miércoles, 19 de mayo de 2010

RADIOGRAFÍA DEL ANTISEMITISMO EN LA ARGENTINA


Una radiografía del antisemitismo en la Argentina de hoy nos obliga a reflexionar sobre las circunstancias que atravesaron la historia de la judeofobia en nuestro país durante el último siglo.


Por sergio Szpolslki.


Si bien es cierto que la sociedad argentina nunca mostró síntomas alarmantes de discriminación hacia los judíos en las clases medias y populares, resulta innegable que la oligarquía terrateniente primero y capitalina después despreció la participación de los judíos en sectores clave de la conducción del Estado argentino como las Fuerzas Armadas, la Cancillería, el Poder Judicial y las cámaras empresariales de los sectores ligados a la concentración. Durante años fue difícil para un judío llevar adelante una carrera judicial, diplomática o militar. No resulta casualidad que la Argentina de los privilegios siempre sustentó su poder en estas tres instituciones y fue allí donde el antisemitismo velado jugó un papel preponderante.

Mientras esto sucedía, en los sectores medios y populares la integración de los judíos fluyó con más naturalidad que planificación y de este modo vemos cómo destacados miembros de la comunidad hicieron carrera en los ámbitos universitarios, académicos, comerciales y hasta políticos.
El antisemitismo fue durante décadas patrimonio exclusivo de las clases dominantes. Allí se reclutaban los miembros de Tacuara, de Tradición, Familia y Propiedad, los círculos cercanos a la revista Cabildo y los personeros de las organizaciones de la derecha más reaccionaria. Por lo general, estos grupos contaron siempre con el apoyo de un importante sector de la Iglesia Católica preconciliar que hasta muy avanzado el siglo XX, primero, se negó a reconocer los avances del Concilio Vaticano II, y luego, la inspiradora labor del papa Juan Pablo II.

Lo novedoso en la Argentina actual es el reverdecer de un antisemitismo clásico en sectores que dicen oponerse a las clases dominantes y que desde el discurso, y sólo desde el discurso, dicen defender los ideales de una sociedad progresista e integrada.

Algunos de los movimientos sociales que vieron la luz pública en 2001, aunque su trabajo militante y genuinamente comprometido con los intereses de los que menos tienen vienen desde mucho antes, están transformándose en los últimos dos años en receptáculos de conceptos antisemitas que harían empalidecer a los oligarcas del siglo pasado.

Vicente Massot, el propietario del diario La Nueva Provincia, resultó ser un pichón de paloma si se lo compara con lo que algunos líderes de los movimientos sociales fueron capaces de decir y hacer en las últimas semanas.

Hagamos un repaso de los hechos inéditos por su configuración sociológica que acontecieron en estos días:

1. Pintadas antisemitas en diferentes puntos de la ciudad, realizadas a la luz del día y frente a las cámaras de televisión sin que importara en absoluto lo público y diáfano del delito. Hasta ahora las pintadas eran fruto del fragor de una labor trasnochada, pues la sociedad castigaba con su repudio estas actitudes.

2. Una manifestación antisemita en la puerta de un hotel céntrico, propiedad de un empresario judío, al que se insultó por su carácter de tal y por su apoyo económico a las instituciones judías y a emprendimientos religiosos en el Estado de Israel. La manifestación no fue genérica sino específica contra ese empresario distinguiéndolo del resto de los ciudadanos en una actitud que recuerda los primeros actos de discriminación producidos por las SA hitlerianas durante la República de Weimar.

3. Pintadas antisemitas identificando hogares de ciudadanos judíos con consignas tales como “Aquí viven judíos”.

4. Una manifestación antisemita frente a la sede de la AMIA con carteles y pancartas que mezclaban la estrella de David con la cruz esvástica y leyendas tales como “judíos asesinos”. Una concentración similar, a plena luz del día y frente a la sede de una institución judía, no había ocurrido nunca. Es la primera en la historia desde la llegada de los primeros judíos a nuestra tierra.

5. Declaraciones de la más alta autoridad en materia de discriminación de la República, la titular del Inadi, María José Lubertino, justificando estos ataques a la luz de las acciones del gobierno de Israel en los territorios de la Autonomía Palestina en la Franja de Gaza.

6. Declaraciones de Luis D’Elía, uno de los líderes más importantes de los movimientos sociales a los que hacíamos referencia anteriormente, pidiéndoles a los judíos que le exijan explicaciones a “su gobierno” sobre lo acontecido en Gaza. Nunca antes un dirigente de este nivel había considerado a los judíos argentinos como ciudadanos de segunda que no reconocen en el gobierno argentino a su gobierno sino que responden a las consignas de un gobierno extranjero.

7. Un diputado por la Capital Federal amagó con presentar un proyecto de ley que le quitara la ciudadanía a aquellos compatriotas que hubieran servido como soldados en ejércitos de otros países, en obvia referencia a los argentinos que sirven en el ejército de defensa de Israel. Al respecto, vale la pena recordar que la última vez que un judío fue privado de su ciudadanía argentina se trató de Jacobo Timerman, que al ser expulsado del país por la dictadura también fue declarado apátrida.


Cada uno de estos hechos, en forma aislada, podrían ser fruto de la casualidad, pero todos ellos ocurridos en una misma semana son un síntoma de mucha gravedad. El síntoma está claro, pero la enfermedad es todavía confusa para algunos comunicadores sociales, dirigentes políticos y funcionarios públicos.

Los síntomas descriptos corresponden a un mal conocido como antisemitismo y son el reflejo de una nueva patología conocida como antisionismo. Para algunos lo primero sería inadmisible, mientras que lo segundo no guardaría ninguna situación de peligro pues se trata de un conflicto que ocurre muy lejos de las fronteras argentinas.

A decir verdad, la enfermedad es una sola pero intenta camuflarse para pasar inadvertida. En definitiva, el antisionismo es el nuevo nombre del antisemitismo. Antisionismo no debe entenderse como la crítica a esta o a aquella medida del gobierno israelí, eso es tan sólo una opinión fundada sobre política internacional. El antisionismo es la negación del derecho que tiene el pueblo judío a constituir su soberanía política en la forma de un Estado que el mundo conoce como Estado de Israel. En otras palabras no es antisionista el que condena a Israel por los ataques a Gaza, es antisionista el que pretende la destrucción del Estado judío y su desaparición como entidad política. Es por ello que quien desde el antisionismo pretende la desaparición del Estado judío con todo lo que ello implica para los seis millones de judíos que lo habitan, no está queriendo sino la persecución del pueblo judío, lo que desde los anales de la historia se corresponde con la definición de antisemitismo.

Las banderas del Hezbollah y del Hamas –dos organizaciones terroristas que contienen en su carta fundacional como punto central la destrucción del Estado hebreo, es decir el antisionismo– tal como se las vio en las marchas que circularon por Buenos Aires mezcladas con la figura de la cruz esvástica –el mayor símbolo del antisemitismo moderno– no hacen más que graficar que tras las consignas del antisionismo se esconden los propósitos del antisemitismo.

Algunos dirigentes de los movimientos sociales deberían recordar que fue Eva Perón, en un discurso pronunciado en 1947, la primera dirigente latinoamericana en reconocer al sionismo como el Movimiento de Liberación Nacional del pueblo judío, comparándolo con el Movimiento Nacional Justicialista. También deberían recordar que Juan Perón fue el primer presidente latinoamericano en reconocer al Estado judío. Y algo más: deberían recordar que todavía es posible encontrar hoy en algún kibutz las frazadas que envió la Fundación Eva Perón, en 1948, como parte de un cargamento de ayuda humanitaria para el naciente Estado hebreo.

Todo ello prueba el fuerte apoyo doctrinario que el peronismo original le dio al sionismo, sin contar que la Constitución promulgada en 1949 incluyó la primera condena legal en la Argentina a la discriminación racial y religiosa. Ese mismo año, Eva Perón pronunció un discurso en el que afirmaba que quienes propiciaban el antisemitismo en la Argentina eran “los nefastos representantes de la oligarquía”.

Asimismo, cuando el primer presidente del Estado judío, Jaim Weizman, visitó nuestro país en 1951, fue recibido con honores y le obsequió una Biblia antigua a Perón como muestra de la amistad entre el movimiento sionista y el movimiento justicialista.

Los dirigentes de los movimientos sociales a los que nos referimos deberían buscar en otro lado y no en el peronismo la distinción que pretenden hacer entre antisionismo y antisemitismo. Esta distinción no existe en el pensamiento de las corrientes populares y mayoritarias de la Argentina.
Un país en el que la agresión del Hezbollah, según probó la Corte Suprema de Justicia, se cobró la vida de decenas de compatriotas en el atentado contra la embajada de Israel en Buenos Aires, constituyendo el más sangriento “pogrom” (persecución a los judíos) producido en el mundo después de la barbarie nazi.

Criticar al gobierno de Israel no convierte a nadie en antisemita, pero marchar con los símbolos del nazismo y el Hezbollah a la cabeza hace de cualquier ciudadano, por más “progre” que sea, un aliado de los herederos de Hitler.


*Cursó sus estudios de Sociología en la UBA. Es master en Filosofía del Jewis Theological
Seminary de Nueva York y cursó estudios de posgrado en “Educación y religiones comparadas” en el Programa Jerusalem Fellows de la Universidad Hebrea de Jerusalén

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