martes, 23 de noviembre de 2010

LA CRUZ DE LOS 33


En octubre trascendió la denuncia del ministerio de Defensa contra el ex asesor Luis Tibiletti, quien admitió haber participado en operaciones de Inteligencia en 1977. El caso de Tibiletti no es excepcional. La historia completa está narrada en mi reciente libro La mano izquierda de Dios y es elocuente sobre el rol de la Iglesia Católica en la tragedia argentina del siglo XX. Este es su texto.


Por Horacio Verbitsky

Entre 1979 y 1980 el Ejército negó el ascenso o pasó a retiro a treinta y tres oficiales. Todos fueron acusados por sus respectivas juntas de calificaciones de perjudicar la cohesión espiritual de los cuadros, por no compartir “la filosofía y el sentir institucional del Ejército, lo que ha lesionado decididamente su prestigio y concepto ambiente”. La historia del grupo se remontaba a 1969, cuando algunos se opusieron al uso del Ejército contra movilizaciones populares como la del Cordobazo. Otros simpatizaron con el regreso de Perón a la Argentina, participaron en el Operativo Dorrego de acción social que reunió a Montoneros y el Ejército o llegaron a tener relación orgánica con alguna de las organizaciones revolucionarias. Otros mantenían nexos con la Unión Cívica Radical.


La Inteligencia del Ejército los detectó en 1971 luego del arresto de dos camaradas encuadrados en Montoneros, quienes identificaron a sus contactos dentro de la fuerza. En los meses previos al golpe de 1976 fueron sometidos a un proceso informal de autocrítica y reeducación y se les permitió continuar en actividad, con el compromiso de participar sin reticencias en la represión. Algunos fueron protegidos por miembros de la cúpula militar que los conocían por razones institucionales o familiares.


Una década después, cuando creían que aquellos episodios habían sido olvidados, el pase a retiro obligatorio los enfrentó con su propia historia.


Al pedir la reconsideración de la medida más de dos tercios invocaron sus convicciones católicas como principal argumento en su favor. Con independencia de su sinceridad, estas veinticuatro exposiciones espontáneas contienen un tesoro de información sobre la mentalidad predominante en el Ejército, ya que invocaron en su defensa los valores mejor considerados por la institución castrense en la que deseaban permanecer.


La constante es el agradecimiento a la formación católica por haber podido aplicar los métodos dispuestos por el Ejército para la denominada guerra contra la subversión. Varios confiesan haber cometido crímenes horrendos, que alegan en su favor. Pese a esta humillación de tipo soviético, a ninguno se le permitió proseguir en actividad.


El mayor Hugo Abel Costaguta dijo que compartía la “filosofía y el Sentir Institucional del Ejército”, que se fundan “en los principios inmutables de Dios y la Patria”. Su familia está bien constituida, y en su “seno imperan los valores del cristianismo”.


El capitán Guillermo Julio González Chipont juró no haberse apartado “de los principios rectores de nuestra civilización Occidental y Cristiana”.


El teniente 1º Eduardo Pedro Serrano escribió que había sido permanente su adhesión a “los ideales cristianos y nacionales”.


El capitán Ricardo Colombo Roqué dijo que sus ideas políticas, “de profunda raíz nacional y cristiana”, no pueden ser “tachadas de subversivas”.


El teniente 1º Eladio Alberto Arias elevó junto a su descargo una carta de su padre, el suboficial Mayor (RE) Eladio Arias, quien escribió que el joven había marchado a su destino en Mar del Plata para “vengar el asesinato” de un compañero de promoción, con su aprobación paterna y de soldado.


“Estoy seguro que cumplió. Dios lo ayudó en una causa noble y justa.”


El suboficial suplicó “a la Santísima Virgen María –fuente de buen consejo, Esperanza de amor y fe”– que su hijo fuera reivindicado.


El teniente 1º Julio César Sarmiento declaró su confianza en la Justicia Divina y narró las operaciones en las que había intervenido. Su formación como comando y su puesto de jefe de inteligencia de una fracción que actuó en el monte tucumano lo obligó a “interrogar, a ejecutar y a concretar la parte más sucia que era hacer desaparecer los cadáveres de aquellos detenidos ‘por la izquierda’ que no soportaban los interrogatorios”.


Sin sus “profundas y arraigadas convicciones religiosas”, escribió, “me consideraría un cobarde con las manos ensangrentadas”. Este razonamiento es ilustrativo sobre el rol de la Iglesia en la preparación castrense para la guerra sucia.


Para el capitán Gustavo Horacio Ricardes su conducta debió ser malinterpretada, ya que siempre se guió por “los inmutables principios cristianos”.


El teniente 1º Héctor Rolando Jamier explicó que si la filosofía del Ejército era “pertenecer a un mundo Occidental y Cristiano y salvaguardar los más altos intereses de la Nación”, se identificaba con ella, como le enseñaron en el Colegio Militar. De otro modo no hubiera podido combatir a la subversión “en situaciones y con procedimientos harto conocidos” y que podrían haber lesionado su personalidad y su mente.


El teniente 1º Luis Eduardo Tibiletti realizó la exposición más completa sobre la incidencia de la Iglesia Católica en sus decisiones. Sobrino nieto de Pedro Dionisio Tibiletti, que entre 1929 y 1945 fue obispo de Corrientes y San Luis, e hijo del coronel Pedro Alfredo Tibiletti, uno de los primeros oficiales que estudiaron la doctrina de la guerra contrarrevolucionaria en Francia durante la guerra de Argelia, Luis Eduardo escribió que su formación inicial fue en un colegio religioso que le enseñó a valorar “el sentido místico y heroico de la vida”. En cambio en el Colegio Militar no recibió la imprescindible formación filosófica, histórica y religiosa. Esta “deficiencia en el tratamiento de valores trascendentes” le impidió desarrollar una correcta visión global. Agregó que había sido influenciado por las opiniones del “grupo de oficiales eliminados”, a lo que se sumaron “las prédicas del capellán de tinte tercermundista”. Su análisis equivocado fue consecuencia de la crisis que en 1972 y 1973 atravesaron “el país y sus instituciones pilares: las Fuerzas Armadas y la Iglesia”. Recordó que luego del Cordobazo el capellán del Colegio Militar predicó a los cadetes que un militar “no debía tomar las armas contra los hermanos de su mismo país”. Esto era consecuencia de la “aparición política del tercermundismo religioso”, entre cuyas expresiones mencionó a Devoto, Angelelli, De Nevares, Di Stéfano y Zazpe y la teología de la liberación, que Tibiletti considera “errada”. Esto lo llevó a considerar en forma errónea que “podía contribuir a los objetivos de la Institución con la búsqueda de un acercamiento con Montoneros”. Pero a partir de junio de 1975 se desilusionó con esa línea política. El Ejército había comenzado el enfrentamiento abierto con el ERP en Tucumán y en sus filas renacían “valores adormecidos y con los que me identificaba (cohesión, sentido heroico de la vida, sentimientos religiosos)”. En setiembre de ese año se realizó en el Colegio Militar “una Semana Religiosa de gran profundidad y que me permitió comprender que debía encauzar la vocación cristiana que guiaba mis actos hacia la acción diaria entre mis camaradas y subalternos y no a través de compromisos políticos con sentido heroico que me habían llevado a actuar erróneamente”.


El general Sasiaiñ era tío de su esposa. Le dijo que la superioridad estaba al tanto de sus actividades y le preguntó por sus razones. Después mantuvo diálogos similares con el general Otto Carlos Paladino, quien “tenía la misma profunda vocación cristiana que yo, pero que la había desarrollado dentro de la institución”. Decidió entonces “luchar en defensa de los valores trascendentes del Ejército”. Al referir los cambios en su pensamiento escribió que el Ejército nunca debía abandonar “la defensa de la Patria Cristiana”, porque ésta es “la cosmovisión que nos da coherencia al obrar”. Según el oficial recuperado, “en la recta doctrina católica está la VERDAD que no es como se quiere sostener a veces que ‘nadie es dueño de la verdad’ porque eso me llevó al ‘error’ de ir a averiguar cuánto de esa verdad que se torna inalcanzable tienen los ‘otros’. Con esas VERDADES íntegras tenemos que enfrentar la guerra revolucionaria que es una guerra de ideas y no con verdades a medias”.


De ese modo es posible “defender la soberanía no sólo militar sino también espiritual de la Patria”.


Pudo salir de la confusión que alcanzó a las Fuerzas Armadas y la Iglesia “con la ayuda de Dios”, y gracias a “la actitud generosa de la Institución pude afirmarme en valores reales y demostrar en hechos mi respuesta a la oportunidad brindada” (en su descargo dice que participó en “operaciones especiales de Inteligencia” en el Area Zárate-Campana, donde fue fuerte la represión contra trabajadores fabriles). Mucho más escueta fue la apelación que presentó al presidente Raúl Alfonsín en 1983. Dijo que lo habían castigado por disentir con la Doctrina de la Seguridad Nacional.


El mayor Luis María Croce expuso su compenetración espiritual con el Ejército y con “su filosofía cristiana, católica, apostólica y romana”. Para refutar los cargos, el capitán Gustavo Vitón hizo gala de su “profunda fe religiosa”, y sus valores morales y espirituales. Ofendido porque pudieran atribuirle ideas izquierdistas replicó que siempre demostró “un gran amor por mi Patria y Ejército” y “una fe inquebrantable hacia Dios”.


El mayor Norberto Antonio Yommi contó que había participado en un Cursillo de Cristiandad con el capellán de su unidad y que gracias al Ejército había podido “constituir un verdadero hogar cristiano”. Jamás pensó ni obró contra sus “profundas creencias cristianas”.


El mayor Eduardo Horacio Gentiluomo estableció que “por mi formación y convicción soy Católico, Apostólico, Romano”. El mayor Norberto Angel Pascale nunca simpatizó con grupos peronistas que “se convirtieron en elementos subversivos [porque] como militar y cristiano no podría, sin traicionar mis íntimas convicciones y principios, comulgar con un credo irracional”. La prueba que alegó fue que “junto a mi señora y mis tres hijos conformo un verdadero hogar cristiano”.


El coronel Carlos Sánchez Toranzo expuso que la sociedad argentina “se fundamenta filosóficamente en los valores cristianos” y que él “cree profundamente en el origen divino del hombre y su fin trascendente tal como lo determina la Religión Católica Apostólica Romana [y] rechaza, en plena coincidencia con la Iglesia, al materialismo socializante que propone el marxismo-leninismo, como al materialismo individualista que da el liberalismo”.


Sánchez Toranzo citó también la Introducción del Reglamento de Servicio Interno (RV-200-10):


“El Ejército constituye una de las reservas morales trascendentes en la vida espiritual del país, por lo que deberá ser depositario y custodio permanente de sus más caras tradiciones”.


El mayor Roberto Juan Gastaldi declaró su orgullo por “nuestra posición occidental y cristiana” desde que San Martín puso al Ejército Libertador bajo la protección de María y Belgrano hizo tejer la bandera “con los colores de la Virgen”. La libertad no puede subordinar a los valores más sagrados, entre ellos el matrimonio, que posee “dignidad sacramental” dado que “no fue protegido, confirmado, ni elevado con leyes humanas, sino con leyes del mismo Dios, autor de la naturaleza, y de su restaurador Cristo Nuestro Señor, y que, por lo tanto, sus leyes no pueden estar sujetas al arbitrio de ningún hombre”.


También cita a la Iglesia en defensa de la propiedad privada como fundamento del orden económico, aunque con subordinación al bien común.


“No puede concebirse la libertad del hombre, si no está sumisa y sujeta a Dios y a su voluntad. Negar a Dios este dominio o no querer sufrirlo no es propio del hombre libre.”


Gastaldi veía el mundo como escenario “de la lucha entre el bien y el mal”. El peligro inminente era el comunismo bolchevique y ateo que tiende a “socavar los fundamentos de la civilización Cristiana” y “niega toda jerarquía y toda autoridad establecidas por Dios”. Al negar a la vida humana todo carácter sagrado y espiritual convierte el matrimonio y la familia en instituciones artificiales y civiles. Como proclama la emancipación de la mujer, la saca de la vida doméstica y del cuidado de los hijos para “arrastrarla a la vida pública y a la producción colectiva en la misma medida que al hombre, entregando al Estado el cuidado del hogar y de la prole”.


Este refrito de Meinvielle y Genta sostiene que aun los pueblos bárbaros han encontrado un freno “en la ley natural esculpida por Dios en el alma de todos los hombres”. Sigue con la educación “en la familia cristiana bien ordenada y disciplinada” y en la escuela, que surge “por iniciativa de la familia y de la Iglesia”.


Para demostrar su compenetración con la filosofía del Ejército, este oficial excluido recomendó vigilar con cuidado “los libros licenciosos, los espectáculos cinematográficos y las audiciones radiofónicas y televisivas”. Gastaldi informa que ha sostenido estas convicciones “en reuniones con miembros de la Iglesia”.


Como instructor de futuros suboficiales, explicó el capitán Víctor Sergio Groupierre, puso el acento en “los conceptos de Patria, Ejército, Dios y del peligro que representa y la guerra que hay que hacerle a la subversión”. Además, “he sido casado y mis hijos bautizados por Su Excelencia Reverendísima el Provicario castrense para las Fuerzas Armadas Monseñor Doctor Victorio Manuel Bonamín, quien además me honra con su amistad y visita mi domicilio”.


Como prueba definitiva, dijo que entronizó en la capilla de su unidad una mayólica con la imagen de la Virgen de las Nieves.


El único en mencionar la causa de la decisión oficial fue el capitán Norberto Raúl Tozzo: la relación que mantuvo entre abril de 1972 y junio de 1973 en la escuela de suboficiales Lemos con los tenientes primeros Jorge Bavio y Roberto Hipólito. Es su descargo dijo que “mi mente era virgen, tenía sentimientos nacionalistas católicos, inculcados en el Colegio Militar, donde había participado de retiros espirituales. [Bavio] comienza a tocar temas políticos, fundamentalmente de índole nacionalista, y a exponerme la Doctrina Social de la Iglesia. Permanentemente llevaba consigo un libro con las encíclicas Populorum Progressio y Mater et Magistra. De él escucho por primera vez la expresión bien común”.


Pero ya en 1974, impulsado por su rechazo a las doctrinas “extrañas a la forma de vida del ser argentino”, ingresó a la Escuela de Inteligencia, decidido a combatir “a quienes me habían engañado, aquellos que hablando de nacionalismo y catolicismo ocultaban en su interior el socialismo ateo-marxista”. Como prueba de su conversión dijo haber creado un Comando Azul y Blanco en el Destacamento de Inteligencia 124 que reprimió a “la secta esotérica llamada los caballeros del agua y el fuego”, que “captaba menores, a quienes se les despojaba de sus valores religiosos”.


“Mi accionar, que interpreté como una cruzada, me llevó a operar en otras regiones como ser Capital Federal, Córdoba, Santiago del Estero, Rosario, Santa Fe y Asunción (P); permanentemente estuve vinculado con todas las actividades que se realizaban en el área de Inteligencia.”


“Dios es el único que puede juzgar mi conducta” dijo al rechazar la calificación el teniente 1º Ernesto Facundo Urien. El teniente Enrique Alberto Lugand se declaró identificado con la doctrina justicialista por ser “netamente nacional y cristiana”.


El capitán Mario Enrique Oscar Rossi puso a Bonamín como testigo de “mi profunda fe en Dios, mis convicciones religiosas, el amor a la Patria y la familia y por la misión del Ejército”. Agregó unas líneas confidenciales para el nuevo comandante del Ejército, Leopoldo Fortunato Galtieri, quien había sucedido a Viola cuando éste pasó a retiro para suceder a Videla en la presidencia. Rossi solicitaba seguir en actividad debido a “mi profunda fe en Dios y mi identificación total con la doctrina Católica, Apostólica, Romana. Considerar al hombre como criatura de Dios, dotado de razón y de voluntad, con un fin natural y otro trascendente”.


En una incursión sobre política y economía repitió las objeciones de la Doctrina Social de la Iglesia al liberalismo, que defiende los derechos individuales pero descuida el bien común, y al marxismo, que despoja de sus derechos y su propiedad a las personas y las sociedades intermedias.


También el capitán Carlos Alberto Berdaguer ofreció “al clero, castrense o no” como testigo de la convicción que puso para enfrentar a los enemigos de la Nación “para que su célula indiscutida sea la familia y para que en y desde ella padres e hijos procuren vivir su fe a la luz de la moral cristiana, en vez de verse obligados a obedecer ciegamente los mandatos de su majestad El Estado”.


El mayor Carlos Alberto Pombo expresó ser “católico, apostólico, romano practicante” y dijo que se identificaba con la doctrina justicialista “porque su esencia doctrinaria no es otra que la Doctrina Social de la Iglesia”.


Según el mayor Derlys Even Francisco Bitz, Bonamín le explicó que no habían querido “dejar ningún vestigio o raicillas” dentro del Ejército y esbozó la “teoría del círculo”: “Todos los que quedaron dentro de él fueron pasados a retiro; dentro de ese círculo estaban los que evidenciaban un perfil no querido por el Ejército para un oficial que podría comandar unidades o grandes unidades de la Fuerza en la década del ’90. Pudo haber habido inocentes dentro del círculo, pero ante la duda se los eliminó. ¿Qué es un hombre para el Ejército?”.


Bonamín también le dijo que no intervendría en el caso. Bitz, quien era amigo del obispo Devoto y cuyas relaciones políticas pasaron por el radicalismo, reclamó por el secreto con que se lo había investigado, sin derecho de defensa, que basó en la Constitución Nacional pero también en la encíclica Pacem in Terris. Dijo que la resolución se fundamentó como si el Ejército “fuera un Estado dentro del Estado o por sobre el Estado”. A su juicio, “las Fuerzas Armadas son parte integrante de la Nación y deben estar subordinadas al Poder Político en el marco de la Constitución Nacional”. Su “filosofía y sentir” deben ser el de toda la Nación. [...] Las Fuerzas Armadas no son “la última reserva moral de la Patria”.


Es ostensible la diferencia de su tono con el de las abyectas disculpas de la mayoría de sus camaradas. Vale la pena precisar que no escribió estas líneas en 1980 sino el 26 de agosto de 1983, a dos meses de las elecciones presidenciales.


Al concluir la dictadura varios de estos oficiales asesoraron a los bloques legislativos justicialista y radical o/y ocuparon cargos ejecutivos en las áreas de seguridad o defensa del gobierno nacional. Algunos (como Tibiletti, Colombo y Rossi) tuvieron un rol de gran valor en la sanción de las leyes de defensa nacional, seguridad interior e inteligencia nacional, que fijaron el marco legal para la subordinación castrense a la conducción civil y apartaron a las Fuerzas Armadas de las tareas policiales y parapoliciales que las habían hundido en la ignominia. Otros (como Sánchez Toranzo) rechazaron y denunciaron intentos de soborno cuando ocuparon cargos públicos. Varios (como González Chipont y García Moreno) fueron procesados por los crímenes de los que se jactaban entonces.


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