lunes, 12 de marzo de 2012

CRONICA DE UNA TARDE EN EL PRIMER JARDIN DE INFANTES DE LA VILLA 31 BIS


Esta semana los más chiquitos del asentamiento de Retiro empezaron las clases sin tener que caminar decenas de cuadras. Cómo es aprender en un lugar al que sólo se accede en bicicleta y que está rodeado de containers.
Por Soledad Lofredo
En la Villa 31 viven más de 30 mil personas, con servicios básicos de agua, electricidad y cloacas y sigue sin ser urbanizada. La 31 bis está a casi dos kilómetros de la estación Retiro, la llamada “parte de atrás”. Tiene los asentamientos más recientes y de menor calidad en los servicios, si es que los tienen. Allí viven 1.700 familias, casi 9.000 habitantes. Y está contenida, literalmente, por containers, esos que llegan de diferentes países al puerto de Buenos Aires. Allí también duermen personas que no tienen casa, y es donde más cantidad de gente consume y vende paco. No llegan medios de transporte. “Sólo te podés meter con la bici”, cuenta Javier Luzuriaga, director del único jardín de infantes que hay: Sueños Bajitos, un proyecto que comenzó a principios de 2011 con su construcción, gracias a la donación del terreno de uno de sus alumnos.Javier es docente de escuela primaria y trabaja en el barrio desde el ’92. Junto a un grupo de chicos que se acercaban para dar apoyo escolar y participaban de actividades como el Día del Niño, empezaron a trabajar, paralelamente, en comedores del barrio. Dos años después, pudieron construir un salón en lo que hoy es la planta baja del jardín. Allí, en octubre del año pasado, 20 chicos pudieron incluirse en el sistema educativo. “Pero se desbordó de pibes, de mamás que querían que sus hijos puedan aprender”, cuenta Javier. Con la ayuda de cien personas, pudieron construir un segundo piso con tres aulas para chicos de dos, tres y cuatro años. Graciela es la cocinera, encargada de darles tres comidas diarias a los 65 pibes que asisten todos los días. “Hoy comemos arroz con tuco”, cuenta, mientras todo el salón se cubre de llantos y mamás consolando a sus hijos.En la terraza juegan los nenes de tres. También hay lágrimas y madres, pero en menor cantidad. Algunos juegan solos con monopatines y triciclos; otros arrastran un carrito con dos compañeritos arriba; el castillo es el preferido de las nenas. Desde la terraza se ven edificios, Comodoro Py, las torres de Le Parc, maestros que van llegando cruzando las vías del ferrocarril con la bici. “No te vayas mamá, ¿¡te vas a ir?!”, reclama Alba con los ojos rojos. “Noooo, no me voy, me quedo acá”, dice su mamá, parada con la mochila-bolsita con nombre bordado. “¡Eeeeel tren azul!”, grita Álvaro, y se abalanza contra la reja que los proteje. También pasarán el rojo y el violeta. Los chiquitos se amontonan para saludar y gritar.Shirley es la maestra de esa sala de tres. Vive en la villa, a pocas cuadras del jardín. “El problema es que los papás son los que no se quieren desprender”, cuenta con resignación. “Ves a los nenes que se van integrando, y tienen que dejarlos en el aula, no entrar, no quedarse afuera, porque cuando el nene mira para afuera se acuerda y a veces prefiere irse con la mamá.” Sala de tres es jugar con plastilina, chiches y todo tipo de cositas de colores. “Hay más nenes en etapa de adaptación porque no tenían nada antes, por eso es mucho más difícil para ellos”, dice.Para las mamás de Alba y de Franco también es así. “El nene es re inteligente, pero no se puede adaptar. Recién el año pasado empezó a venir al jardín, tiene cuatro años”, cuenta la maestra. Todavía no puede dejar de llorar ni desprenderse de la mamá. “A mí no me da para que se quede ahí llorando. Si viene con su papá se queda tranquila, a mí sola me hace esto. Por eso no me puedo ir, me tengo que quedar acá”, cuenta la mamá de Alba. Shirley llama a los nenes, los convoca para hacer un trencito y bajar al aula. Ahora sí, todos contentos.Cuando ya no queda nadie en la terraza, Javier aprovecha el tiempo y cuelga las banderas. Argentina, Paraguay, Bolivia, pueblos originarios, unidos en ese espacio. El tren sigue pasando y llena todo de ruido. Se puede escuchar poco. “Ahora tenemos 67 chicos inscriptos, pero sólo vinieron 65”, asegura, mientras cuenta con preocupación que el tema de las inscripciones es un problema mayor. “Se desviven por una vacante, y nosotros no tenemos lugar. En una sala no pueden entrar más de 20 chicos, las maestras tampoco alcanzan a cubrir esas necesidades.” Pero las ideas no tardaron en aparecer. “El año pasado comenzamos a visitar las casas. Nosotros tenemos 20 voluntarios que vienen martes, jueves y sábado a dictar talleres, alfabetización para adultos, arte, recreación y juegos. Entonces, también aprovechamos para visitar a todas las familias que se habían inscripto, priorizando a las mamás de las manzanas de alrededor, madres solteras, papás sin trabajo. Eso está bueno, porque dentro de todo lo malo que es decirles que no a algunos, a los que les dijimos que sí sabemos que tienen una necesidad muy concreta y no la van a desaprovechar.” Las mamás pusieron manos a la obra y lograron confeccionar guardapolvos y bolsitos para los nenes. “Tratamos de no regalarle todo directamente, pero tampoco que no puedan conseguirlo”, cuenta el director. “Sí, nos propusimos que la escuela sea gratuita para siempre. Y estamos en tratativas para que nos den el subsidio para el comedor.”
Problemas.
¿Cuál es el problema más grande en la 31? “La droga, la inseguridad. Hay chicos a los que los tienen encerrados todo el día, y si están en la calle sin sus papás es un problema”, dice. El 90% de los padres son de Paraguay y Bolivia. El problema de la falta de papeles afecta directamente al momento de la inscripción. “Las mamás son personas que laburan todo el día y eso hacía que los chicos estén solos mucho tiempo. Poder haber ayudado a esos pibes es una de las cosas más lindas del jardín. Pero a la vez todos los días vienen entre tres y cinco personas a pedir una vacante, porque acertamos instalándolo acá. El jardín más cerca queda a 30 cuadras”, afirma. “Y sin el jardín, el pibe entra a colegios con mucha desventaja porque no sabe leer, no sabe cosas básicas, y eso se refleja enseguida; por eso hay mucha repitencia, eso es lo que de alguna manera te va excluyendo.”La integración debe ser para todos. Javier cuenta que hay papás que participan, y papás que no. “El año pasado hicimos un taller con las mamás, Manos a la obra, en donde cada una traía un plato clásico de su país y región, y le enseñaba a las otras mamás. Fue una muy linda experiencia. Con toda las familias también hacemos días de paseo, ahí pudimos por fin generar un vínculo, y esas cosas son las que ayudan mucho.” Más que nada a Tami, a quien, el año pasado, le mataron al papá en la puerta del jardín. Ella sola lo cuenta. Y se abraza sin soltar a su maestra.Para lograr la construcción del jardín, Javier consiguió asociar gente al proyecto. Con una cuota mensual de 50 y 100 pesos, también logran pagar la comida y el sueldo de las cocineras. “Este año estamos haciendo agua porque el año pasado eran 20 chicos, ahora son casi 70. Lo que más necesitamos es comida o socios. Algunas personas del barrio nos ayudan también, pero generalmente son nuestros tíos, primos y amigos los que siempre están.”
El desayuno.
Veinte nenes de cuatro años, sentados alrededor de una mesita, cantan a destiempo Apo el indiecito va tocando su tambor. “¿Quién me ayuda a repartir los vasos?”, pregunta Laura, una de las maestras. Y León sube la mano altísimo, y es el elegido. Además, ayudará a repartir una galletita de vainilla y una de chocolate para cada compañero. Matías, el profe de música, aprovecha para presentarse y ayuda también con el desayuno. Todos en su lugar están sentaditos, sin llorar. Esto, algo tan básico, también es parte de su educación.Minutos más tarde, demuestran que su imaginación no tiene límites. La maestra se sienta con un libro de cuentos de monos. Les muestra a los chicos la primer página: bananas y más monos. “En mi casa hay un monstruo”, dice uno. “Y en mi casa hay fantasmas”, dice otra, tratando de iniciar una competencia. “Pero el monstruo no vive abajo de mi cama, vive en otra habitación, mi abuela se lo va a comer hoy”, cuenta el nene. “Cuando yo era chiquitita y estábamos en Paraguay, en mi casa de allá también había fantasmas, y ahora se vinieron con nosotros para mi casa de acá.” Ninguno de los chiquitos sale de su asombro.Maru es la coordinadora pedagógica, y se encarga de hablar con los papás y con los más chiquitos cuando hay algún problema. Algunas mamás, al ver que sus hijos no paran de llorar, se los llevan a sus casas. “Con algunas salas somos más comprensivos que con otras. Es intentar de a poco dar la constancia del horario. A los padres les cuesta aceptar el tema de la institución y sus reglas y normas, más que nada porque ellos no las conocen”, cuenta. “Hay horarios que tienen que respetar, y ellos no los tienen incorporados. Lo educativo está en esto, tenemos que poner cara de perro, cuesta, pero tenemos que hacerlo por el bien de los chicos”, afirma. Ella trabajó siempre en colegios privados, pero remarca que la única diferencia que hay entre los chicos es esa. “Cuando recién abríamos el jardín, yo, para los chicos era como la cuidadora, y para los papás también. Caprichos, juegos, son los mismos en cualquier contexto social.” Para ella, trabajar en una escuela pública es un compromiso social, es un extra de enseñar. “Es devolver lo que me dieron con la educación a la que pude acceder.”Arrancar el año en octubre del año pasado fue raro, tanto para los chicos como para los maestros. “Nos sirvió porque fue un aprendizaje de todos –remarca– y más para mí, que nunca había venido, no conocía a nadie, pero me adapté enseguida.” “¿Está bien mi hijo, ¿no?”, pregunta una mamá que pasa cada media hora por la puerta del jardín. “Siiiii, no te preocupes, que cualquier cosa te llamamos”, le contesta Maru. Es cierto: cuando un nene llora mucho, llaman a la mamá para que se quede un rato con él y pueda continuar la adaptación.El día termina. Luna se va primero, repartiendo de esos besos que dejan los cachetes llenos de galletitas y azúcar. Y sale de la mano con su mamá, sonrisa enorme mediante, gritando “¡Hasta mañanaaaa!”.

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