miércoles, 17 de julio de 2013

EL TORITO DE MATADEROS

Justo Suárez, un boxeador espectacular, un personaje muy particular. De gran carisma, fue lustrabotas y diariero, peleó en River, le dedicaron tangos y hasta Cortázar escribió de él. Un extraordinario ídolo popular.
       
Por: Malva Marani
 
Justo Suárez, solo!
¡Torito viejo lindo!
Sacalo como vos sabés
No le des tiempo, fajalo.


Si alguna vez vas a Mataderos, fijate bien por donde caminás; no sea cosa, por favor, que lo vayas a pisar al Torito. Sí, al Torito, entendiste bien. De Justo Suárez, el boxeador, hablo. ¿Que no lo conocés? Mirá si te escuchara tu abuelo, que seguro lo vio arriba del ring, fajando a quien se le pusiera enfrente, y también abajo, como uno más de esa multitud que lo llevaba en andas. Averiguá quien otro sino él pudo sacarle una sonrisa a los rincones argentinos tras la sombra de Firpo. Después del Toro Salvaje de las Pampas, el segundo ídolo popular, no fue otro que fue Justo Suárez; pero, a diferencia de él, que escribió en EE.UU la primera página del boxeo argentino –aquí no hubiera sido posible, la práctica aún era incipiente– el Torito nació en Mataderos y, desde esas tierras, llevó su gloria hacia el país de Jack Dempsey.
“No me gustaba, pero cuando me metí la primera vez me di cuenta que era lindo. Claro, cómo no va a ser lindo si el que cobraba era el otro”, escribió el genial Julio Cortázar, apropiándose de la voz de Suárez, en su magistral Torito. Quien sabe por qué, pero Justo iba a ser el elegido, entre 24 hermanos, para afrontar una vida de peso ligero; nació el 5/1/1909, a los 15 realizó su primera pelea y, cuatro años después, se recibió de noqueador y se hizo profesional: de 48 como amateur, ganó 42 por KO. Ahí, comenzaría a concretarse la escalada de Suárez, quien, antes de calzarse los guantes, lustró botas y vendió diarios. Quizás no sea fácil, hoy por hoy, cuando los ídolos crecen de la noche a la mañana, imaginarse una época en la que corear un nombre era algo poco común entre el público deportivo. Y si un deporte iba a dar el puntapié para esta tradición tan nuestra, no iba a ser otro que el boxeo, que aunaba audiencias y clases totalmente distintas. El carisma, más allá de su habilidad, fueron los méritos que lo erigieron, de sonrisa gardeliana, en ese difícil pedestal del pueblo. Eso mismo refleja ‘Muñeco al suelo’, tango que también lo eternizó: “Y alzan tu puño triunfante/Y la hinchada que te alienta/Subyugada y turbulenta/Se revienta de gritar...”
La primera prueba, después de 14 combates, era ante el platense Julio Mocoroa, con el título argentino en juego. Los 40 mil espectadores que colmaron el antiguo estadio de River –Avenida Alvear y Tagle– y marcaron un record aún vigente para el boxeo argentino buscaban ver el  primer duelo criollo. Los dos llegaban invictos: El Torito, con sus mil oficios y su coreo popular, versus El Bulldo”, con sus años en la Universidad y su infancia de menos urgencias. El noqueador y el técnico; ese era el cartel de la velada de aquel 27 de marzo de 1930, apenas unos meses antes de que estallara el primer Golpe de Estado en nuestro país. Por puntos, ganó el de Mataderos, que estiró la mano hacia el cielo cuando le anunciaron el triunfo y estiró su carrera hacia Estados Unidos después de una noche a puro festejo y canción: “De Mataderos al centro/Del centro a Nueva York/Seguís volteando muñecos/Con tu coraje feroz”.
Glick, Perlick, Flower, Ray Miller y Kid Kaplan fueron los rivales que consagraron al de Mataderos en cuadriláteros yanquis. De recorrer el Mercado de Hacienda en búsqueda de restos de vísceras de vaca para vender, pasó a levantar los brazos en el ring del Madison Square Garden. Ese giro en la vida de un tipo que representaba a muchos otros, más que la gloria deportiva, fue lo que debió haber hecho sonreír, vitorear y aplaudir a millares de argentinos en frente de una radio.
Por eso mismo, por dar la vuelta a la vida en 14 años, es que cuesta recordar lo que pasó después con el Torito. Un después que comenzó con su segundo viaje a Estados Unidos: Billy Petrolle era el rival y otra vez el Madison, en Nueva York, el escenario. “¡Justo Suárez, solo!/¡Torito viejo lindo!/Ya está listo, cruzalo/Cruzalo que lo tenés”, versa su tango. Pero esta vez, el de Mataderos no pudo y, tras caer en el 9º, perdió su invicto de siete años. En aquel instante, comenzaba la caída de quien, en tan sólo cuatro años, había sido el máximo ídolo popular: quedarían cuatro combates –sólo un triunfo– y el avance de una tuberculosis que ya había escrito su desenlace fatal. El Torito, que había cosechado casi 190 mil pesos y 37 mil dólares en su carrera (24-2-1-2SD; 14KO), no pudo esquivar la última trompada, que lo encontró, a los 29 años, en un hospital de Córdoba, con la única compañía de su hermana Rosalía. Pero el nocaut que no pudo darle él a la muerte se lo dio la historia con un gancho profundo, en el cuadrilátero más envidiable del mundo: el de la memoria. Por eso es que te digo que andes con cuidado cuando caminas por las baldosas porteñas: no vaya a ser que, por apurado, te lleves por delante al Torito de Mataderos.
 
Fuente: El Grafico.

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