martes, 22 de febrero de 2011

MIJALCHYK, EL CURA QUE APRETABA A LOS TORTURADOS PARA QUE HABLASEN

Por Laureano Barrera

El capellan tucumano esta procesado y sigue dando misa en Tafi Viejo. El Arzobispado local pagó la fianza de 115.000 pesos.


José Eloy Mijalchyk, párroco de la iglesia San José Obrero de El Colmenar, en Tafí Viejo, tenía un estilo curioso de ejercer la espiritualidad: entre sus oraciones dominicales daba misa en el infierno. Quienes lo vieron merodeando a voluntad por las tinieblas del centro clandestino –y vivieron para contarlo– recuerdan que lucía ropa de calle pero nunca se quitaba el cuello almidonado de la sotana. Aquella prenda en su atuendo, y la voz cándida y terrenal con la que disuadía a los torturados para que expurgaran sus pecados, eran los resabios del hombre de hábitos que extendía su misión pastoral al Arsenal Miguel de Azcuénaga.“Entraba al galpón donde estaban las personas secuestradas y hablaba permanentemente con ellos: ‘Tienen que arrepentirse, tienen que ser buenos y decir todo lo que saben, de esa manera ustedes van a conservar la vida’”, aconsejaba el capellán, según precisa a Miradas al Sur Laura Figueroa, abogada patrocinante de varios sobrevivientes de una de las cárceles secretas más atroces de la dictadura.Ubicado en el predio de la 5ta. Brigada de Infantería del Ejército –comandada por Bussi–, el Arsenal era regenteado por Gendarmería y dependía del Destacamento de Inteligencia 142. Los hombres y mujeres a quienes el Padre Pepe (como conocían a Mijalchyk) pedía sinceramiento, habían sido torturados sin respiro con métodos medievales: enterrados hasta el cuello durante varios días y noches a la intemperie, azotados con látigos, colgados de las muñecas durante jornadas enteras hasta perder el conocimiento. Aparte de las dos sesiones de picana diaria, los consabidos golpes, simulacros de fusilamiento y los fusilamientos efectivos: los cadáveres eran sepultados en el mismo predio, sin lápida ni nombre.Algunas mujeres embarazadas fueron violadas y sufrieron abortos por las impiadosas sesiones de picana eléctrica. Hasta una anciana de 72 años había sido llevada porque no habían podido raptar a su hija. A Alfredo González, un detenido que osó putear a sus verdugos en el interrogatorio, lo torturaron hasta matarlo y su cadáver ensangrentado y cubierto de moscas estuvo en exhibición en el piso del chupadero.El 27 de diciembre último, ante la denuncia de las querellas y la acusación formal de la fiscalía, el juez federal de Tucumán Daniel Bejas procesó al capellán –junto a 21 militares y gendarmes que actuaron o condujeron el Arsenal, y a un escribano, Juan Carlos Benedicto, que integraba los grupos de tareas– como “partícipe secundario” de los delitos de privación ilegítima de libertad con apremios y vejaciones, y torturas agravadas sobre Félix Viterbo Corbalán, María Angélica Mazzamuto, Roberto Romero y Antonio Raúl Romero.Bejas no dictaminó prisión preventiva, pero sí una caución real de 150.000 pesos. El 26 de enero, el cura presentó como parte de la fianza una camioneta Ford Ranger modelo 99 valuada en 35.000 pesos. Los restantes 115.000 fueron aportados por el Arzobispado tucumano –a cargo del obispo Luis Villalba–, cuyo comprobante publica hoy en exclusiva Miradas al Sur. “Cuando Von Wernich pidió la detención domiciliaria, el Arzobispado de La Plata ofreció su sede o una casa para que la cumpliera. Evidentemente, la Iglesia tiene una política institucional de darles cobijo a los curas implicados en delitos de lesa humanidad”, alega Julia Vitar, abogada querellante e integrante de Hijos Tucumán. Por Facebook, se organizó para hoy un escrache en las puertas del Arzobispado. La cuenta virtual de los organizadores fue dada de baja y bloqueados sus contactos.Mijalchyk tiene 69 años y se ordenó como sacerdote el 20 de julio de 1968. En 1972 recaló en la modesta parroquia de El Colmenar, una barriada proletaria de los suburbios de San Miguel de Tucumán en la que, excarcelado, sigue ofreciendo misa. En 1982, a pedido suyo, fue nombrado capellán auxiliar del Regimiento 19 de Infantería. A pesar de que las denuncias de complicidad ya se conocían –o tal vez por eso–, en 2006 el Vaticano lo distinguió junto a otros dos sacerdotes tucumanos con el título de “Prelado de Honor de Su Santidad”.María Angélica Mazzamuto era directora del colegio de El Colmenar y conocía muy bien al Padre Pepe. Estuvo secuestrada en el Arsenal. “Se lo sentía pararse en algunos boxes, consolar a algunos y exhortarlos a hablar con toda sinceridad con la gente del Ejército”, declaró la mujer ante el juez. Varios sobrevivientes escucharon a Viterbo Corbalán –luego asesinado– con un “delirio místico” en el que le juraba a Dios que si vivía sólo se dedicaría a la familia. Corbalán había sido delegado ferroviario, militante del PCR y ateo.Para su procesamiento, Bejas sopesó también un documento de inteligencia de la policía que el ex detenido Juan Carlos Clemente robó del Servicio de Informaciones Confidenciales de la Jefatura, y ocultó por más de tres décadas enterrándolo en dos lugares distintos hasta el juicio del año pasado. El dossier consigna una larga lista de los secuestrados que pasaron por la Jefatura e indica con iniciales la suerte que corrieron: liberado o destino final (es decir, la muerte).También revela el rol de espía del capellán. Escrito de su puño y letra, el Padre Pepe pasaba partes de información sobre apodos, apellidos y relaciones sociales de los forasteros o presuntos militantes de El Colmenar. Hasta adjuntó un croquis en el que ubicaba sus domicilios. “Un barbudo con ropa verde duerme en la iglesia de la Granja Modelo. Fue visto dos veces con Benito Villarreal”, dice el informe al que accedió este diario.“Villarreal –continúa el clérigo delator– está sin trabajo conocido y es posible enlace del ERP.” Mantiene reuniones semanales “en horario nocturno” con un “boliviano” desconocido que vive “atrás de la estafeta”, y con el barbudo que duerme en la capilla, advierte. Y completa: Villarreal “siempre porta dinero”, y entre 1973 y 1975 “hizo 20 viajes a Buenos Aires”.El año pasado, cuando el documento salió a la luz, Mijalchyk se excusó diciendo que era “un invento de los zurdos”, que lo perseguían por su bendición como capellán a los amos de la represión ilegal en el norte argentino: Menéndez, Bussi, y otros subalternos. La Justicia Federal presume lo contrario.

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