viernes, 7 de octubre de 2011

"YO QUERIA SABER COMO ERA CRISTINA FUERA DE LA CADENA NACIONAL"



Una charla con Sandra Russo, la autora de La Presidenta. Historia de una vida, el libro que, a seis días de haber aparecido, y con Alberto Fernández como primer indignado, generó una polémica que fue la tapa de los medios monopólicos.


Por Miguel Russo

Caminando de Juan B. Justo hacia el centro, Palermo deja de ser Hollywood y vuelve a ser el barrio de verdulerías, de metegol en la vereda del quiosco y de los supermercados chinos que dan cuenta de la globalización de entrecasa. Las calles vuelven a ser una foto (donde lo que importa es el momento en que funcionan personas y objetos) y dejan de ser un cuadro (donde casi todo parece carecer de historia). En una de esas calles vive la periodista y escritora Sandra Russo, autora de un libro que es una sucesión de fotos y que, al mismo tiempo, destroza ese mito de la pobreza de las mil palabras ante una imagen. Mucho tiene que ver con su habilidad para escribir. Pero mucho también tiene que ver con el personaje y su excelencia al narrar: Cristina Fernández de Kirchner. La Presidenta. Historia de una vida salió hace seis días. “¿Café?”, pregunta Sandra por el portero eléctrico, antes que “hola”. Es que desde hace seis días el timbre de su casa suena apretado por decenas de periodistas que quieren la nota, una respuesta, el secreto, el chisme, las dudas, algo de ese libro que, sin buscarlo, como si se tratara de una campaña mediática imposible de idear por cualquier editorial, ya hizo estallar –gloriosos tiempos políticos, al fin– la polémica.A un año de la firma del contrato con la editorial, luego de renunciar al programa que tenía en Radio Nacional, entre otras cosas, para realizarlo, Sandra Russo sirve el café anticipado y aclara: “Era una idea que tenía, pero en realidad no era este libro”.–¿Cómo es eso?–Tuve una primera entrevista con la Presidenta, pero fue antes de que muriera Néstor. El 27 de octubre de 2010 se alteró toda la idea del libro, de manera que éste que terminó siendo no es el mismo del cual hablamos aquella primera vez. Yo quería girar sobre una foto de Cristina: ella tenía 20 años y está frente a las rejas del Zoológico de La Plata. Algo así como “qué fue de la vida de esa militante de los ’70”. Ese era el eje de este libro, pero con la muerte de Néstor el proyecto se detuvo y fue mutando. Trabajé muchos meses sola y, después, con el colega Werner Pertot. Y decidí hacer otro laburo. Mucho más difícil, porque tuve que armar toda la estructura del libro sin las entrevistas y, más o menos, ir previendo en qué capítulos sería indispensable la voz de Cristina. Es bastante reacia a los reportajes. A través de Andrea Rabolini, que trabaja en la Secretaría General de Presidencia, pude hacerle llegar el primer proyecto y aceptó. Yo no lo podía creer. Claro que ese proyecto incluía su voz.–Un relato a dos voces.–A ver, cuando se habla de biografías no autorizadas hay un ítem editorial que es prometer los secretos no revelados de un personaje público sobre el que circula un relato determinado que se quiebra con ese libro. En el caso de Cristina, me parecía que ese eje no tendría ningún sentido.–Se estaría hablando de dos personas distintas: un personaje que quiere ocultar y una escritora que quiere revelar...–Claro. Y, además, objetivamente, había mucho relato no autorizado de la vida de la Presidenta. Mi intriga personal tenía que ver con qué decía ella de su vida. Obviamente, no es sólo su relato. Lo datos duros forman parte de la historia legislativa argentina como personaje público que es desde hace veinte años. Yo quería escucharla hablar, saber quién era, qué pensaba sobre determinadas cuestiones, cómo era fuera de la cadena nacional y fuera de lo que dicen los medios hegemónicos.Hubo medios, específicamente debido al fogoneo de Perfil, que la llamaron “biógrafa oficial” de Cristina como una manera de descalificar su trabajo. Obviaron que, en realidad, La Presidenta no es una biografía autorizada y, mucho menos, una “no autorizada”. Ni siquiera es una biografía. “Este es un libro de autor totalmente caprichoso. Tomo tramos de su vida por cosas que se me ocurrieron a mí y que no consulté con Cristina.”–¿Por ejemplo?–El capítulo del escrache de marzo de 2003 en Catamarca ya lo tenía escrito y no le pregunté si le parecía bien o mal. Elegí destacar eso porque me pareció que era un capítulo de su vida que ponía muy de manifiesto los modos de entender el peronismo. O el capítulo de Chiche Labolita y Gladis Dalessandro (amigos de los ’70, uno de ellos desaparecido), que elegí porque lo había leído en Setentistas (el libro de Fernando Amato y Christian Boyanovsky Bazán) que me sirvió muchísimo para ubicarme en La Plata de los años ’70. Yo escribí un libro sobre la vida de Cristina y Cristina está en ese libro. Los lugares por los que va pasando no son los lugares previsibles de una biografía. Quise reconstruir el perfil de una presidenta militante y, a su vez, de esa “yegua” que empezó a aparecer en 2008. Decididamente me pareció que lo interesante era reconstruir esa historia para saber qué tipo de mujer y con qué historia atrás despertaba esas reacciones tan feroces, sobre todo en las mujeres.–¿Se peleó alguna vez con Cristina en el proceso del libro?–No, pero me peleé con el libro. Tanto que quise renunciar dos veces. La primera, cuando murió Néstor. Ofrecí rescindir el contrato porque ella entraba en un duelo. Y yo, como viuda, ya lo había vivido. Pero me decían “esperá, esperá, encontrá la manera de laburar sin ella”. Por eso surgió la idea de hacer doce entrevistas y trabajar con ese material que era bueno pero hubiera sido muy pobre sin la voz de Cristina. La segunda no fue tan estigmatizante. Ocurrió que se vencían los plazos: yo debía entregar el material el 15 de febrero para llegar a la Feria del Libro. Pero las postergaciones hicieron que no llegara. Había dejado laburos, estaba ansiosa, no podía más. Y la espera fue brutal. Pero un día salió.–La editorial pensaba sacarlo para la Feria del Libro, lo que hubiera significado un tipo de lectura más centrado en la escritora. Sale dos semanas antes de las Primarias Obligatorias, lo que pone en el centro de la escena al personaje. ¿Cambia la relación con el libro, cambia la lectura?–Creo que sí cambia todo, pero no por una imposición mía ni de nadie. Las cosas sucedieron así. Si hubiera salido en la Feria creo que se hubiera tomado como el desafío de Cristina a la llegada de Vargas Llosa, por ejemplo. Todo lo que vivimos desde 2008, y eso forma parte de la estructura del libro, está absolutamente politizado y está desprovisto de la posibilidad de ser neutral.–¿Podría haber escrito este libro sin estar politizada o desideologizada?–Siento esta época, el libro o 6, 7, 8 o todo lo que hago, como un movimiento natural de mi propia vida, de mi personalidad. Sería raro que no estuviera haciendo lo que hago. Es incómodo, pero no tengo más remedio: así me tomo las cosas, no puedo esconder la cabeza abajo de la alfombra o buscarme situaciones un poco más cómodas cuando siento que naturalmente surgen estos escenarios donde hay que hablar y yo hablo.Yo escribía columnas políticas con una posición y una interpretación muy claras. Adherí a Carta Abierta apenas arrancó, apareció allí la palabra “destituyente”. Y me largué a escribir el prólogo poniendo todo esto, como un planteo político de lo que quería hacer, sin haber tenido una sola entrevista con Cristina. Y cuando estaba terminando el libro, cuando empiezan a realizarse las entrevistas, me encuentro con una Presidenta que me dice, sin haber leído ese prólogo, “a mí en 2008 me quisieron destituir”. Eso fue una coordenada que se cruzó: estuve en el momento indicado en el sitio preciso.–¿Cuántos fueron los momentos en los que se planteó, escribiendo el libro, que eso que se decía podía generar un escándalo?–Cuando me empezó a contar los sucesos de 2008. Era evidente. Esa entrevista la tuvimos en México. La primera charla fue mucho más humana, familiar, del pasado. Y cuando me contó los hechos de 2008 supe que la cosa iba a despelotar todo. Pero era lógico: no había dado entrevistas a medios gráficos durante cuatro años, había sido estigmatizada por un conglomerado de medios y dirigentes opositores que se metieron con su luto, con su dolor. Había soportado todo eso. Si nos alejamos de la posición política que tenga cada uno y miramos un poquito hacia atrás, salta a la vista que Cristina fue la presidenta que más injurias, insultos y descalificaciones recibió desde el regreso democrático. La idea de que surgiera este libro es su derecho a hablar, a contar su versión de las cosas y nada menos que de su gobierno. Y eso genera despelotes.–Entonces, ¿los esperaba?–No, para nada. Me encontré con la mención a Alberto Fernández de manera absolutamente inesperada. Eso no estaba en mi cabeza, pero estaba en la de ella y ella quería decirlo. Yo quería escuchar. Mi aproximación a Cristina fue más como escritora que como periodista. Lo que yo veía en esa chica de 20 años de la foto no tenía que ver con el periodismo. Tenía que ver con otra dimensión de mí, con la narradora de un personaje fantásticamente interesante. Quería comprender el aspecto de la militancia encarnada en alguien que hace 40 años que milita y que pasó por diferentes cargos. Me interesaba sabe qué quiere decir esa militancia y esa entrega a la política como la causa de su vida en lo personal, en lo doméstico, en lo espiritual. Quería saber qué significa eso, cómo es esa raza de personas en estos momentos de videopolítica, de marketing, donde no importa perder las elecciones porque el que pierde puede volver a su empresa privada o a los teatros de la avenida Corrientes. Y me encontré en el proceso de este libro con muchos de ellos, disidentes de la lucha armada pero militantes de los ’70, un grupo que había quedado invisibilizado por el relato dominante de esos años. Como si los ’70 sólo encerrara a ex miembros de las organizaciones armadas. Pero hubo allí disidencia, discusión. Parte de la confrontación o del espíritu de discusión que se le reprocha a Cristina, en ese sector de militantes estuvo siempre presente. No es algo que se ocultaba: lo ocultó la historia posterior, que quiso englobar a toda esa generación en lo que mencionó Duhalde con su bestial “los imberbes de antes ahora son viejos pelotudos”. Muchos no eran ni imberbes antes ni ahora son pelotudos. Lo que tanto Cristina como Néstor mostraron, y puede ser capitalizado por otras fuerzas políticas, es una actitud frente a la política. Una actitud que defendieron incluso frente a compañeros que optaban por otro camino. Y había que tener mucho coraje para mantener en aquel momento una posición contraria y muy firme contra la militarización de la política.–Más allá de que la polémica desatada le venga bien a la venta del libro, ¿qué siente ideológicamente frente al revuelo que se generó?–Es muy incómodo, triste. No me gustan las exposiciones. Soy más bicho de gráfica que panelista de televisión. Estoy ahí porque hace falta, pero no es algo que diga “qué lindo, salgo en la tele”. Todos los días tengo que estar ahí escuchando que soy una mercenaria. No es algo agradable. El libro es un detonante, pero estas cuestiones que se están planteando ya pasaron y en algún momento se iban a sacar a la luz. Tampoco hay que asustarse tanto por la discusión pública.–Dice que tiene que escuchar todos los días que es una mercenaria. Pero el mercenario cobra por defender algo sin importar si es lo que piensa o no. Sería mercenaria si adscribiera a posiciones contrarias al Gobierno y, previo pago, ensalzara una política que no comparte...–…mercenaria hubiera sido si el Gobierno me hubiera pagado para escribir este libro. Por eso en el prólogo dije que ser oficialista en materia política es estar de acuerdo con la primera minoría de las últimas elecciones, eso es todo. Y me parece que no es lo mismo ser oficialista sin importar de qué gobierno. Toda mi vida fui opositora. Trabajé en periodismo durante la dictadura en contra de la dictadura, trabajé en contra durante los diez años del menemato, eso está todo publicado. Siento que recorrí un camino muy verosímil en ese sentido. Y lo natural para mí fue concordar cuando Néstor y Cristina empezaron a levantar las banderas que yo había defendido siempre. Sentí que ahí tenía que estar, que las cosas tenían sentido, que valía la pena.–Es natural, como usted dice, pero es bastante difícil hacer periodismo oficialista.–Por supuesto, es un garrón. Lo más fácil que a uno le sale es ser oposición. Yo no podría discutir, por el mero hecho de no ser oficialista, aquellas cosas por las cuales peleé toda la vida. Es como ver todo por un eje equivocado. El único análisis que resiste es plantearse quién soy yo, qué defendí toda mi vida, qué está pasando y dónde me ubico. Si toda la vida defendí los organismos de derechos humanos, y llega un gobierno que los recibe, que los escucha, que los respalda y que los banca, obviamente me parece bien por parte del gobierno. No me parece una capitalización de lo que yo pensé. Me parece que ahí los términos son si podés pensarte como parte de otra cosa o si sos el ombligo del mundo. Parte de lo que yo le agradezco a este momento, y que por eso acepto vivir la incomodidad de cargar con esa mirada tan despectiva de otra gente, tiene que ver con que en términos políticos es la mejor época de mi vida. Y si uno no acepta que, además de quejarse, también puede defender lo que ve bien, se está quitando la posibilidad de ganar. Nada más ni nada menos. Es una trampa en la que cae mucho progresismo, cuando en realidad lo que les cae mal es la victoria. Porque, qué pasa si ganan, ¿van a ser opositores a su propia victoria? Es un contrasentido solamente posible en minorías sectarias que saben que nunca van a poder ganar.–¿Cuándo fue la última vez que vio a Cristina, cuándo le dijo chau al personaje de su libro?–Le mandé el libro pero no la vi. La última vez que nos encontramos fue en Olivos, hace un mes, cuando me dio las fotos de la infancia de sus hijos. Y allí dimos por concluido el trabajo. Nos vimos lo mínimo indispensable pero lo suficiente como para hacer el libro. Hicimos un vuelo a Río Gallegos con la primera versión que tenía con los datos de los entrevistados y allí hizo todas las correcciones que hicieron falta. Fueron dos horas de vuelo fascinantes. Cuando llegamos, yo me tomé el avión de vuelta. Valió la pena.El departamento, con el relato, fue entrando en esa hora en la cual la luz eléctrica no aporta nada pero se hace imprescindible prenderla por costumbre. Como una foto más, el momento habla de la historia. Y sigue hablando con la voz de Cristina en los capítulos del libro de Sandra Russo cuando, abajo, Palermo sigue siendo ese barrio.

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