jueves, 27 de mayo de 2010

DERECHOS HUMANOS


Por Jorge Cicutin.


"Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos.”

“Nadie estará sometido a esclavitud ni a servidumbre.”

“Todos son iguales ante la ley.”

“Toda persona tiene derecho a la educación.”

“Nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes.”

¿Usted está en contra de algunos de estos puntos?

¿Cree que deben ser borrados de la Constitución nacional?

Todos son artículos incluidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Fueron aprobados por la Asamblea General de las Naciones Unidas en diciembre de 1948. Nacieron, en gran parte, como reacción ante las atrocidades sufridas por millones de seres humanos en la Segunda Guerra Mundial.

“¡Basta de derechos humanos para los delincuentes!”

“¿Y los derechos humanos de las víctimas?”

Estas frases son repetidas por muchos ante cada hecho de violencia, ante un asesinato, una violación. Algunos son familiares de víctimas de un delito; otros, vecinos indignados; otros, periodistas u opinadores con pantalla; otras, estrellas con rating. Algunos pueden decirlo sin pensarlo, con dolor, torturados por la angustia. Otros lo pensaron. Saben bien qué significa lo que dicen.

A estos últimos no vale la pena invitarlos a reflexionar. Un nazi no cree que deban existir derechos humanos universales, para él no todas las personas nacen “libres e iguales en dignidad y derechos”. Un judío, por ejemplo, no los tiene. Para un fascista, la condición de origen o una elección sexual basta para encarcelar, torturar o matar a un ser humano sin derecho a juicio o defensa legal alguna.
No. Estas líneas no van dirigidas a ellos.

Sí es una invitación a pensar para aquellos que repiten indignados frases que, quizá, no proclamarían si las analizaran por un par de minutos.

¿Qué son los derechos humanos? Aquellos que tiene cualquier ser humano de vivir en un estado de derecho. A que la ley se aplique con él por el solo hecho de ser humano, sin distinción de sexo, raza, religión, partido político o condición social o económica.

Los tiene la víctima de un delito. Los tiene quien lo comete. Ambos son humanos.

La vigencia de la Declaración Universal de los Derechos Humanos no puede impedir que se cometa un delito. Que alguien decida robar, estafar o matar.

Pero la vigencia de los derechos humanos tampoco impide que el autor del delito sea capturado, juzgado y condenado según la ley.

Si algo impide esto último es la ineficiencia o corrupción policial, política y judicial. ¿Qué tiene que ver esto con los derechos humanos? ¿Qué tiene que ver eso con que a un sospechoso no se lo pueda torturar, encarcelar sin abogado defensor o matarlo brutalmente?

Una personalidad muy mediática señaló en un acto en reclamo de seguridad que era hora de que “los derechos humanos se apliquen a la gente de buena voluntad”. ¿Alguien que tiene mala voluntad no los merece entonces? ¿Alguien que libró un cheque sin fondo, muestra evidente de mala voluntad, debe ser encarcelado, picaneado, violado y ahorcado?

No tuvo buena voluntad. No aplica para los derechos humanos.

¿Quién cree que en los lugares donde no se respeta la Declaración Universal de Derechos Humanos dejaron de robar y asesinar?

Un ejemplo reciente. Una nena de trece años fue violada por tres hombres en el sur de Somalia. Un tribunal la juzgó por adúltera y la encontró culpable. Y la castigaron. La enterraron hasta el pecho en medio de una cancha de fútbol. Decenas de hombres la apedrearon hasta la muerte. La nena se llamaba Aisha Duhulow y la foto del ajusticiamiento se puede encontrar en Internet.
Para la ley tribal era una delincuente. No hubo con ella derechos humanos.

No hay que cruzar el océano e irse tan lejos. Aquí, en la Argentina, uno se puede encontrar con un vecino que clama por la pena de muerte. Que imagine a un “villerito” de trece años que robó o mató, asesinado por el Estado. Que crea que eso es justicia. “Y que ahora no vengan esos de los derechos humanos a salvarlo...”

La seguridad es un derecho. El Estado tiene la obligación de brindarla. Pero muchos parecen creer que ese derecho sólo se puede conseguir violando los derechos de los otros. Que a la violación de la ley se debe responder violando la ley.

La vigencia de los derechos humanos significa vivir bajo el imperio de la ley. Y si alguien la viola, la propia legislación contempla la pena a cumplir. Es simple. Es sencillo.

¿Cómo tendría que hacer el Estado para decidir qué persona es “buena” o “mala” y merece aplicarse en ella los derechos humanos? ¿Torturando al sospechoso hasta que confiese? Puede ser, es una práctica muy antigua, a la Inquisición le parecía una muy buena idea.

Gracias por aguantar tanta bronca acumulada trasladada al papel. Si a uno solo de los lectores le sirvió todo lo anterior para pensar un poco antes de despotricar contra los derechos humanos, me habré ganado el sueldo del mes.

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