jueves, 11 de julio de 2013

VIENTO DE KOLLA DESDE EL NORTE

Entrevista a Micaela Chauque, música norteña.
 
Por  Ulises Rodríguez
      
Comunidad Finca Santiago queda al este del pueblo de Iruya. Abarca el Abra del Cóndor, donde está la Apacheta a los 4.000 metros, después bajás para Salta, ¿viste el camino del Abra del Cóndor?, hacia la derecha hay como un cerro medio verde con unas casitas, muchos corrales. Todo eso es Finca Santiago.
Así responde Micaela Olalla Tania Chauque a la pregunta: ¿y vos dónde naciste?
En Finca Santiago los tiempos son otros. Desde 1946 los kollas lucharon para que les dieran esas 125.000 hectáreas de tierra en las que sus antepasados habían vivido durante once milenios. Pero esas tierras donde viven 3.000 personas tenían dueño. Un dueño que no era kolla.
En 1930, la Finca Santiago fue comprada al Estado por Patrón Costa y sus habitantes estaban incluidos como parte de la propiedad. Los empleados de Patrón Costa llevaban al ingenio azucarero a los kollas a latigazos. Antes de cada zafra su tarea era recoger a todos los indios que le debían servicios laborales al patrón y cargarlos en carretas de ganado para ir a las plantaciones. A cambio, sólo recibían el derecho de usar los campos de Finca Santiago para pastorear sus animales.
Entre ellos estaban los Chauque, una familia kolla que habitó la Finca por generaciones. Festo, uno de los nietos de aquellos originarios, fue el primero que estudió y se recibió de maestro. Junto a sus hijas Clara y Micaela caminaban todos los días 40 minutos por senderos de montaña para llegar a la escuela.
Como todos los maestros de escuelitas perdidas en el mapa la tarea de Festo no terminaba en los libros, sino que además era el profesor de Educación Física, el maestro de Música, el enfermero, el cocinero, el portero y todo lo que hiciera falta para sacar adelante la escuelita de Los Toldos.
Por las noches, en su casa, Festo tocaba el acordeón. Ensayaba con la guitarra para cantar luego en la escuela y tocaba la flauta dulce. Una de sus hijas, Micaela, lo miraba con atención y a escondidas copiaba los movimientos de su padre con los instrumentos.
Como en esa zona no hay escuela secundaria, cuando sus hijas terminaron la primaria, Festo no tuvo otra opción que mandarlas a Salta. Allí Micaela empezó a estudiar en el Centro Polivalente de Arte y al poquito tiempo ya era parte del grupo de música andina Vientos del Norte. Bailaba, cantaba, tocaba, a nada le temía en los escenarios. Sus compañeros le decían “la kolla”, “trenzas largas” o “Pocahontas”, que era el que más en gracia le caía a esta niña que hasta hacía unos meses pastoreaba cabras en la montaña.
Su curiosidad hizo que un profesor le enseñara, viendo su interés, a fabricar sikus y quenas. En la cultura kolla esas son cosas de hombres.
–A mí me llamaba la danza, por eso me recibí de profesora de danza. Entonces empecé a investigar dónde estudiaron mis profesores y ahí descubrí el Profesorado Nacional de Folclore, que hoy forma parte del IUNA (Instituto Nacional de Artes). Pero el instituto quedaba en Buenos Aires y mi papá no quería saber nada, él pretendía que estudiara una carrera en serio, que me diera un bienestar en la vida, pero yo ya había decidido.
 
¿Qué te pasa, Buenos Aires? Con todo el miedo de un provinciano que se choca con el Obelisco, los primeros meses Micaela vivió en la Villa 31, hasta que consiguió una beca y se mudó a un departamento a compartir con una señora tucumana.
Eran tiempos de pizza Uggi’s a $1,99. Los fines de semana tocaba el charango en Plaza Francia y así juntaba unos pesos para pagarse las fotocopias y la comida de la semana.
De la mano de su tía Rosalía, que vende tejidos en la Feria de Mataderos, empezó a presentarse en las peñas jujeñas. Un día fue a ver un recital de Jaime Torres y junto a su novio Andrés lo fueron a saludar tras el show. Micaela le contó lo que hacía y el charanguista la invitó a uno de sus ensayos. Cuando tuvo que mostrarse, a la Chauque no le tembló el pulso y Torres acertó en sumarla a su conjunto. Cosquín, España, Noruega, Inglaterra, dos Tantanakuy en Humahuca y el final de la carrera.
En 2001, cuando el país se iba al pozo, Micaela terminaba la carrera en el IUNA y estaba harta de Buenos Aires. Quería volver a la paz, a las montañas. Cerraba los ojos y se le venía a la memoria la fiesta de San Pedro, cuando las mujeres bailaban descalzas con o sin música, el sonido de los “erques”: ese instrumento de viento hecho de caña que mide de dos a tres metros, con un pabellón en la punta y tiene un sonido ronco.
Micaela no dudó en dejar las giras con Jaime Torres y la vida porteña para mudarse a Tilcara y volver a empezar. Armó su carrera solista y tocó a la gorra en la plaza y en peñas. Con Andrés, su compañero, empezaron a fabricar y vender instrumentos andinos.
 
Una mujer dividida. Hoy Micaela enseña música en escuelas de la Quebrada de Humahuaca y es la única mujer autorizada para tocar la quena: un instrumento que sólo tocan, dentro del ámbito tradicional andino, los hombres. Además dirige la Banda de Sikuris de Mujeres María Rosa Mística de Tilcara.
–Hoy mi tarea principal es transmitir nuestra música a los más jóvenes.
Junto a Andrés venden los instrumentos que ellos mismos fabrican en el Pucará de Tilcara. Una tarde, el guitarrista y cantante de Divididos, Ricardo Mollo, andaba recorriendo el lugar. Andrés le vendió una quena y de paso le regaló un disco de Micaela. Al otro día, el ex Sumo volvió porque quería conocer a la Chauque.
–¿Y quién es Mollo?, le preguntó Micaela a su novio.
Para la presentación en Tilcara con Diego Arnedo, el bajista ya tenían pensado un tema para ella: “Avanzando retrocede”, en el que tocó la zampoña. Después de ese día “la aplanadora del rock” la sumó a los recitales de su gira nacional 2010.
–Sé que es difícil construir una carrera desde Jujuy, tan lejos de Buenos Aires que es donde todo sucede, pero me creo capaz de hacerlo y voy a pelearla desde acá.
La Chauque viene recorriendo desde el 2011 las escuelas jujeñas con el Programa “La música de todos”. A la par moldea su carrera solista con la que lleva cinco discos editados: En Vivo: quenas y sikus (2010); Cuatro Mujeres: cantos de la tierra (2005); Crisol: música instrumental andina (2003); Jujuy, canto y vida, con Carlos Cabrera (2002); El del Charango, con Jaime Torres (2001).
Micaela lleva en el alma los sonidos de la Puna y los transmite. Rompe con las milenarias tradiciones machistas pero no por rebeldía, sino porque esa música es su historia, su esencia.
 
Fuente: Miradas al Sur

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