miércoles, 19 de mayo de 2010

¡POR QUIÉN DOBLAN LAS ALARMAS?







Quizás la notera de TN –una tal Dominique Metzger– supuso en ese instante estar ante la mejor primicia de su existencia. Era la noche del 18 de febrero, y ella cubría en vivo las inundaciones desde una esquina de Almagro. Hasta que, de pronto, soltó: “Esto es increíble. ¡Hay un robo!”.






Por Ricardo Ragendorfer

Quizás la notera de TN –una tal Dominique Metzger– supuso en ese instante estar ante la mejor primicia de su existencia. Era la noche del 18 de febrero, y ella cubría en vivo las inundaciones desde una esquina de Almagro. Hasta que, de pronto, soltó: “Esto es increíble. ¡Hay un robo!”. Lo dijo con tono vibrante, mientras la cámara apuntaba hacia una peluquería de la cual salían tres chicos. Y prosiguió: “Justo al acercarnos, Sergio, agarraron un tacho para simular que están sacando agua”. Sergio era Lapegüe, quien desde los estudios sólo atinó a decir: “¡Ojo, eh!”. A continuación, la cámara captó la retirada de los supuestos ladronzuelos. Y el conductor agregó: “Dominique, los agarraste con las manos en la masa”. La notera asintió con la voz en falsete; su respiración era agitada. La siguiente imagen la mostraría interceptando con el micrófono a la presunta víctima, que acababa de emerger del local. Entonces, le dijo: “¿Esos chicos la asaltaron, señora?”. La mujer, con expresión de estupor, enarcó las cejas. Y su respuesta fue: “Son mis hijos”.




Si bien semejante episodio tal vez pase a la historia del periodismo argentino como un caso extremo de idiotez profesional, su mecánica no es ajena al estilo con el que una buena parte de los medios ejerce la difícil tarea de transmitir la realidad. Porque, con variaciones poco originales, persiste en éstos una mirada sólo comparable a la de un fisgón de arrabal que pugna por salir como testigo cada vez que la policía atrapa a un pobre ratero.




De modo tan insidioso como intermitente, se vomita violencia urbana desde los diarios y la televisión. Sus páginas y pantallas son las que realmente le dan vida y sentido a aquel engendro conceptual denominado “sensación térmica de la inseguridad”, que es como el “riesgo país”, pero en términos policiales. Es decir, una especie de escala cifrada en la arbitrariedad, dado que no se trata de una construcción estadística sino, simplemente, de un sistema de percepciones alimentadas con la amplificación de circunstancias subjetivas. Y, desde luego, a ello se suman los peores prejuicios.




Tanto es así que la insistencia televisiva en repetir de manera exacerbada la cobertura, por caso, de algún remisero asesinado en la localidad de La Cañada, logra que las señoras de Barrio Norte sientan que la vereda de sus hogares está atestada de cadáveres. No menos goebbeliana es la modalidad de preguntarle a la esposa de una víctima fatal, en el instante del entierro, su opinión sobre la pena de muerte. La ola de asaltos a estrellas de la farándula es, por cierto, un capítulo aparte. Éstas, cuando reclaman castigos medievales, “hablan desde el dolor”. Y sus exabruptos son asimilados con una tolerancia hasta religiosa, ya que impera la creencia de que por sus cuerdas vocales corre “lo que piensa el ciudadano común”. Entre éstos tópicos cabalga la pujante industria del miedo. Y su producto más exitoso es la psicosis ante la indefensión pública.




Los resultados están a la vista.



Al respecto, tal síndrome tuvo un momento ejemplar el 17 de abril del año pasado, en ocasión de un hecho erigido en emblemático por la agenda policial: el crimen de Daniel Capristo en manos de un pibe de 14 años. Ya se sabe que la reacción de los vecinos consistió en el linchamiento inconcluso de un fiscal. Al parecer, poco beneplácito habría causado que éste dijera: “Es un menor, y no se puede hacer mucho”. Esas palabras bastaron para desatar un episodio sin precedentes en materia de bestialidad ciudadana. Un vendaval de puñetazos y patadas se precipitó sobre el funcionario judicial; sin piedad lo apalearon en el suelo y hasta recibió un ladrillazo en la espalda, luego de que la jauría humana lo persiguiera durante dos cuadras.




Ante esas circunstancias, el movilero de Telenoche, Francisco Urrutia, apeló a la siguiente frase:
–Fíjense la indignación que hay. La bronca de los vecinos es más que clara, más que genuina.
Toda una metáfora para un país en el que –bajo el imperio de la inseguridad informativa– el endurecimiento del Código Penal es la bandera primordial de una sociedad cada vez más violenta.

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