domingo, 14 de noviembre de 2010

EL AMOR PASADO POR AGUA


Por Juan Sasturain

Hay varios tipos de amor
en el mercado.
Está el amor adocenado que se
puede comprar. Viene crudo,
salvaje, pero frágil. Acepta
el manoseo, una franela
liviana pero
cuesta / dura / duele poco:
se partió y ya no hay cómo,
se acaba ahí:
pase el que sigue.

Hay un amor más duro, entero, liso
habitualmente hervido a fuego
lento y sin pasión, con poco gusto
por las novedades. Viene seguro
y te lo dan como quien pasa
una pelota perfecta. Está todo
bien y conservado
pero no sirve. Es el amor
fósil de los dinosaurios.

También hay un amor frito
–o dos–
que viene
para que te zambullas.
Hay un aceite apasionado que
lo suele arrebatar: si queda vivo,
estás salvado, pero se puede
morir en el intento. Es de
ocasión, no hay que dejarlo
que se enfríe. Además,
a la larga te patea.
También existen los amores revueltos,
incluso los batidos,
entreverados de pasiones, odios,
envidias, confusión de
gustos y de sentimientos. Son
amores más confusos que
complejos. Te llenan, pero
nadie quiere repetir.

Y hay finalmente un amor
pasado por agua, que tiene mala prensa:
tonto, infantil, un poco ingenuo.
Es el primer amor y es el amor
para empezar de nuevo. El agua
primordial apenas lo sostiene
lo justito para poder dejarlo solo
sin que se desparrame.

Yo paso y paseo mi amor por agua y por
el Río de la Plata: camino sobre el
agua, nadar sabe mi llama
como la de Quevedo.
Mi amor se ahoga por agua, se hunde
por Vallejo, traga amor
con la tan cursi de Alfonsina.

Ponele sal, que vengo
demasiado
dulce.


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