jueves, 29 de marzo de 2012

"MIS PERSONAJES, ANTES QUE NADA , SON UNOS ATORRANTES Y UNOS CINICOS"


Acaba de llegar a las librerías su primera novela, “Cartas marcadas”, en la que vuelven los protagonistas de sus “Crónicas del Angel Gris”.
Por Julieta Roffo
La voz es lo primero que se le adivina. De las entrañas de una casa ubicada donde Belgrano se convierte en Núñez, surge primero la voz del escritor Alejandro Dolina y detrás viene el resto. Tal vez que su ciclo “La venganza será terrible” protagonice las medianoches radiales desde hace décadas, vuelva a su voz un signo inequívoco de su presencia, o quizás sea el ritmo, un poco cuidadoso, un poco espontáneo, nada casual, con que habla. Entre sus paredes, las camisas y los sacos con los que Dolina suele presentarse ante su público le dejan lugar a la ropa deportiva. Esa “informalidad hogareña” –varias bibliotecas que rebalsan, equipos de sonido y el piano que tantas veces sonó en el dial– , sin embargo, será la única que el escritor, músico y conductor se permita: atento a que no falte agua en ningún vaso, atento a tratar de usted, atento, sin perder eso que, dice él, tienen los escritores: “Son decidores”.Hace una semana y media que Cartas marcadas, la primera novela de Dolina, puebla las vidrieras de las librerías y los rankings de ventas. La editorial Planeta ya encargó una segunda edición, luego de una primera de 30 mil ejemplares. Allí, los Hombres Sensibles de Flores, esos compadritos que el autor incluyó en Crónicas del Ángel Gris, de 1988, se cruzarán con historias nacidas hace dos o tres siglos en Francia y en Inglaterra.-¿Cómo fue el proceso de, por primera vez, publicar una novela? -Es mucho más trabajo, y muy diferente al de siempre. Además existe un peligro latente en un trabajo de largo aliento con muchas conexiones: si falló alguna, se caen todas. Uno está sujeto a descubrir algo que no había calculado, y puede ocurrir al quinto año. Las novelas más que largas, deben ser gruesas, compuestas por una pluralidad de elementos, por un grosor de estructuras. Una dificultad propia es que yo creo que es imposible escribir 500 páginas. Si uno dice “Tenés que escribir dos páginas para mañana”, sabés que algún día lo terminarás. Pero a la vuelta de esta carilla siempre hay otra, es un proceso enloquecedor. -¿De dónde surgieron las ganas de contar esta historia? -Algunos de los personajes de mis libros anteriores –son Manuel Mandeb, Jorge Allen y el ruso Salzman, los Hombres Sensible de Flores– tenían algo de novela incompleta: se escribían algunas partes, se abandonaban. Pero había algo peor: la gente no los conocía tal como eran, y hasta los amaba por las cosas que yo más detestaba de ellos. Eran personajes de un escritor que ya no soy. Se había construido una especie de mitología de nostalgia y de sentimentalismo. Entonces quise mostrar que antes que nada eran unos atorrantes, y eran unos cínicos que no creían en nada. Y apareció un personaje que es mejor que ellos, el personaje central de la novela: el viejo Ferenzky, a quien yo me parezco más, aunque también tenga cosas de los Hombres Sensibles. Y ese viejo, que es más cruel y que en sueños los ve a los tres como una misma persona, los mira como los miro yo. Se me siguen ocurriendo historias sobre esos personajes, pero la novela los lleva hacia el fin, ni siquiera Allen levanta minas. Creo que al final, cuando cantan juntos y se ríen, comprenden que ese es el tamaño de su alegría.-¿Cuáles fueron sus estrategias en Cartas marcadas? Usé elementos de construcción “divertidos”, pero que son un recurso literario muy bueno. Uno es la creación del personaje Boceto. Se me ocurrió leyendo a Roland Barthes. Él ponía: “Dar idea de lo poco importante que es este asunto, etc”. Entonces se me ocurrió que sería buenísimo si un tipo hablara como dándose instrucciones, armando un borrador de su propio discurso. Otro personaje que apela a un recurso literario es el director teatral Enrique Argenti, que cada vez que aparece el texto se escribe con el formato de obra de teatro. Incluso los tipos que conspiran contra la novela, que roban capítulos, los agregan o los falsifican, añaden un material a la historia que de otra manera la ablandaría. Son cosas que pueden generar humor pero que construyen la estructura de la novela, y multiplican las herramientas.-Entre sus actividades, la radio, a veces televisión, como músico, ¿cómo le sienta el rol de escritor? -Es para el que estoy más calificado. Y no me venga con la radio. Recibo muchas alegrías por eso, pero eso es un juego de niños al lado de escribir. Escribir es un trabajo en serio. Lo otro es sentarse, agarrar un diario y decir: “¿Qué pasó? Hay un puma, qué gracioso, ja ja”. Escribir contiene sobre todo numerosísimas noches de perplejidad. Entonces me llevo bien con el rol de escritor porque respeto más esa destreza, si es que alguna tuviere, que las otras,que mis tías suponen tengo. Yo soy un poeta mediocre, un artista de segundo orden, lo que quiera se lo admito: póngame dos estrellitas y está bien. Pero sí soy un poeta y un artista, porque así me siento al escribir, al pensar la situación humana. Y en el medio, claro que jodemos con el mero chiste. ¿Y sabe por qué? Porque ese es el tamaño de nuestra alegría.

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