lunes, 24 de mayo de 2010

¿LA EDUCACIÓN PÚBLICA EMPUJA A LOS CHICOS A LA ESCUELA PRIVADA?


Cada vez son más los hijos de las clases media y baja que por diferentes factores terminan estudiando en escuelas privadas. El fenómeno desnuda falencias en la formación que brinda el sistema estatal y abre el debate sobre la calidad educativa.

La elección de la escuela adonde mandar a nuestros hijos es siempre un verdadero dilema. Varias preguntas surgen en el interior de la familia y se intenta, no siempre con total acuerdo, llegar a la respuesta que garantice el futuro educativo de nuestros niños. Bilingüe, con actividades extraescolares, laica, religiosa, de jornada completa, con natación, computación… alternativas que surgen.


Es aquí donde se comienza a dirimir el conflicto "bien instalado socialmente" que contrapone a la educación privada con la educación estatal. Tan instalada está dicha disputa que hasta se utiliza la palabra versus. Como si se tratara de contrincantes, de enemigos, como si se tratara de cosas distintas, una guerra de pertenencia ¿Una guerra de clases?


No puedo dejar de preguntarme, con una mirada fenomenológica, si esa dualidad es de toda la sociedad, de las comunidades barriales que conforman a nuestra sociedad. Me refiero a los ciudadanos platenses, aquellos que pertenecen a las clases bajas, media o altas, clasificación que no me gusta para nada, pero que todos entendemos.


En realidad, pienso, desde mi máximo sentido común puesto que no tengo información calificada y rigurosa desde el punto de vista investigativo, que esa disputa entre lo estatal y lo privado es sólo de un sector social.


No es un problema de la clase alta: tiene perfectamente definido que la escolarización de sus hijos estará en las manos cálidas, protectoras y seguras de la educación privada.


Tampoco es problema de las clases más vulnerables: ellos no pueden elegir por razones claramente económicas y sus posibilidades quedan limitadas a la escuela que más cerca está de sus casas o, en el mejor de los casos, a las escuelas de jornada extendida que garantizará un desayuno, un almuerzo o una merienda. Entonces, la disputa que quita el sueño es casi por completo propiedad de las clases medias.


Ese sector social piensa casi siempre mirando deslumbrado hacia las luces del centro, creyendo casi mágicamente que cambiar un nombre por un número (denominación de escuelas privadas o públicas respectivamente) asegurará a nuestra descendencia un futuro próspero y un presente adecuado, alejado de situaciones socialmente perjudiciales como violencia escolar, problemas de infraestructura, paros docentes, situaciones conflictivas y comunes que sólo ocurren en las escuelas estatales, las de número, adonde van los pobres, los inmigrantes, los cumbieros, los violentos y que además están educados por malos docentes, faltadores, despreocupados, viejos, etc.


Todas estas construcciones sociales que salen y repercuten y que muchos medios se encargan de fomentar y alimentar mediante imágenes verdaderamente obscenas que no educan ni producen cambio positivo alguno, van configurando una realidad francamente incompleta, intencionalmente provocada que la clase media consume sin preguntarse nada.


Entonces la discusión es casi efímera y la respuesta es automática o automatizada: la mejor educación para nuestros hijos es la que ofrece la educación privada. Dejemos la educación estatal para el resto, para los "otros", para los que no tienen vuelta, para los que la cabeza nos les da.


No desconozco que la escuela estatal tiene mucho por mejorar. No pretendo evitar la mirada sobre los centros de formación docente, que están en jaque desde hace bastante tiempo. Pero tampoco quiero dejar de reconocer que la escuela cumple un papel fundamental de contención social. La escuela estatal fue un enorme salvavidas durante la década infame de los 90, donde se rompieron, con claro objetivo político, todos los lazos sociales, todas las redes sociales.


En ese período triste de nuestra historia todo, absolutamente todo, lo privado era considerando supremo, superlativo, salvador. Y todo lo estatal era lo peor. Aquí la institución escuela no fue ajena a esa mirada hegemónica y elitista.


La escuela y los heroicos maestros hicieron las veces de trabajadores sociales, de enfermeros y muchas veces de padres. En fin, se pusieron la camiseta de la educación que el Estado no quiso ponerse por desprecio a toda expresión popular.


Hoy, la escuela pública sigue en pie y luchando por la educación de nuestros hijos, por el futuro de la nación.


No cabe, entonces, la pregunta acerca de qué escuela es mejor. La violencia escolar, los problemas edilicios, los malos educadores, los padres poco comprometidos, las instituciones dirigidas por déspotas y burócratas no provienen de un único sector social. Docente secundario y universitario

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