lunes, 26 de marzo de 2012

SEGUIDORES DEL REY MOMO


Los murgueros protagonizan el color y la alegría de la fiesta más pagana del calendario. Cómo se entrenan y por qué se suman a los grupos. Un día en la vida de Zarabanda.
Por Leandro Filozof
Diez personas se reúnen en la plazoleta de Vélez Sarsfield y avenida Caseros pero, salvo por unos bombos en el piso, es difícil adivinar que se trata de la murga Zarabanda Arrabalera, del barrio Parque Patricios. Una de las 120 que animarán los 35 corsos de la ciudad.El calor es agobiante, hay poca sombra en la plaza y Karina, que está pintando las caras de algunos chicos, advierte que tengan cuidado de que no se les corra la pintura. A un costado, Angélica, que casi siempre acompaña a la murga como “fantasía” –llevan las banderas, muñecos y otros elementos–, este año va a estar mirando desde afuera, por problemas de salud. “Empecé la murga cuando pasaba un momento depresivo y me ayudó muchísimo a levantar el espíritu”, dice.De a poco, se suma más gente –literalmente– al baile. Dos muchachos ensayan algunos pasos. A media cuadra de distancia, se escucha una guitarra y unos repiques que acompañan algunas voces. Uno de los que llega es Gastón, encargado del escenario de la murga e hijo de Angélica: “Nos gusta pensar el laburo que hacemos con la música como si fuera una pintura, generando matices. Nos gusta hacer arreglo de voces”, cuenta, mientras los demás tocan un candombe uruguayo. El corso no empezó, pero la plazoleta cobra vida. Julián deja la guitarra por unos minutos y cuenta que “Zarabanda es especial, somos sesenta y formamos prácticamente una familia. La murga es también una excusa para juntarnos, lleva a esa amistad de ir a comer asados, jugar a la pelota, hacer fiestas de cumpleaños. Pero para mí fue un espacio para llegar a la música, gracias a la murga estudio música”.Muchos de los integrantes provienen de otra agrupación, Fileteando. Entre ellos, Jorge, encargado de baile de los varones, que ahora arregla detalles de su traje, y Salomé, responsable de baile de las mujeres, que termina de pintarse sentada en un banco. “En la murga estoy con mi hija, que baila desde la panza. Un corso salí embarazada, al otro con ella a upa, al siguiente con ella caminando y ahora, que está por cumplir siete años, ya baila sola –relata Salomé–. El baile es mi cable a tierra y la manera de expresarme”. Un micro con otra murga pasa por Vélez Sarsfield, la hija de Salomé pega un grito de alegría.“A mí no me gustaban los corsos –confiesa Jorge–, pasaba los carnavales en mi casa. Pero un día entré, y le empecé a tomar gustito. Es ocupar la cabeza en otra cosa, olvidarse del laburo. Acá hablamos sólo de la murga”.–¿Qué opinan de las quejas por los cortes de calles y el “ruido”?–Estaría bueno que se investigue un poco la función de la murga. No es sólo juntarse a hacer “ruido”, hay trabajo social, ayudamos a comedores, a chicos que estuvieron en la droga o en la calle y van saliendo.Martín, director de la murga, explica lo que significa el carnaval para un murguero: “Es el pedazo de almanaque propio, cuando la calle se hace de uno. Si bien laburamos durante el año, en el teatro y en otros espacios, febrero es el momento en que la ciudad se vuelve escenario”.Dos micros escolares, anaranjados, los llevarán al primer corso, en Independencia y San José. “La organización del carnaval es del Gobierno de la Ciudad –cuenta Gabriel, que representa a Zarabanda en las reuniones de la Agrupación M.U.R.G.A.S.–, pero no lo publicita, por eso reclamamos que se haga cargo de darle publicidad”.Muchos se calzan los pantalones de la murga, aunque por la temperatura esperan hasta último momento para vestir el atuendo completo. El negro, que predomina en los trajes, junto al blanco, violeta y turquesa –colores que identifican a Zarabanda– empieza a decorar el interior de los micros. El “Caqui”, Ezequiel, está subiendo: “Me sumé hace un año, por cómo es la gente. Es el abrazo que hace olvidar situaciones de la vida diaria, hay un amor diferente”. Arriba del micro, en las pocas cuadras de recorrido, los bombos se hacen escuchar: “Otra vez estamos en carnaval, una vez más”, deja paso a otra canción de aliento: “Dale dale Zarabanda”.Leandro se ubica en los primeros asientos, estuvo a cargo del escenario el año pasado: “La ansiedad empieza una semana antes. La espera del carnaval, del primer fin de semana, se vive con muchas ganas”, admite, y agrega: “Es un lugar que comparto con mi familia. En mi caso, me sacó de una situación mala, me sacó de la calle”. La pareja y la hija de Leandro están sentadas a su lado. Alguien grita que todos terminen de cambiarse y arreglarse, porque al bajar no va a haber tiempo. El calor es insoportable, pero ninguno se queja y visten sus trajes y galeras con orgullo.Mientras la murga de Monserrat termina su pasada, van tomando posición. Una bandera seguida por dos fantasías encabeza las columnas de bailarines, hombres y mujeres, que luego dan lugar a los bombos. Al ritmo de los tambores, los murgueros bailan, avanzan y contagian al público. Sus movimientos tienen fuerza y acaparan la atención de quienes se acercan a la valla. Cuando llegan al centro del corso, se presentan en el escenario. Interpretan las canciones, entonan con un dejo tanguero y ganan aplausos. Abajo, los que bailan gastan las fuerzas que les quedan y empapan sus trajes. Pitu mueve la cabeza y se niega a levantarse. Probablemente, como muchos, tiene las piernas cansadas y su cuerpo reclama agua y oxígeno. Pero se esfuerza y sigue bailando con soltura, como si recién hubiese empezado.Una muestra por turnos de los bailarines y una demostración de bombos cierran un espectáculo muy bien armado. Agotados, salen por el otro lado del corso, pero saben que todavía tienen dos barrios más para alegrar. Mientras se alejan, estampado en la remera de algunos de los Zarabanda se lee: “El don divino de ser murguero y ser argentino”

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