domingo, 28 de julio de 2013

¿Y USTED QUE HARÍA?

Stanley Milgram publicó en 1963 los resultados de un trabajo inquietante: cuánto dolor podría un sujeto provocar en otro ante la orden de una autoridad. Del juicio a Adolf Eichmann a la canción de Peter Gabriel.

Por Jorge Cicuttin.



Hacemos lo que nos dijo
Hacemos lo que nos dijo
Hacemos lo que nos dijo
Le dijo a hacer

Una duda
Una sola voz
Una guerra
Una verdad
Un sueño

(“We do what we’re told”, Peter Gabriel)

Hacemos lo que nos dijo”, repite el tema de Peter Gabriel, que se conoce también con otro título: “Milgram’s 37”. El cantante y compositor británico se refiere en este tema al científico Stanley Milgram y a un experimento de psicología social que se recuerda por sus resultados inquietantes, estremecedores, sobre la reacción humana ante el dolor del otro y la obediencia ante la autoridad.

Se cumplen 50 años de la publicación de los resultados de esta experiencia realizada en la Universidad de Yale –Estados Unidos– en 1963, y que tanto desasosiego produjo así como debates profundos que van de la psicología y la sociología a la política y la filosofía. En el arte, no sólo inspiró canciones como la mencionada de Peter Gabriel, sino que se reproduce en una de las secuencias más recordadas de la gran película del francés Henri Verneuil, I… como Icaro, de 1979, y que llevó a miles de personas a conocer el experimento de Milgram. Recientemente, esta experiencia fue repetida en un programa de la televisión británica y, a medio siglo de distancia, se obtuvieron los mismos resultados que se conocieron en la Universidad de Yale.

¿En qué consistió exactamente el experimento de Stanley Milgram? La finalidad de esta experimentación del área de psicología social era medir hasta dónde los participantes llegaban a obedecer las órdenes de una persona, a la que le reconocían autoridad sobre ellos, aun cuando esas órdenes entraran en claro conflicto con su conciencia y con sus deseos personales. En la práctica, y sintetizando, un presunto investigador lleva a un participante a que le haga a otro participante una serie de preguntas para conocer su capacidad de memoria. Ante cada respuesta equivocada le debe dar al sujeto una serie de descargas eléctricas que van desde un voltaje inofensivo al más doloroso y posiblemente mortal. Ante la orden de la autoridad, la mayoría de los participantes continuaron suministrando las descargas pese a los gritos de dolor del otro participante. Milgram demostró así el peligro que encerraba la predisposición de los sujetos a obedecer y cómo esta actitud llegaba a despojarlos de su conciencia y sentido de responsabilidad frente a los actos cometidos.

En un artículo titulado “Los peligros de la obediencia”, de 1974, Milgram resumió su experimento con estas palabras:

“Los aspectos legales y filosóficos de la obediencia son de enorme importancia, pero dicen muy poco sobre cómo la mayoría de la gente se comporta en situaciones concretas. Monté un simple experimento en la Universidad de Yale para probar cuánto dolor infligiría un ciudadano corriente a otra persona simplemente porque se lo pedían para un experimento científico. La férrea autoridad se impuso a los fuertes imperativos morales de los participantes de lastimar a otros y, con los gritos de las víctimas sonando en los oídos de los sujetos, la autoridad subyugaba con mayor frecuencia. La extrema buena voluntad de los adultos de aceptar casi cualquier requerimiento ordenado por la autoridad constituye el principal descubrimiento del estudio”.

El momento histórico elegido por Stanley Milgram para hacer este experimento no fue casual. El 11 de abril de 1961 comenzaba en Israel el juicio contra Adolf Eichmann, el jerarca nazi responsable de la logística de los campos de exterminio en la Europa ocupada por Alemania. Eichmann, a quien se considera uno de los principales arquitectos del Holocausto, había sido capturado en la Argentina un año antes y fue ejecutado en Israel tras un juicio que lo declaró culpable por crímenes contra la humanidad. Eichmann se defendió repitiendo que solamente cumplía órdenes superiores. Milgram, de origen judío y con familiares asesinados en los campos de exterminio nazis, comenzó en julio de 1961 con esta serie de experimentos preguntándose cómo este hombre había podido arrastrar a los miles necesarios para llevar adelante los horrores del Holocausto. ¿Qué los empujó a participar en un crimen de tal magnitud?

Una parte de la compleja respuesta a esta estremecedora pregunta se pudo encontrar en su experimento.

Engaño y tortura. Milgram comenzó el experimento llamando mediante anuncios en diarios a voluntarios para participar en un trabajo sobre el estudio de la memoria y el aprendizaje en la Universidad de Yale. Los voluntarios –a quienes se les ocultaba la verdadera búsqueda del experimento– eran personas de entre 20 y 50 años, con origen social y nivel educativo de lo más variado.

De las tres personas que participaban del experimento –el científico que daba órdenes, el maestro y el alumno–, solamente uno era el objeto de la investigación y desconocía la verdadera naturaleza del trabajo. En cada oportunidad, el experimentador le explica al participante que tiene que hacer de maestro, y tiene que castigar con descargas eléctricas al alumno cada vez que falle una respuesta.

Separado por un panel del “maestro”, el “alumno” se sienta en una especie de silla eléctrica y se le colocan unos electrodos en su cuerpo y se señala que las descargas pueden llegar a ser extremadamente dolorosas pero que no provocarán daños irreversibles. Todo esto lo observa el participante.

El “alumno” en realidad es un actor que simula recibir las descargas ante cada respuesta equivocada. Claro que esto el sujeto de análisis no lo sabe.

La primera descarga es de 15 voltios, pero va aumentando en intensidad hasta los 30 niveles de descarga existentes, es decir, 450 voltios. A medida que el nivel de descarga aumenta, el “alumno” –un actor, en realidad– comienza a gritar, quejarse, y pedirá el fin del experimento, y finalmente, al alcanzarse los 270 voltios, gritará de agonía.

En la mayoría de los casos, cuando los “maestros” alcanzaban los 75 voltios, ante las quejas de dolor de sus “alumnos” deseaban parar el experimento, pero la autoridad del investigador les hacía continuar. “El experimento requiere que usted continúe”, le advertía el científico al “maestro”.

En el experimento original, el 65 por ciento de los participantes aplicaron la descarga de 450 voltios, aunque muchos se sentían incómodos al hacerlo. Todo los “maestros” pararon en cierto punto y cuestionaron el experimento, Ningún participante se negó rotundamente a aplicar más descargas antes de alcanzar los 300 voltios.

En definitiva, sólo el 35 por ciento de los participantes se negó a seguir con el mismo ya que consideraban que la orden del científico, por más autoridad y conocimientos que tuviera, era incorrecta y los obligaba a causarle daño a otra persona. Para la mayoría, el 65 por ciento, las órdenes que les daban eran suficientes como para seguir dando descargas eléctricas pese a que no estaban de acuerdo con el experimento.

Entre las conclusiones que sacó de su trabajo, Milgram destacó que la esencia de la obediencia consiste en el hecho de que una persona se mira a sí misma como un instrumento que realiza los deseos de otra persona y por lo tanto no se considera a sí mismo responsable de sus actos.

El experimento fue repetido por Milgram con algunas variaciones, pero en lo esencial no varió el resultado. Por ejemplo, cuando la “autoridad” vestía guardapolvo eran más respetadas sus órdenes; cuando la distancia física de la autoridad era más cercana, la obediencia del participante se incrementaba; cuando los participantes tenían que mantener el brazo de la víctima sobre la placa que generaba la descarga eléctrica, la obediencia decreció; cuando todos los participantes fueron mujeres, la obediencia no varió. En otra variante, los participantes tenían la compañía de otro maestro, quien completaba la prueba completamente. En este caso 37 de 40 continuaron hasta el final. De allí el título del tema de Peter Gabriel, “Milgram’s 37”.

Después del experimento en la Universidad de Yale, otros científicos lo repitieron en distintos contextos, así como también se realizaron experiencias lejos de un seguimiento científico, como shows para la televisión. En todos los casos los resultados fueron similares a los conseguidos en el experimento original.

Milgram y después. Tras la publicación de su trabajo, en 1963, Stanley Milgram hizo un seguimiento de algunos de los participantes en su experimento. Esto se dio en los casos de aquellos que al informárseles de qué se trataba la experiencia y a la situación a la que habían sido expuestos y en la que se los estudiaba, se sintieron muy mal consigo mismos y necesitaron una terapia psicológica para superar su comportamiento y lo que habían descubierto de su personalidad.

En algunos casos, hubo participantes que se sintieron mejor después de pasar por el experimento, ya que señalaban que los ayudó a conocer, sin hacerle un daño real a nadie, lo fácil que les resultó caer en esa obediencia ciega. Esto, señalaban, los llevaba a ponerse alertas ante las actitudes que podrían tomar ante la autoridad.

En la red circula la carta que uno de los participantes en el experimento le envió a Milgram durante la guerra de Vietnam, agradeciéndole porque el haber pasado por esa experiencia lo llevó a oponerse a formar parte de las fuerzas norteamericanas que combatían en el sudeste asiático.

“Fui un participante en 1964 –dice la carta–, y aunque creía que estaba lastimando a otra persona, no sabía en absoluto por qué lo estaba haciendo. Pocas personas se percatan cuándo actúan de acuerdo con sus propias creencias y cuándo están sometidos a la autoridad. [...] Permitir sentirme con el entendimiento de que me sujetaba a las demandas de la autoridad para hacer algo muy malo me habría asustado de mí mismo [...] Estoy completamente preparado para ir a la cárcel si no me es concedida la demanda de objetor de conciencia. De hecho, es la única vía que podría tomar para ser coherente con lo que creo. Mi única esperanza es que los miembros del jurado actúen igualmente de acuerdo con su conciencia".

Fuente: Revista Veintitrés 

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