viernes, 11 de febrero de 2011

"LA VERDAD TIENE QUE LLEGAR PARA TODOS"


Por Luz Laici y Jorge Repiso


Chicha Mariani, la abuela que lleva 34 años de búsqueda.Tiene 86 años y está ciega. La dictadura le quitó a su hijo, a su nuera y a la hija de ambos, Clara Anahí. Sospecha que Marcela Noble puede ser su nieta y le pide a la dueña de Clarín que “deje de obstaculizar” a la Justicia.



María Isabel “Chicha” Chorobik de Mariani no podrá ver a su nieta si algún día la encuentra. El tiempo, caprichoso, erosionó sus ojos. Quizá por ese motivo elija no imaginar qué haría si la tuviera enfrente. Apenas dice que piensa en un “abrazo”. Seguramente, uno eterno. Porque allí, en ese preciso instante, habrá terminado para ella una búsqueda inagotable que le llevó 34 años de vida. Y que comenzó el 24 de noviembre de 1976, cuando después de un bombardeo salvaje sobre la casa platense donde vivían su hijo Daniel Mariani y su nuera Diana Teruggi, los brazos manchados de sangre de policías bonaerenses, que respondían al general Ramón Camps, arrastraron a la pequeña Clara Anahí hacia un auto que tomó, hasta ahora, un rumbo incierto. Pero que tuvo, tiene y tendrá sus pistas.La última la conecta con uno de los hijos de Ernestina Herrera de Noble: Marcela. Desde hace años, Mariani tiene la sensación de que esa muchacha de pelo castaño, orejas y manos “idénticas a las de mi familia” y actitud serena puede ser su nieta. Así lo declaró el pasado 12 de octubre, en el marco del juicio oral contra los dictadores Jorge Rafael Videla y Reynaldo Bignone acusados de idear y poner en marcha el plan sistemático de robo de bebés. Y volvió a repetirlo dos días después en una carta abierta que le envió a la dueña de Clarín, luego de que los abogados Ignacio Padilla y Roxana Piña –que intervienen en el caso Noble a cargo de la jueza Sandra Arroyo Salgado – afirmaran que era “cronológicamente imposible” que Marcela tuviera algún vínculo genético con la familia Mariani-Teruggi.Sus palabras sonaron a súplica. Con 86 años –y golpeada también por diversas dolencias, como la maculopatía que la dejó ciega–, Chicha le habló a Ernestina. “No quiero morirme sin reencontrarme con mi nieta –escribió–. La única manera de comprobar o descartar un vínculo identitario son los análisis genéticos que usted viene obstaculizando desde hace muchos años. Por eso le pido, con todo respeto, que si usted quiere demostrar la inexistencia de tal vínculo, coopere con la Justicia y contribuya a que los análisis de sangre se realicen tal como lo establece la ley.”La incertidumbre, explica con una calma ejemplar, es una tortura que persiste año tras año: “Hoy dicen que la historia de lo que pasó tiene que tener un cierre. Pero no es posible. Está contra la misma humanidad y contra todo sentido de justicia. Esos asesinos que ahora van con el crucifijo en la mano, nos están torturando minuto a minuto desde 1976. Siguen hundiéndonos en el pecho el cuchillo porque callan. Yo he visto a las madres morirse llorando. Y también a los padres morir de pena, sin tener un lugar donde visitar la tumba de sus hijos. Eso es una canallada, una de las peores cosas que hizo la dictadura. El esconder los cuerpos, la historia y, ni que digo, a los chicos. Nada va a quedar cerrado hasta que digan dónde están ellos y los desaparecidos”.La tarde trágica en que Camps arrancó a Clara Anahí de la vida de los Mariani –en un operativo que desplegó camiones del Ejército, cerca de doscientos efectivos y hasta un helicóptero que monitoreó desde el aire la acción que empujó debajo de sus camas a los vecinos asustados–, Chicha esperaba a su nieta en su casa, como todos los miércoles (y sábados) en que quedaba a su cuidado.

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