miércoles, 19 de mayo de 2010

NO TAN BLANCAS PALOMITAS


La escuela ocupa el cuarto puesto entre los lugares que más discriminan. En el último año las denuncias aumentaron un 40 por ciento. Los más afectados son los hijos de inmigrantes latinoamericanos. El análisis que hacen los maestros de un tema álgido.


Por Pablo Sigal

A mi hijo le pegaron cuatro compañeros del colegio porque es boliviano. Y cuando fui a protestar, me agredió la madre de uno de los chicos por eso mismo”, relata una mujer morocha y de baja estatura. A su lado, otra cuenta que a su hijo lo maltratan y agreden por ser peruano y agrega que el colegio no hizo nada para evitar esa situación. Apenas una muestra de las denuncias que recibió durante todo el año el Inadi (Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo). En 2008 la escuela ocupó el cuarto lugar en el ranking de denuncias por discriminación, detrás del trabajo, los ámbitos privados (por ejemplo, clubes) y los comerciales. Entre los afectados, el grupo de migrantes también ocupa el cuarto lugar. Lejos de ser aquel lugar de inclusión que soñaron los pioneros –y que llevó al yrigoyenismo a implantar la obligatoriedad del uso del guardapolvo blanco–, hoy la escuela sostiene, emulando a la Mafalda de Quino, que “hay algunos más iguales que otros”.

La institución escolar parece ser un arma de doble filo: si bien la tolerancia, el respeto por el otro y la convivencia son parte del currículum escolar que pretende transmitir conocimiento, conductas y valores socialmente aceptados, también existe el llamado “currículum oculto”, que alude a lo que se transmite de forma indirecta en los implícitos, en los modos jerárquicos, autoritarios, competitivos, de valores, conductas y creencias poco deseables.

Lo dice claramente Norma, maestra del distrito Nº 20: “El discurso de trabajar en y con la diversidad es políticamente correcto pero vacío de acciones. La discriminación al inmigrante está institucionalizada; por ejemplo, cuando un niño inmigrante ingresa a una escuela, no se respeta su acreditación de otro país. Generalmente se lo somete a una evaluación para saber a qué grado corresponde ingresarlo. ¿Cómo se prepara esa evaluación? En los casos que presencié, la dirección de la escuela o el maestro toma una evaluación pensada para un chico que ha cursado su escolaridad con el currículum nuestro, no hay entrevista previa para recuperar los saberes del niño y que le permita al maestro saber desde dónde va a construir esa evaluación. O sea, se evalúa a un chico argentino”.

Es habitual hablar de discriminación por “portación de rostro”: tez morocha, rasgos aborígenes y ojos rasgados parecen ser las principales razones para ser discriminado. Pero aunque ese sea el primer factor para sufrir la burla o la indiferencia de los compañeros, también resulta importante el habla, o la forma del habla, que históricamente ha sido un pretexto de diferenciación social. En nuestro país parece que ese español diferente al rioplatense provoca irritación.

Los dominicanos residentes en la Argentina, por ejemplo, no suelen pronunciar la eses, y muchas veces transforman las erres en eles: “e’ de lo peol”. Es una creencia popular que hay formas correctas e incorrectas del habla y, por lo tanto, que un idioma tiene mejores variantes que otras. Martín Menéndez, profesor de Lingüística en las universidades de Buenos Aires y Mar del Plata, afirma enfáticamente que “no hay lenguas mejores que otras. Desde los diferentes puntos de vista que se puedan adoptar para su descripción y análisis, no se puede aceptar esa afirmación. Si consideramos su complejidad formal o su posibilidad de conformar una cultura, las lenguas presentan simplemente diferencias”. Y aclara que “la forma de hablar nunca aparece sola: está ligada a factores educativos, sociales, de poder y a la edad, entre otros. Se suele decir que determinados sectores sociales, sin acceso a la educación y con bajo nivel de ingresos, ‘hablan mal’; pero ese mismo ‘hablar mal’ en sectores sociales con acceso a la educación, mayores ingresos y mayor poder, deja de ser motivo para discriminar. La discriminación nunca toma un solo factor”.

María, maestra en una escuela de San Cristóbal, cuenta una charla que tuvo con una directora de Mataderos que resulta ilustrativa: “Me decía que estaba un poco cansada de todos los chicos que venían de Perú y de Bolivia, que hablaban diferente, que no se les entendía, que en realidad hablan otro idioma y además son muchísimos más lentos, tanto en el habla como en lo cognitivo, por lo que hay que tener muchísima paciencia para trabajar con ellos”.

En la escuela se discrimina, no hay duda. Una sociedad que mantiene prejuicios contra grupos sociales de características diferentes, como gays, travestis, discapacitados o inmigrantes, inevitablemente los reproduce en el ámbito escolar. El problema es cómo trabajar esos prejuicios y con quiénes.

Mario, docente que ha trabajado en villas, opina que es un problema social que nos abarca a todos: “Somos un pueblo profundamente discriminador y racista. Chicos de la villa tratan de ‘negros’ a los que tienen la piel un poco más oscura, y paraguayos, peruanos y bolivianos, en ese orden, son menos que los argentinos. Si hay un robo se sospecha primero de estas colectividades”. Al respecto Norma destaca la necesidad de “desenmascarar ese concepto de la diversidad, tan progresista, pero tan abstracto. Hay que empezar a preguntar qué acciones se realizan concretamente en las escuelas, qué articulación o estudio de currícula da herramientas a los docentes para cambiar la forma de ingresar a esos chicos y, por supuesto, de etiquetarlos”.
La problemática de la discriminación es compleja y su solución conlleva una fuerte intervención del Estado que, es obvio, supera el rol y el poder de la escuela. Pero la escuela, con las herramientas que tiene, debe intervenir para discutir sus propias representaciones del “otro”, sus prejuicios y vacilaciones con los alumnos, los padres y los propios docentes.

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