viernes, 26 de julio de 2013

"LOS POLICÍAS DE CALLE DE LOS AÑOS TREINTA, ESTABAN MUY CERCA DE LA SOCIEDAD"

POR CLAUDIO MARTYNIUK


Esta década de crímenes impactantes, explica la investigadora Lila Caimari, fue revolucionaria: modernizó el delito, la Policía misma e, incluso, la crónica periodística.

Al Capone tuvo sus emuladores en Buenos Aires, cuando en los años ‘30 los pistoleros, con sus autos veloces, sus ropas vistosas y sus armas nuevas desafiaban a una policía que se vio obligada a ponerse a tono con la espectacularidad de los delitos que se registraban. La reacción es represiva, implica el uso de la picana y de controles para “limpiar” la ciudad. Van a llegar las pistolas Colt 45, las radios y los patrulleros; también alcanzará su esplendor el vigilante de la esquina. Todo esto cuando el Gran Buenos Aires hacía las veces de la frontera que buscaban traspasar los “malvivientes”. Un día común de entonces, la mañana del 2 de octubre de 1930 en los bosques de Palermo, mientras la gente pasea o hace sus ejercicios, irrumpe el crimen: el auto que transportaba el dinero para pagarle al personal de Obras Sanitarias de la Nación es emboscado por otro vehículo, con una banda con siete personas. Hay un tiroteo que deja varios heridos y un muerto. Y los malhechores se fugan hacia Belgrano, con los caudales. Los porteños quedan perturbados: el hampa producía alarma por casos como este. De casos como ese, o el secuestro de Abel Ayerza, parte Lila Caimari, una investigadora de la de la cuestión criminal porteña que nos acerca a un tiempo del que aún experimentamos ecos.
¿Qué crimen perturbó especialmente a la opinión pública en la década de 1930?El caso Ayerza, ocurrido entre fines de 1932 y comienzos de 1933, es uno de los primeros grandes secuestros de la Argentina. No porque fuera el primero -la práctica del secuestro existía antes de eso-, sino por su enorme visibilidad, que es función de la madurez de los medios gráficos y del perfil de la víctima. Abel Ayerza era el joven hijo de una familia muy tradicional y fue encontrado muerto cuatro meses después de su rapto. El caso fue cubierto por todos los diarios y el desenlace activó una ola de pasión punitiva que se hizo sentir con mucha fuerza en los debates legislativos. Resucitó la propuesta de restaurar la pena de muerte, abolida en el Código Penal de 1922.
¿Qué se le pedía a la policía en los años treinta?La década de 1930 tiene de todo: crisis económica, interrupción institucional y represión. Y es una bisagra para el delito urbano. La cuestión del orden urbano es central para entender el efecto de estos cimbronazos en la ciudad de Buenos Aires. La demanda aparece con mucha nitidez en la movilización social para armar y modernizar a la policía -recordemos que, hasta 1943, es la Policía de la Capital, antecesora de la Federal. Radios, armas y patrulleros se adquieren con fondos reunidos por distintos grupos sociales. Paralelamente, una serie de edictos marca un clarísimo ajuste en los métodos y criterios de vigilancia de las calles. Algunos, como la portación de armas, son utilizados para la represión política. Pero muchos otros, como los edictos de costumbres, confluyen en un verdadero patrullaje moral de la ciudad.
¿Cómo trabajaba el policía de la calle? ¿Había corruptelas?Los problemas de corrupción siempre existieron. El mito de un pasado dorado, donde había una policía pura que se opone a la policía corrupta actual es eso: un mito. Eso no significa que todas las formas de corrupción sean equivalentes -no es lo mismo estar involucrado en una red de narcotráfico que en quinielas barriales-, ni que los niveles de penetración institucional sean siempre los mismos. Yo encuentro que los policías de calle de los años treinta estaban muy cerca de la sociedad que vigilaban, entre otras cosas porque los mecanismos de profesionalización eran todavía someros. Por ejemplo: participaban de la cultura del juego clandestino, como apostadores y como receptores de mensualidades que pagaban bajo cuerda los organizadores. Aceptaban “favores” de legalidad oscura. Esto se combina con mil trapisondas para maquillar las faltas en la redacción de los informes.
¿Por qué en una ciudad de inmigrantes la policía era criolla?La policía era criolla porque el mercado de trabajo de la época ofrecía mejores oportunidades. En las épocas de cosecha, muchos policías abandonaban sus cargos. Así que las jefaturas organizaban excursiones de emergencia a las provincias del norte. Los nuevos policías “metropolitanos” eran investidos de su poder de arresto después de pocos días de instrucción. Esto planteó dificultades en la construcción del vínculo entre policía y sociedad. Profundizó las distancias entre una sociedad conflictiva con una institución con poca legitimidad para hacerse cargo de la represión del conflicto social. Generó corrientes de desprecio racista hacia el vigilante, más bajo y más oscuro que los sujetos que debía controlar en la calle. En otras palabras: muchos policías combinaban su desmesurado poder de arresto con escaso capital social.
¿La policía era escasa en 1930?Relativamente. El dato principal aquí es la distribución: era abundante en el centro, comercial y financiero, y escasa en los barrios nuevos. Buenos Aires crecía vertiginosamente y su policía la seguía muy de lejos. La situación se revierte a fines de los años treinta, cuando se estabiliza la población y la policía alcanza niveles mayores de organización.
¿Cómo se realiza la modernización tecnológica de la policía? La modernización de la policía porteña es resultado de varias colectas públicas organizadas a principios de los años treinta. Se compran armas, radios y patrulleros. Se instala una red de avisadores públicos en las calles. Es un salto fundamental, porque estos instrumentos de percepción del desorden abren nuevas fuentes de información sobre la peripecia urbana, que hasta entonces estaba muy atada a la mirada y la memoria del vigilante. Y sirven para orquestar un viraje de opinión pública, porque algunos aparatos, los patrulleros en particular, tienen buena traducción a los medios gráficos; incluso se hacen escenificaciones en las calles, con crónicas fotográficas de policías modernos atrapando ladrones.
¿Cómo se construía el vínculo entre el policía y la gente? ¿El policía de la esquina fue un mito? No, el policía de la esquina no es un mito. Es una figura concreta, que representa una forma de consolidación estatal en las fronteras barriales. El policía de calle es una parte sustantiva del personal policial. En torno de esta figura se teje un imaginario del policía que conoce a los vecinos uno a uno, que cumple una función tutelar más que represiva. Es la figura de vigilante que remite a “vigilia” más que a “vigilancia”, y que hoy se asocia a la nostalgia del policía de la infancia.
¿Qué era el Gran Buenos Aires? ¿Una frontera que cruzaban los delincuentes motorizados? El Gran Buenos Aires es una serie heterogénea de localidades que tienen en común su proximidad con la ciudad más rica. Pensemos que en esos años buena parte de este paisaje es aún muy rural, con algunos centros urbanos potentes, como Avellaneda. Desde el punto de vista policial, este anillo plantea nuevos problemas de vigilancia, porque los automóviles generan posibilidades inéditas para escapar de la escena del crimen que las bandas aprovechan para esconderse en jurisdicciones donde la policía porteña no puede intervenir. Ahí está una de las motivaciones para federalizar la policía de la Capital. Y como la policía provee al periodismo de temas, esta noción de ilegalidad suburbana se filtra en los diarios porteños, los más importantes del país.
¿Cómo era el entramado social de Buenos Aires, cuando cesa el boom económico e inmigratorio? Buenos Aires está cambiando mucho. No olvidemos que hay una nueva ola de inmigrantes después de la Primera Guerra Mundial y un período de prosperidad que beneficia a una parte importante de la sociedad. Es una ciudad que se moderniza más rápidamente que cualquier otra en América Latina. Y como ocurre en momentos de cambio, el optimismo se mezcla de ansiedades: por mantener la posición recién adquirida, por las identidades en esta sociedad anónima y cosmopolita, y por lo que depara la tecnología del transporte y la comunicación.
¿Era común estar armado?Hasta fines de los años treinta, pistolas y revólveres son un objeto de consumo más, como los relojes o las cámaras fotográficas. Las revistas están repletas de publicidad de armas “para regalar al caballero”. En el trasfondo de esto hay un mercado mundial de armas que después de la guerra busca nuevos clientes, privados y estatales. Hay libérrimas condiciones de acceso y tenencia de pistolas, y una masculinidad muy asociada a la posesión de armas.
¿Cómo se contaban en ese entonces los crímenes? El periodismo siempre ha estado interesado en el relato del crimen, desde mediados del siglo XIX por lo menos. Y siempre ha mezclado lenguajes técnico-científicos y populares. En las décadas de 1920 y 1930 hay una renovación muy creativa de esos lenguajes. El cambio se explica por la aparición de nuevos delitos, como algunos grandes secuestros y asaltos de alto perfil de bandas que usan Ford T y armas de repetición, y también por el ingreso de los lenguajes del cine -el de gángsters en particular- en el relato de los casos. Pero distintos delitos convocan distintos tipos de narración: el secuestro tiene elementos de acción y de melodrama -el de la familia que espera-, el asalto y fuga se llenan de recreaciones fotografiadas que imitan la excitación de las escenas cinematográficas, el homicidio pasional inspira reflexiones con reminiscencias criminológicas, etc.
¿Qué vínculo tuvo la violencia urbana con el golpe militar? El repertorio de violencias es frondoso. Está el fenómeno del “pistolerismo”, palabra usada para describir los métodos de grupos tan distintos como bandas de asaltantes comunes, matones de comité, anarquistas expropiadores, mafias étnicas, etc. Después del golpe del 30, la escalada en la violencia política incluye la resistencia al nuevo orden, que se manifiesta en los levantamientos radicales. También es frondoso el repertorio de la violencia estatal: el golpe desata fusilamientos y una nutrida apelación a la tortura de disidentes, que incluye la picana eléctrica. Sin olvidar que se desempolva la vieja Ley de Residencia para expulsar a centenares de extranjeros acusados de crímenes comunes y políticos.

Fuente: Clarin

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