sábado, 19 de febrero de 2011

PALACIOS SE BATE A DUELO


"Alfredo Palacios. Entre el clavel y la espada", de Víctor García Costa, cuenta la vida del primer legislador socialista de América del Sur, elegido por el barrio de La Boca. El político doblaba la apuesta ante los insultos y, como un dandy, enviaba a sus padrinos. El enfrentamiento con Uriburu que no fue.


Palacios es un buen esgrimista. Comenzó practicando con Carlos Delcasse y luego continuó —por muchos años— con el maestro Aniceto Rodríguez. Los asaltos se hacen en el sótano o en el pasillo ancho de la biblioteca, improvisadas pedanas, en la casona de la calle Charcas. Le gusta practicar con el torso desnudo, sin protección de ninguna naturaleza. Cuando su contrincante lo “toca”, el pinchazo le arranca un ¡carajo! que se oye en toda la casa. Sobre una mesita redonda del salón, reposan caretas, espadas, sables y floretes.La verdad es que Palacios tiene su propio concepto del honor y del duelo, que no es el de su partido. Mientras éste repudia los lances caballerescos, pareciera que Palacios tiene una especialísima predilección por ellos. Poco tiempo antes del I Congreso, llamado “Constituyente”, el Comité Ejecutivo Provisorio había mocionado al Buró organizador del CongresoObrero Internacional de Londres, que debía reunirse en 1896, para que condenara “la práctica del duelo como una costumbre absurda y bárbara, que está en abierta contradicción con la moral sencilla y positiva de la clase obrera y del Partido Socialista”. Palacios aún no había ingresado al Partido y el Congreso de la Internacional tenía demasiados problemas ideológicos como para ocuparse del duelo.Durante ese I Congreso del Partido Socialista Obrero Argentino, celebrado los días 28 y 29 de junio de 1896, el delegado del Centro Socialista Universitario, profesor Nicanor Sarmiento, presentó y defendió una declaración, que habría de ser el antecedente originario de la cláusula antiduelista de los Estatutos, que fue aprobada por aclamación: “Serán expulsados del Partido los que se batan en duelo”.Ese Congreso incluyó como artículo 61 de los Estatutos el siguiente texto: “Ningún afiliado al Partido podrá aceptar el juicio de las armas para resolver cuestiones personales de ningún género, siendo en caso contrario separado del Partido.”Los Estatutos fueron sometidos a permanentes ajustes. Así, el IV Congreso Ordinario, realizado los días 7 y 8 de julio de 1901, incorporó como artículo 41 este texto: “Ningún adherente puede aceptar el juicio de las armas para resolver cuestiones personales. El que lo acepte es separado del Partido”. Y ahí está el artículo, ahora como 48.Durante su primer período parlamentario, los retos de Palacios no habían pasado de manifestaciones verbales tales como “lo sostengo en cualquier terreno”, siempre sin respuesta. Pero la llegada de los nuevos diputados socialistas con sus formas ríspidas de exponer colocaron permanentemente los debates al borde de la “cuestión de honor”. Como ellos repudiaban el duelo, Palacios terminaba asumiendo todas las cuestiones: las propias y las de sus compañeros.En junio de 1912, el diputado Luis Agote, erudito médico y profesor universitario, descubridor del sistema de transfusión de sangre sin peligro de coagulación, por intermedio del doctor Carlos González Bonorino y del coronel Tomás Vallée planteó a Palacios una aclaración o reparación por las armas, a raíz de expresiones pronunciadas por éste durante el debate suscitado en torno de un pedido de un subsidio a estudiantes universitarios para concurrir al III Congreso Internacional de Estudiantes Sudamericanos, en Lima, Perú.Agote había anunciado su voto positivo, explicando las razones por las que cambiaba su conducta de años anteriores. Por su parte, Justo se opuso al subsidio y a que la Cámara distrajera su tiempo en estas cosas.Concedida la palabra nuevamente a Agote, éste lanzó su ataque a la bancada socialista:—…Es necesario que desde temprano vayamos ya definiendo situaciones y que bajo el pretexto de mentidos socialismos —murmullos en la barra— no se venga a perturbar la libertad de los que aquí se sientan y desean verter con toda franqueza y altivez sus ideas —¡muy bien!— […] su llamado socialismo no es más que un socialismo mal entendido, no es más que la antipatía a las clases cultivadas, el odio al inteligente, el odio al trabajo remunerado, el odio a la propiedad del que la gana o la hereda por el esfuerzo de sus padres —aplausos en las bancas, murmullos de protesta en la barra. La reacción de Palacios no se hizo esperar:—Mi opinión respecto de este asunto es favorable al pedido que se ha presentado a la Cámara por los estudiantes, pero pensaba no decir una palabra respecto de él, después de las manifestaciones hechas en este recinto por mi colega, el doctor Justo.Me iba a concretar a votar en pro de la solicitud. No lo hago así, debido a las palabras del señor diputado que se ha permitido hablar de socialismos mentidos.—No me he referido en lo más mínimo al señor diputado.—Haciendo alusiones al doctor Justo, decía, señor presidente, que no debe hacer un hombre altivo, y respecto de las cuales es imperiosa la manifestación que haré —aplausos y ¡bravos! en las galerías—. Hay profesores, señor presidente, que no han sido expulsados de la Facultadporque se han sometido a todas las debilidades de los decanos y han pasado por todas las horcas caudinas —¡muy bien! aplausos en las galerías—; en cambio, hay otros, como el doctor Justo, que por su altivez han sido…En ese instante se produjeron estruendosas manifestaciones en las galerías, que impidieron oír las últimas palabras del orador y obligaron al presidente a suspender la sesión y desalojar la barra.Al continuar la sesión, Justo, habiéndose declarado libre el debate, dijo que no esperaba que palabras tan simples como las que había pronunciado, fundadas en preceptos vulgares de administración pública, pudieran provocar esa tempestad en un vaso de agua. Pero el “exabrupto” de uno de los diputados lo obligaba a decir algunas palabras para explicar su situación en la Cámara en ese momento y en todos los momentos.—Se ha tratado de ofenderme personalmente, y como esto puede repetirse, declaro que vengo aquí acorazado contra la injuria; la injuria velada o abierta no me alcanza, no voy a enviar mis padrinos a ninguno de los señores diputados…Ante la requisitoria de Agote, Palacios designó sus representantes a los doctores Carlos F.Melo y Arturo Goyeneche. Cuando estaban por concretar las condiciones del lance, González Bonorino, en su doble carácter de padrino de Agote y de diputado nacional, recibió una cartadel presidente de la Cámara, general RosendoM. Fraga, donde le decía que, tratándose de incidentes ocurridos en el recinto de la Cámara, correspondía la intervención de la Mesa de la Cámara. Los cuatro representantes aceptaron, y ese mismo día, la Mesa de la Cámara, integrada por los diputados general Rosendo M. Fraga y doctores Miguel M. Padilla y Marco Aurelio Avellaneda, dio por finalizado el incidente.Justo y Palacios, Palacios y Justo; en el debate habían quedado planteadas dos actitudes o, mejor aún, dos temperamentos. A Palacios, todo el proceso de los retos y los lances mismos le parecían hermosos. Para Justo eran ridículas “cosas de compadres”. Justo lo había dicho: no enviaría padrinos a ninguno de los diputados, nunca. Palacios lo haría y se batiría a duelo: a sable y a pistola, siempre. No habían pasado dos meses, en agosto de 1912, cuando a raíz de expresiones vertidas por Palacios en su cátedra en respuesta a otras pronunciadas por Estanislao S. Zeballos en la suya, a instancias de Zeballos había quedado planteada la cuestión caballeresca.Reunidos los representantes de ambas partes, Matías Pinedo Oliver y Eduardo B. Villarroel —de Zeballos—, y Fermín Rodríguez y Mariano Beascochea —de Palacios—, resolvieron dar por terminado el incidente y así lo hicieron saber a sus representados. Palacios no se consideró satisfecho, por entender que el acta no aclaraba si se habían retirado los términos ofensivos y decidió, hasta tanto, mantener los suyos comunicándolo a sus padrinos Rodríguez y Beascochea en términos amistosos. Éstos se consideraron desautorizados, designaron representantes a Manuel B. Gonnet y Manuel Barraza, y les encomendaron reclamar a Palacios una satisfacción o una reparación por las armas. Palacios nombró representantes a Filisberto de Oliveira César y Ricardo A. Paz. Reunidos los cuatro apoderados, decidieron que el duelo se realizara en Colonia, República Oriental del Uruguay, y que fuera a pistola con intercambio de dos disparos por cada parte, a veinticinco pasos de distancia. Los representantes de Palacios eligieron para el encuentro aMariano Beascochea, que era capitán de fragata. Beascochea eligió el arma: la pistola. Pero fue detenido por la Policía y sus representantes pusieron a disposición de Palacios al doctor Fermín Rodríguez. En Colonia, el 9 de agosto intercambiaron dos disparos sin resultado y se reconciliaron sobre el terreno.Otro que no se bate es Mario Bravo, diputado socialista por la Capital Federal. En la sesión del 30 de diciembre de 1913, al tratarse el despacho de Comisión en el proyecto de ley de presupuesto general de gastos, el diputado Repetto dijo que el Congreso, y sobre todo el Senado, seguía siendo ese conglomerado de empleados inútiles, que en su mayoría eran parientes más o menos directos de senadores… y que en el Senado había tres sirvientes para cada senador, y que eso era una situación inadmisible.Los socialistas de entonces cuestionaban a los “ñoquis”, y podían hacerlo porque ellos no los tenían. Como había descubierto “alguna risita irónica”, que le imputaba propósitos electorales, Repetto agregó:—Por otra parte, esa interpretación demuestra el concepto tan bajo y tan mezquino que esos diputados tienen del mandato legislativo. Ardió Troya. A gritos le piden los diputados y el presidente, enfurecidos, “que retire las palabras”.—No tengo ningún inconveniente en declarar que al hacer esta manifestación, no me ha guiado el propósito de ofender personalmente a ninguno de los señores diputados…—La presidencia le ha pedido que retire las palabras pronunciadas.—Pero, ¿qué quiere decir: “retirar las palabras”?—Que las dé por no pronunciadas, y así se lo exijo al señor diputado.—He hecho, señor presidente, esta declaración que es bastante explícita… ¿Qué desean más el señor presidente y la Cámara?—Eso basta —vocearon varios diputados.—Quedan retirados los vocablos.El diputado por Córdoba, Eloy J. de Igarzábal, pidió entonces que “el señor diputado retire también los agravios que ha inferido al Honorable Senado. Ha dicho que el Honorable Senado no es más que una condensación de oligarquías”.—Es una apreciación de carácter político, señor diputado.Mario Bravo, interrumpió, mordaz:—Que quede constancia, señor presidente, de que la palabra “oligarquía” no es ofensiva para los cuerpos legislativos argentinos.Cuando el incidente parecía definitivamente superado, pidió la palabra el general José Félix Uriburu, diputado por la provincia de Salta —quien el 6 de setiembre de 1930 encabezaría el golpe militar— y lanzó un violento ataque a la bancada socialista, calificándola como “políticos logreros y vividores”.—¡El señor general es muy valiente!—¡Tiene suficiente valor para ponerse al frente de usted, como de cualquiera!—¡Ha ganado una batalla electoral en Salta, el señor diputado! —(manifestaciones en la barra) replicó Mario Bravo.—Si tomara el concepto de Le Bon, repito, diría que el Partido Socialista, con honrosas excepciones, se compone de políticos logrerosy vividores, de universitarios fracasados y de una muchedumbre quese agita porque necesita siempre seguir algo que no entiende.Al finalizar la sesión, Palacios paró en un pasillo al general Uriburu y le preguntó con firmeza si se había referido a él, a lo que Uriburu contestó:—Absolutamente; creo que dije “con honrosas excepciones” y lo hice con el mayor placer para destacar al señor diputado.Pero el incidente no terminó ahí. El 31, es decir, al día siguiente, el general Uriburu remitió al diputado socialista Mario Bravo la siguiente nota:Señor diputado, doctor Mario Bravo: He sido sorprendido por la versión publicada en algunos de los diarios del incidente ocurrido en la Cámara de Diputados en el día de ayer, no sólo por ser ella inexacta, sino por cuanto afirma que usted ha estado esperando mis padrinos. He sido yo quien ha debido recibirlos, dada la forma en que se ha producido el incidente. No me he sorprendido de su silencio, porque he entendido que usted no se bate. Si esto no es así y prescindiendo de a quien corresponde iniciar el envío de padrinos, le pido quiera designar sus representantes e indicar el sitio y hora en que puede encontrarse con los míos. José Uriburu.A lo que el diputado Bravo respondió de inmediato:Señor general José Uriburu: Leo su carta de hoy, que me ha sido entregada por el señor Landívar, y de acuerdo con el pedido que él me formula a su nombre, le contesto. No puedo hacerme cargo de las publicaciones de los diarios sobre el incidente de ayer, como es lógico comprender, y en cuanto a los padrinos de que usted hace referencia, usted está en lo cierto: no me bato, y, en consecuencia, no los envío. Mario Bravo.Diecisiete años más tarde, en 1930, Uriburu será presidente de facto, y Bravo y Palacios serán prisioneros de su dictadura.

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