lunes, 8 de julio de 2013

LA REELABORACION DE LA HISTORIA MAPUCHE EN CHILE

Estudios de universidades del sur del país indagan sobre la masacre que significó la Pacificación de la Araucanía. Son trabajos que apoyan el reclamo de sus derechos políticos.
 
Por  Nicolás Rojas Scherer
      
Mientras en Argentina se llevaba a cabo la Conquista del Desierto, en Chile se realizaba un proceso de conquista paralelo, la Pacificación de la Araucanía (1861-1883), conflicto que encontró su clímax después de superada la Guerra del Pacifico con Bolivia y Perú, luego de 1883. Efectivamente, el ejército chileno, una vez destruido el ejército peruano, destinó tropas de veteranos al sur de su territorio para terminar de “pacificar” a los “indios” que no acababan de chilenizarse. Tanto el lenguaje y la épica utilizada para legitimar la guerra del Estado oligárquico-liberal argentino –como del chileno– contra los mapuches, neutralizó largamente las categorías políticas que permitirían descifrar las claves de aquel conflicto. Y es que ni en Argentina había un “desierto” en el sur que justificara una conquista, ni en Chile se realizó una “pacificación”. Lo que hubo fue una guerra de ocupación con armamento pesado, colonización, muerte masiva de mapuches y usurpación de tierras que son el núcleo del conflicto.
 
Redescubrir Wallmapu. Durante los más de veinte años que se mantuvo una guerra de baja intensidad y de colonización en el sur de Chile, se creó una economía de frontera donde los mapuches comerciaron con los chilenos del norte del río Bío Bío. Cada uno asumía entonces su forma de vida como un derecho de cada pueblo, un equilibrio político que fue arrasado por el Estado republicano cuando logró “civilizar” al pueblo aguerrido que había logrado resistir los embates del Imperio Inca y luego del Español.
El pensamiento conservador chileno, que propiciaba la creación de un orden económicamente liberal y moralmente conservador, ideó en un complejo proceso de homogeneizació de la identidad nacional. Si bien hubo hombres preclaros como Andrés Bello o Francisco Bilbao, que veían más allá de los estrechos límites en que se estaba construyendo el país, siempre fueron políticamente marginales respecto del poder.
Para la oligarquía chilena, el proyecto de crear un sistema de educación pública en el siglo XIX no tenía otro sentido más que consolidar el orden estatal inaugurado por Diego Portales, el arquitecto del Estado conservador trasandino luego de las luchas de independencia y de la Guerra Civil de 1829-1830.
El mapuche chocó contra esta realidad. Heredero de una cosmogonía que unía lo natural con lo humano –la belleza del bosque, la montaña y el río con la propia vida humana como su esencia–, respondió con violencia frente a la industrialización del Wallmapu (la nación mapuche). La estrategia tenía como vértebra principal una línea de ferrocarril que entraba hacia la recién fundada ciudad de Traiguen y que se encontraba protegida por un entramado de fortificaciones, plazas militares y vallados pertrechados por cañones y artillería pesada.
Hay una historia oculta que no es la que se enseña en las escuelas del país. Sólo un esforzado y profundo trabajo antropológico e histórico ha podido desarticular el relato oficial creado por el Estado decimonónico. Las universidades del sur chileno han producido un material inestimable para la preservación de la memoria de este pueblo, que ponen el énfasis en los estudios poscoloniales, de género y del poder para deconstruir la historia oficial y crear un sentido nuevo. En cambio, otras prefieren adoptar los modelos de conocimiento oficiales, adaptándose a los requerimientos del mercado. Esa es en parte la pelea de los estudiantes en el Chile contemporáneo.
El neoliberalismo impuesto en la dictadura de Pinochet es un gran ejemplo de cómo un conocimiento creado en una universidad extranjera e importado por círculos académicos conservadores pudo crear la más profunda revolución cultural (reaccionaria) en Chile y en Latinoamérica. No es de extrañar que si el Estado aplica medidas de fuerza y de violencia, la respuesta sea la violencia.
En tal sentido, sin una política de Estado integral hacia el pueblo mapuche, el conflicto tenderá a profundizarse. Los mapuches reconocen que la devolución de tierras es ineficaz si sólo se remite al derecho de propiedad. La aplicación de políticas públicas que den sustento al trabajo agrícola y ganadero, sumado a un acompañamiento técnico –dicen–, es fundamental. La entrega de maquinaria para agregar valor al trabajo así como también una capacitación moderna se vuelven indispensables para generar una estrategia productiva. El tercer punto tiene relación con la falta de políticas culturales que favorezcan tanto la reapropiación del mapudungun (la lengua mapuche) y su enseñanza en la escuela, como la puesta en práctica de la medicina tradicional practicada por sus machis (curanderos y autoridades comunales).
Una política de Estado a largo plazo, que busque una solución integral y que vaya acompañada de una nueva reforma agraria que modifique la estructura productiva actual del sur del país podría señalar el camino hacia la solución del problema con el pueblo mapuche. Las señales dadas por el gobierno de Sebastián Piñera no permiten ser optimistas.
 
Fuente: Miradas al Sur

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