domingo, 28 de noviembre de 2010

CERRÓ EL TALLER: EL FIN DE UNA ÉPOCA


El bar de Plaza Serrano que fue epicentro de la bohemia rockera de Palermo Viejo en el último cuarto de siglo acaba de bajar la persiana. Síntoma de la mutación cultural de un barrio.


El día 30 de agosto a las 19 horas el bar El Taller, en la esquina de Borges y Honduras, bajó las cortinas para siempre. Fundado en 1985, cuando la ciudad (el país) estaba en plena ebullición democrática, este espacio fue el responsable de la refundación de Palermo Viejo, con la plaza Serrano (hoy Cortázar) como centro neurálgico de una movida que comenzó artística, bohemia y barrial y que derivó en el Soho, ese gran shopping a cielo abierto, con bandas de turistas y franquicias al por mayor.


A pesar de la alta densidad de bares por metro cuadrado en la zona, El Taller se convirtió en un clásico y subsistió el embate fashionista como una isla, como un espacio de resistencia, como una burbuja en el tiempo. Las mismas mesas de madera, esas paredes con colores tan Costa Atlántica y las caras de sus habitués, figuritas repetidas, que lo sienten como un refugio. Son miles las anécdotas, las historias de amor, las borracheras y los momentos inolvidables que albergó este bar en el último cuarto de siglo.


"Es el lugar donde más notas hice, donde más cafés me tomé y donde conocí a un montón de gente. Era una extensión del living de mi casa, o como yo le decía, mi oficina. El cierre de El Taller es otro signo del cambio de los tiempos, un bar pionero que se retira", cuenta Hilda Lizarazu, una de las parroquianas más emblemáticas del lugar.


Fundado por el arquitecto Eugenio Ramírez (un activista barrial, el responsable del recorrido 3 -cartel rojo- de la línea 39, el impulsor de las fogatas de San Juan los 24 de junio), el bar nunca fue atendido por mozos profesionales, y fue ganando en mística rockera. Gustavo, alias Jover, es el mozo histórico de El Taller: acusa 42 años y está ahí desde que tenía 19. Su primo, Rodrigo Rojas, también trabajó en el bar en el tiempo que tocaba el bajo en bandas del under palermitano, como Las Hermanas Vidal. "Esther, una de las novias de Luca, trabajaba de moza, y cuando el Pelado caía a buscarla se tomaba su ginebra en la barra y charlaba con nosotros", recuerdan. Y hacen un inventario de los músicos que pararon en el bar. En esos tiempos, por el barrio vivía Miguel Abuelo. Y muchos años después de su muerte, en 1988, su hijo Gato Azul también se volvió habitué. Oscar Moro fue, casi, parte de la escenografía. Fue el hospedaje de Willy Crook, Daniel Melingo y Guillermo Piccolini cuando volvieron de España. Charly tuvo una racha de tocar el piano todas las noches, hasta la mañana siguiente, y se hizo fanático del "toc-toc". Gamexane y Richard Coleman le alquilaban una pieza a Ramírez, y allí cranearon Los Siete Delfines. El Cuino y Tito Losavio, próceres de la canción rockera... Diego Capusotto animó muchas trasnoches de los 90. "Los músicos a veces pasan por malas rachas, y acá sabían que comían y tomaban algo", explica Rojas.


¿Más mística? El Taller fue, durante buena parte de los 90, el centro de operaciones de los Redondos. De hecho, El hombre ilustrado, la biografía del Indio Solari escrita por Gloria Guerrero, incluye una foto de ambos en una de las mesas de El Taller, de 1994. "Empezaron a venir Poli y Skay. Cenaban acá todos los días. Pero también les habilitábamos un espacio en el primer piso y hacían reuniones interminables. El Indio tenía muy bajo perfil. Walter Sidotti y El Soldado se hicieron muy amigos nuestros. Y la que más hablaba era Poli", recuerda Rojas.


Estas paredes cobijaron una muestra conjunta del fotógrafo y parroquiano Mariano Larralde y Rocambole, que incluía parte del arte de tapa de Lobo suelto, cordero atado. "Nos cruzábamos siempre en el bar, y me invitaron a ver el show. Antes de entrar, me rodearon cinco pibes y me robaron la cartera con toda mi plata y las llaves de mi casa. Y se largó a llover a cántaros. Me fui a la casa de una amiga que vivía por Parque Patricios. Cuando logré volver al barrio, llegué empapada al Taller y ahí estaban los Redondos, que fueron para allá después del show. Ese reencuentro fue un tanto accidentado", recrea Hilda.


Calamaro fue otro habitué, a fines de los 80. Su recuerdo, sin embargo, no es del todo grato: "Corrían malos tiempos para la lírica. Las hiperinflaciones nos tenían acorralados y sin trabajo. Es cierto que en El Taller servían buenas hamburguesas, pero una tarde fui a organizar un show de rock poético y eléctrico ¡y me pidieron un demo! Fue una situación tan incómoda como graciosa... No les llevé el demo: ahora me voy de gira por Londontown y España, y El Taller cierra. Supongo que habrán vendido la propiedad en millones".


Por Humphrey Inzillo

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