv, o un gran yate en altamar. También considera posible renovar la construcción de las viviendas públicas en forma de departamentos pequeños y económicos. Pero la ocupación “es una amenaza existencial: si la sociedad israelí no encuentra una forma de abordar los asentamientos, sobrevendrá el fin del estado judío”. El escritor vive en Jerusalén con su esposa Ziva, crítica de arte. Se han instalado a pocos pasos de la casa de su hija y, sobre todo, de sus tres nietos. Es ostensible que en ellos piensa Sternhell con preocupación cuando dice que el sionismo “en el sentido más simple e inicial del término ha dejado su lugar vacante para el nacionalismo radical y despiadado que es parcialmente racista, y ha absorbido tendencias antidemocráticas profesas de una naturaleza que ya condujo a enormes desastres en Europa en el siglo pasado”. Aquel sionismo que hoy añora procuraba “salvar a una nación entera de la destrucción y expresó el derecho natural de esa nación al autogobierno”, objetivos que se lograron con la creación de Israel. Se suponía que esa hora especial de benevolencia en la que el sionismo absorbería los principios liberales de los derechos humanos y la igualdad cívica, pondría fin al período de conquista de la tierra. Esa posibilidad fue destruida por lo que Sternhell llama “el desastre terrible de 1967”, o dicho en términos convencionales la Guerra de los Seis Días, porque convirtió a los israelíes en “señores sobre otra nación cuyos derechos se negaron”. Aún así, a sus 76 años, cree que “nuestra incapacidad para lidiar con la injusticia no justifica nuestra anuencia hacia ella”. Como la vida política y social no son unidimensionales, no hay sociedad sin política, economía sin decisiones políticas ni vida que valga la pena sin moral, “la demanda correcta de una revolución en la forma de pensar que conduzca a una política social diferente no está aislada de la cuestión más amplia de la libertad y la democracia, los derechos humanos y el futuro de los territorios; no es posible separar la libertad de la justicia y la igualdad”. En todo el mundo, y ahora también en Israel, la izquierda considera que la igualdad es un valor universal, una expresión del derecho de un ser humano no sólo a la libertad de dormir bajo un puente sino también a la libertad de vivir una vida decente. A diferencia de todo tipo de conservadores “no considera la igualdad como un elemento que restringe la libertad sino como un aspecto diferente del derecho de un ser humano de controlar su vida. Esto nos lleva de vuelta a la ocupación. La justicia no es meramente el derecho a una vivienda decente para los judíos, también es el derecho a la libertad de una nación ocupada. Se perdería una gran oportunidad de cambiar la faz de la cultura política de Israel y trazar la faz del futuro si los abanderados de la protesta decidieran desconocer esta verdad”.
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