miércoles, 17 de julio de 2013

EN LA PICADA DE "EL PAJARITO"

Una comunidad originaria de Formosa deslinda el monte para defender las únicas tierras ancestrales que todavía conserva sobre la ribera del río Bermejo. Las recuperaron luego de años de negociaciones con el gobierno de la Provincia.
 
Por  Daniel Cecchini
      
Bravo, el monte”, dice Luis y la sonrisa se le escurre por los huecos de la dentadura. El cronista acaba de tropezar sin perder del todo el equilibrio con una enredadera que cruza la picada y Luis no puede evitar la sonrisa del baqueano. El sol entra de a pedazos entre el follaje. Son las diez de la mañana y todavía no hace calor, aunque se viene anunciando en los pocos claros donde no hay sombra. El grupo avanza en fila india por la picada que viene abriendo desde hace días entre la ruta provincial 9 –que de ruta tiene sólo el nombre– y la margen formoseña del Bermejo. Los wichí caminan en silencio, con marcha segura, sorteando los obstáculos que todavía quedan en la picada ya abierta. Al cronista le cuesta seguirles el paso y Luis sonríe. Es un indígena flaco, de cuerpo fibroso, vestido con unos vaqueros agujereados y una camisa verde de trabajo. Calza unas zapatillas muy trajinadas y se protege la cabeza con una gorra también verde adornada con una hoja de cannabis y una inscripción que dice “marijuana”.
Cada tanto hay fuegos que han encendido la tarde anterior, antes de volver al campamento, para quemar los troncos que eran demasiado grandes y pesados como para correrlos a pulso. Empieza otra jornada de trabajo en el monte de El Pajarito, donde están deslindando el terreno para marcarles un límite a los blancos. Son las últimas tierras frente al río que les quedan a los wichí y eso porque las han recuperado. Hasta hace poco no les quedaba ninguna, las habían perdido todas en el transcurso de menos de un siglo de usurpaciones. Es el último día de trabajo de ese grupo de diez wichí en El Pajarito. La semana próxima serán reemplazados por otros diez miembros de la Comunidad dispuestos a seguir abriendo el monte a tajo de machete.
 
Son tres horas de viaje desde Las Lomitas hasta el campamento de El Pajarito. Primero hay que hacer unos sesenta kilómetros por la ruta nacional 81 hasta Pozo del Mortero y ahí doblar hacia el río por un camino de tierra que sólo se puede hacer con una 4 x 4. En algún momento, ese camino se topa con la ruta provincial 9, que no es más que otro camino de tierra, peor que el anterior. “Hay un proyecto del gobierno para pavimentarla”, le ha dicho más temprano Pablo al cronista. Pablo y su compañero Tito forman parte de la Asociación por la Cultura y el Desarrollo (APCD), una ONG cristiana que trabaja con los wichí de la zona de influencia de Las Lomitas desde hace más de una década. El pavimento –dicen– valorizará las tierras y aumentará la codicia de los criollos y las empresas. Unos y otros han empezado a alambrar los terrenos que dan a la ruta. Ya han alambrado casi todas las tierras, volteando monte con maquinaria pesada para abrir picadas hacia el río. Por eso los wichí de El Pajarito tienen que abrir su propia picada a golpe de machete y hacha, con el único auxilio de una motosierra. Tienen que deslindar el terreno para después mensurarlo y, finalmente, tener acceso al título de propiedad.
El Pajarito está en la zona de los Esteros y Castor, tierras ancestrales de esos grupos wichí que, con los años, fueron corridos hacia la ruta nacional 81. Los territorios originarios recorrían 15 kilómetros sobre la ribera del río Bermejo y se prolongaban hasta diez kilómetros más allá de la ruta 81. De todo eso, hoy sólo les queda El Pajarito, una tierra que también habían perdido a manos de los blancos a la que han vuelto después de años de negociaciones con el gobierno provincial, que finalmente les dio un permiso de ocupación. Pero un permiso de ocupación es poco más que nada en la Formosa de los alambrados criollos. Por eso desde abril los wichí están deslindando el terreno para poder hacer una mensura que les permita acceder a un título de propiedad definitivo. La picada que están abriendo desde la ruta provincial 9 hasta la margen formoseña del Bermejo es también un precario límite para la codicia alambradora de los blancos.
 
Hay que caminar más de media hora para recorrer los mil metros que tiene la picada ya abierta. Cada tanto hay un jalón –apenas una rama pelada con el machete– que marca los límites del terreno. Los han ido poniendo a ojo, midiendo con una línea de hilo y mucho cuidado, porque cualquier desvío los obligaría a corregir la dirección, duplicando el trabajo. “Primero tiran el ángulo para ver por dónde va la línea. Con el ángulo tirado van macheteando. Si se equivocan tienen que volver atrás, pero es muy raro que se equivoquen”, dice Pablo, que tiene un GPS para controlar el rumbo. El aparato va y viene con él, de modo que la dirección se controla una vez por semana. Mientras tanto, los wichí abren el camino estableciendo la dirección con los únicos recursos del hilo y la agudeza de sus ojos.
La picada, que es también un sendero, es difícil de transitar. Que esté abierta no quiere decir que no haya obstáculos. La vegetación del monte es hostil. Hay quebrachos y algarrobos a uno y otro lado del camino abierto, unos arbustos llamados caparis, cardones, tuscas, duraznillos, sacha membrillo y saca sandía. Las enredaderas rastreras que se despliegan por el suelo y las uñas de gato, con sus espinas agudas, arman una combinación temible que puede transformar un simple tropiezo en un doloroso accidente. “Si me caigo, me hago mierda”, piensa el cronista con una poética inspiración provocada por su segundo tropiezo. En el transcurso del día, el verso se le transformará en una letanía. Luis, que camina detrás, lo alcanza y sonríe. Es entonces cuando le dice: “Bravo, el monte”.
Los wichí de la Comunidad El Pajarito no viven todavía en esas tierras. En un tiempo levantaron un asentamiento, pero los criollos lo incendiaron. “Apenas podamos se va a quedar a vivir gente fija, para que los blancos no se metan”, dice Mariano López, un indígena corpulento que es el representante de la Comunidad en la interwichí de Las Lomitas. Por el momento, los wichí de El Pajarito viven dispersos por Las Lomitas, Tichá y Tres Pozos, desde donde vienen los grupos para trabajar en el monte. Unos pocos llegan en moto, el resto viene y se va en la camioneta de la APCD, donde también cargan las herramientas, los alimentos y el agua para el campamento. La camioneta hace un viaje semanal, casi siempre conducida por Tito. Entre uno y otro viaje, los wichí quedan prácticamente aislados en el monte. Si se produce alguna urgencia, a veces cuentan con una moto. La comida es casi siempre a base de arroz, en guisos de olla grande, al que agregan algunos vegetales y la caza del día. La noche anterior a la llegada del cronista fue casi de fiesta culinaria. Habían cazado siete charatas –unos pavos salvajes que abundan en la zona– para agregar al guiso. Las cazaron con gomeras, tirando unas bolas de barro duro secado al sol que llaman “bodoques”. También capturaron y asaron un quirquincho. Los restos del banquete quedaron para el desayuno, acompañados por unas tortillas a la parrilla que preparó Mariano López. Será su única comida hasta casi el anochecer. Los wichí no comen mientras trabajan en el monte. Apenas llevan tres botellas con agua.
 
El cansancio hace cada vez más difícil la caminata. Pablo y Tito tienen cierta experiencia y se les nota en la marcha. Los dos miran con mucha atención el suelo. El cronista, que los sigue, los imita, pero camina con inevitable torpeza. Los wichí, en cambio, avanzan con una soltura que resulta envidiable. Son parte del monte. No miran constantemente el suelo, sino que su atención se reparte al mismo tiempo entre el piso y el entorno. “No caminan como nosotros. Su lógica para caminar es la misma de su discurso y su pensamiento. Nosotros miramos cerca o lejos, pero siempre nos enfocamos en un punto. Vamos pasando los obstáculos de a uno. Ellos miran cerca y lejos a la vez y son capaces de atender a todo. Pasa lo mismo con su discurso, que a nosotros nos parece desordenado y, a veces desesperante: abordan todos los temas a la vez y uno piensa que no van a llegar a ninguna parte, pero al final resolvieron todo”, le dirá Tito al cronista en un pequeño alto.
El cronista ni siquiera intenta ensayar el paso wichí. Sigue mirando el suelo como si en eso le fuera la vida. No se trata solamente de evitar los tropiezos con las enredaderas. También hay yararás, le advirtieron. Mientras camina, recuerda la historia del indígena Amado Sarmiento, que Leo –otro integrante de la APCD– le contó la tarde anterior. A Amado Sarmiento lo picó dos veces la misma yarará, que se le había metido en el rancho. La primera vez quemó la picadura y se puso a buscar el bicho, para atraparlo. Ahí la serpiente lo picó por segunda vez, pero no pudo escapar. Amado Sarmiento se quemó con una brasa la segunda picadura y, con la yarará muerta y metida en una bolsa, se fue a ver a la chamán de la Comunidad. Ni se le ocurrió ir al hospital para que le inyectaran el suero antiofídico. La mujer quemó a la serpiente y le dio una infusión de yuyos. Amado Sarmiento sobrevivió. Después de contar la historia, Leo le dio al cronista un aerosol con repelente. “Ponete en todo el cuerpo, le dijo, por los mosquitos del dengue y las mosquitas de la lehmaniasis”, le dijo. Y después de una pausa, también le dijo: “Mirá siempre dónde ponés los pies, por las yararás, porque antiofídico no tengo”. El cronista recuerda que Leo se rió después de decirle eso, pero que a él no le causó ninguna gracia.
 
La picada termina de manera abrupta. Adelante sólo hay monte cerrado y ahí empieza el verdadero trabajo. Un pequeño grupo hace punta abriendo la vegetación a tajo de machete. Trabajan con ritmo, en silencio, economizando fuerzas. En sus manos, el machete no parece una herramienta sino –el cronista no puede evitar el lugar común– una extensión de sus cuerpos. Detrás de ellos, otro wichí recoge las ramas y las tira a uno y otro lado de la picada, para despejarla. Pablo y Tito lo ayudan por momentos, pero se cansan rápido mientras que a los indígenas el esfuerzo no parece hacerles mella. Un segundo grupo, con la motosierra, los sigue unos cincuenta metros más atrás. Son los encargados de cortar los troncos y las ramas más gruesas, reacios a someterse a los machetes. Cerrando la marcha, Patricio López carga un bidón con combustible y una botella con agua. Ése es su trabajo, porque quiere hacerlo. Patricio López anda cerca de los 80 años y es el padre de Mariano, el representante de la Comunidad. Es hombre de muy pocas palabras, pero le cuenta al cronista que conoce bien las tierras de El Pajarito porque las recorrió de chico, cuando todavía los wichí no habían sido corridos del todo. “Ya no puedo trabajar pero igual vengo. Esta es nuestra tierra y por eso vengo”, dice con una boca que se le pierde entre los bigotes y la barba. Es el único indígena del grupo que no usa gorra sino un viejo sombrero gris.
A medida que se avanza hacia el Bermejo, la vegetación se hace más intrincada, fortalecida por la humedad del río. Pasado el mediodía, el calor es casi insoportable. Los wichí descansan por turnos, pero el trabajo de la picada no se detiene. En ocasiones, los macheteros que hacen punta llaman al de la motosierra para que los ayude a abrir el monte. El clima semiárido del Chaco formoseño cambia por la proximidad del agua. Los desmontes crecen de manera exponencial en Formosa, pero todavía no se ha transformado en una región económicamente prioritaria en un país que tiene los ojos puestos en la Pampa húmeda. De todos modos, es sólo cuestión de tiempo para que la alcance la expansión de la frontera agropecuaria. “Por ahora se trata solamente de explotación forestal pero en la medida en que se desarrolle una soja de bajo riego, el desmonte para sembrarla va a ser tremendo”, dice Pablo en una pausa de la marcha. Son más de las tres de la tarde y el agua que lleva Patricio está casi agotada. Una hora más tarde, ya sin agua, el grupo decide dar por terminado el trabajo del día. Dos de ellos miden con un hilo, entre jalón y jalón, cuánto avanzaron: cerca de cuatrocientos metros en dos días. Si los cálculos no fallan, les faltan unos 2.700 metros más para llegar con la picada hasta el río. Trabajo para tres o cuatro semanas, si acompaña el clima.
 
El retorno al campamento se hace de nuevo en fila india, todos en silencio. Los wichí de adelante marchan a paso rápido y, poco a poco, se alejan del resto, frenado por el cronista, que no puede mantener el ritmo. Sin embargo, ninguno de los que van atrás se le adelanta sino que se acomodan a su paso sin hacer ningún comentario. El cronista camina mirando el suelo, pensando de nuevo en las yararás y repitiendo mentalmente la letanía de si me caigo me hago mierda. Sin embargo, el que termina por caerse es Pablo, entrampado por las enredaderas del suelo. Se cae y se levanta sin decir una palabra, movido por el resorte de la vergüenza. Nadie se ríe ni dice una palabra. Sólo el cronista le pregunta si está bien, para escuchar un apabullado “no es nada”.
En el campamento, los que llegaron primero ya tienen preparado el tereré, que acompañan con el resto de las tortillas de Mariano. Recién entonces, el representante de la Comunidad El Pajarito –que también es delegado general de la Interwichí– se acerca al cronista, que se ha derrumbado en la caja de la camioneta, y le cuenta que la semana próxima vendrá otro grupo para continuar con el deslinde. “Todos trabajamos solidariamente para El Pajarito. Los que se quedan en los pueblos se ocupan de las familias de los que vienen a trabajar, para lo que necesiten. Tiene que haber siempre alguna gente acá, para que los criollos no nos ocupen”, dice. Por primera vez, mientras el tereré sigue dando vueltas, los indígenas hablan con más que monosílabos y algunos de ellos incluyen al cronista en la charla. Inesperadamente, le harán una invitación a “melear”. Pero hay que apurarse. Pronto será hora de cargar todo en la camioneta y emprender el regreso sorteando los pozos de la ruta provincial 9. La vuelta será aún más lenta que la ida, porque habrá cuatro wichí viajando en la caja, con las herramientas. Llegarán a Las Lomitas bien entrada la noche.
 
Fuente: Miradas al Sur.

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