viernes, 12 de julio de 2013

LA NOVELA SOBRE EL ROBO DEL SABLE DEL GRAL.SAN MARTIN

Anticipo. Corre 1963 y en un clima institucional caótico, cuatro militantes de la embrionaria Juventud Peronista preparan una operación original y arriesgada para poner en ridículo a las Fuerzas Armadas. Sobre un hecho histórico, Rodolfo Piovera construye una novela que desvela un episodio poco conocido del pasado reciente.
 
Por  Rodolfo Piovera. 
 
-¿Y rajaron?
-No. No hubo necesidad de correr.

Una hora antes, a las 6, cuatro muchachos se encontraban en una confitería de Salta y Garay, en el barrio de Constitución, por entonces no tan desangelado como se volvió a partir de los setenta. Los Leones, se llamaba. El local era elegante y suntuoso, como el de otras confiterías paquetas de la época (El Águila, La Fragata, La Ideal, La Richmond y alguna más, hoy casi todas desaparecidas). Juan José Sebreli la recuerda en su libro Las señales de la memoria, donde destaca sus columnas de mármol y arañas con caireles, agregando que tanto primor estaba reservado en especial para “las mujeres o parejas”. Sin embargo, allí se habían citado los cuatro que iban a dar el golpe. Para no desentonar con el ambiente, lucían formales sacos, corbatas, cabello corto, y, por sobre todo, eran discretos. Apenas intercambiaban frases breves con aparente naturalidad, aunque por dentro les hervía la sangre y el corazón les latía con fuerza. Los electrizaba la convicción de estar conspirando en un país y en un tiempo donde ni siquiera era posible ejecutar pequeñas acciones, como reunirse a la noche en una esquina más de tres personas, mencionar a Perón o exhibir su foto o la de Evita. También se impedían otras cosas más trascendentes como votar, nada menos, lo que estaba reservado para quienes no eran peronistas, porque el partido estaba proscripto. Por supuesto, era delito participar de manifestaciones callejeras, las que siempre terminaban en corridas. Y era una tarea imposible (a menos que se cruzara al Uruguay) mirar una película sin censura. Esos eran los famosos años sesenta, no tan edulcorados como muchas veces se los presenta. La nostalgia se comporta casi siempre como un viejito mentiroso.
En el teatro de revistas, desde Pepe Arias hasta Dringue Farías construían sus monólogos humorísticos a puro eufemismo. Eran maestros del eufemismo: que Pocho, que el manchado, que Juan Domingo... Sefué, que Juansón, que la pochoneta, que cómo se dice una pera grande, que el que está en Madrid... Y la platea se cagaba de risa, con una risa nerviosa y cómplice, porque le daba no sé qué estar al borde del desacato por escuchar “Perón”... ¿Perón? ¡Qué horror ese nombre! Tampoco lo mencionaba Landrú en su Tía Vicenta, quien descargaba su prejuicio de clase media dibujando al líder caído en desgracia con la cara llena de forúnculos y con los dientes como granos de choclo.
El chiste universal era decir “¡que se calle el del bombo!”, porque parece que una vez Perón había dicho eso en un acto político. Y aunque la frase no era tan desopilante, la prohibición agrandaba todo (una ley seca de la palabra, al mejor estilo Eliot Ness), hasta esa anécdota que inexplicablemente causaba hilaridad. Todo cómico recurría a ella. Cuando notaban que el público se aburría y bostezaba y por ahí alguien hacía un ruidito, decían de golpe “¡Que se calle el del bombo!”, y la gente estallaba en una risotada casi obscena, aunque ya habían escuchado esa expresión unas doscientas veces, en el teatro y en la radio. Pero la fórmula seguía funcionando, porque reírse también significaba que uno no era peronista y eso estaba muy bien visto. Ahora había libertad, aseguraban, no como cuando gobernaba “el que te dije”, otra de las cosas que se decían. Sin embargo, la libertad era un pasaporte trucho que estaba vedado a media población. A los que intramuros sí decían “Perón”. Y sobre todo a los resistentes, los que se animaban a mojarle la oreja al poder con acciones de industria casera, pero que jodían la vida. Como aquellos muchachos de la confitería Los Leones.
El que llevaba la voz cantante era rubio y fornido, de estatura mediana. Los anteojos culo de botella le daban una apariencia de intelectual, aunque Osvaldo era más bien un hombre de lucha. Lo que no quiere decir poco instruido: era publicista. Junto a él estaba uno de sus mejores amigos, Alcides. Y dos compañeros de militancia: Luis o el Francés, y Manuel, al que trataba hacía poco. Luis era cuñado de Carlos Caride, uno de los héroes de la Resistencia, quien había caído preso por participar en la toma del frigorífico Lisandro de la Torre en 1959. Después de recuperar la libertad, había vuelto a la cárcel por asistir a un homenaje que se hizo en la Facultad de Derecho a los fusilados en José León Suárez. Al momento del robo del sable, estaba en prisión. Si no...
El Francés también era un tipo bravo, de aquellos que no retrocedían nunca y no le retaceaban el cuerpo al peligro. Su físico grandote lo hacía todavía más temible. Manuel era quien tenía más experiencia con las armas, ya que había sido policía, aunque durante un breve lapso. Justamente, su compromiso con la militancia peronista le truncó la carrera.
Sentados a la mesa, repasaron por enésima vez la operación que llevarían a cabo a no muchas cuadras de allí, en el Museo Histórico Nacional, ubicado en el Parque Lezama. Iban a poner en acto lo que no mucho antes Alcides y Osvaldo habían imaginado como una manera de llamar la atención de la sociedad. Un nuevo capítulo de la lucha contra el poder, uno extravagante, espectacular. Ellos eran miembros de la Resistencia, palabra embellecida por la historia luego de que los maquis franceses les hicieran la vida imposible a los nazis, o los republicanos españoles a los franquistas. Hasta ese momento las acciones habían sido arriesgadas, pero no habían logrado una gran repercusión pública: robos de armas en comisarías o en algún puesto del ejército, atentados con explosivos caseros, algún sembrado de clavos Miguelito al paso de los patrulleros o los vehículos militares, volanteadas, mariposeadas, manifestaciones relámpago. Lo demás, consignas voceadas con desenfado en alguna aparición veloz: “Sí, sí, señores, soy peronista... / Sí, sí, señores, de corazón. / Pongo la bomba, prendo la mecha, / corro una cuadra y escucho la explosión...”. Los más imaginativos fingían alguna pelea callejera para atraer la atención, y cuando lo conseguían, largaban un discurso peronista, alentaban a luchar por el regreso del líder... y escapaban velozmente antes de que la policía los atrapara.
El robo del sable era otra cosa. Y lo sabían. Por eso, la electricidad en el cuerpo y el corazón a pleno bombeo.
Era el 12 de agosto de 1963. Un año antes, el peronista Andrés Framini había ganado las elecciones para gobernador de la provincia de Buenos Aires. Los muchachos se dieron entonces el gusto de vocear durante la campaña un eslogan provocador: “Framini-Anglada: Perón a la Rosada”. Porque la gran ilusión era el retorno del gran jefe exiliado en Madrid. Pero el gobierno de Frondizi, que era rehén de los militares, terminó por anular las elecciones e intervenir la provincia. Once días después, el mandatario radical, que había llegado a la Casa de Gobierno con el voto peronista, era derrocado y enviado preso a la isla Martín García. No faltó el ingenio humorístico para bautizar a la isla con la sigla YPF, ya que allí habían llegado detenidos tres presidentes constitucionales: Yrigoyen, Perón y Frondizi.
 
* * *
 
La Argentina era un caos institucional desde hacía rato, pero sobre todo ese año, el del asesinato de Kennedy. Los militares estaban más indómitos que nunca, aunque ahora divididos en dos facciones que se sacaban chispas para ver cuál era más antiperonista. Por un lado, tronaban su furia los Azules; por el otro, rugían obscenidades los Colorados. El hambre y las ganas de comer, diría alguno. Los primeros se las daban de “legalistas”, de respetar las instituciones. Por eso, difundieron el famoso comunicado 150, que redactó el joven periodista Mariano Grondona, y donde prometían hacer buena letra: “Quiera el pueblo argentino vivir libre y pacíficamente la democracia, que el Ejército se constituirá a partir de hoy en sostén de sus derechos y en custodio de sus libertades”, aseguraban. Huelga decir que tres años después el líder de los Azules Juan Carlos Onganía, encabezó el golpe de Estado que terminó con la presidencia de Arturo Illia.
¿Cómo creerles a los militares? Ese volcánico año gobernaba el radical José María Guido, quien sucedió en cuatro patas a Frondizi para mantener la ficción de una república como se debe. Frondizi había padecido decenas de planteos: Guido sangraba por la misma herida. El tormento comenzó con su llegada a la Rosada, que tuvo características de comedia bufa. Porque no era Guido quien debía sentarse en el sillón de Rivadavia, sino el general Raúl Poggi, lo que no ocurrió por muy poco: la misma mañana en que iba a apropiarse de la democracia se enteró, mientras se peinaba frente al espejo del baño, que Guido le había soplado la dama sin darle tiempo de mover una pieza. Guido presidía el Senado y seguía en la sucesión a Frondizi, ya que el vicepresidente Alejandro Gómez había renunciado seis meses después de asumir el cargo.
Los hijos de Guido recordaron el episodio treinta años después: “Papá se comunicaba con la Corte Suprema de Justicia a través de su chofer, enviando mensajes en un papel doblado atado con una piedra (los arrojaba por la ventana de su departamento). En un determinado momento le dijo a mi madre: ‘Purita [por Purificación Areal], tengo que ir a Martín García a hablar con Frondizi para pedirle el acuerdo para asumir’. Finalmente no viajó, porque el general Poggi quería tomar la Presidencia. Mi papá se adelantó y le ganó de mano. Los chistes de ese momento hacían aparecer a Poggi diciendo ‘Denme una aspirina’”.
Cuando Purificación se enteró por boca de su esposo que estaba a punto de aceptar la Presidencia de la Nación, trató de disuadirlo: “Yo le dije que no iba a tener tranquilidad y sí muchísimo trabajo. Que no agarrara ni loco. Pero él no me hizo caso y aceptó”.
Guido juró ante la Corte a sabiendas de que su actitud significaría el final de su carrera política –como en efecto ocurrió–, pero convencido de que era la última posibilidad que tenían las instituciones de mantenerse dentro de cierta ficción jurídica. Su principal propósito era entregar el poder cuanto antes a las autoridades constitucionalmente elegidas, algo que no le resultó sencillo por la disputa entre Azules y Colorados. No en vano su esposa dijo que el año transcurrido en la quinta presidencial fue uno de los peores de su vida, con los tanques adentro, arriba del césped, en el aniversario de su casamiento, y con varias noches padecidas en el último peldaño de la escalera del chalet, llorando de angustia al ver cómo la casa se llenaba de uniformes militares.
“Mami no quería ir a la quinta de Olivos. Nosotros estuvimos dos meses y medio viviendo en un departamento de la calle Tronador. Papi tampoco quería ir a Olivos. Hasta que un día un vecino le comentó a mami que los custodios estaban durmiendo en la calle. Ahí fue cuando se decidieron a ir a la residencia.”
¿Cómo fue aquel año de gobierno de Guido en la intimidad de su familia? Su esposa lo recordó así: “Pepe fumaba un cigarrillo tras otro y, siendo presidente, llegó a los cuatro paquetes diarios. Un día en la quinta le bajó la presión a dos por los problemas que había en el gobierno. Yo le decía que se hacía mucha mala sangre inútilmente, porque nadie se lo iba a reconocer. Pero él me decía: ‘Purita, no me digas eso, por favor. ¡Alentame! ¡Ayúdame!’. ‘Yo te ayudo todo lo que quieras’, le respondía, ‘pero te vas a hacer mala sangre inútilmente’”.
“En ese año de gobierno no hubo nada bueno para contar. Desgraciadamente fueron todas malas. Lo viví muy tensa, muy nerviosa. En la época de los Azules y los Colorados estaba preocupada por mi esposo y por mi hijo, que estaba en el Liceo Naval, que habían amenazado con bombardear. Llevaba en una libretita la cuenta de los planteos militares que había tenido que soportar mi marido: en total fueron veintiuno. ¡Veintiuno! ¿Quién puede soportar algo así sin dañarse la salud? Cuando entraban los militares a la quinta, yo me quedaba sentada en la escalera que iba para las habitaciones. Ahí nadie me veía y podía ver todo. Pepe andaba todo el tiempo con una perrita al lado. Se llamaba Diana. La había encontrado mi hijo cerca del cine de la quinta. Cada vez que Pepe salía a caminar con los militares por el parque, la perra lo acompañaba. Cuando veía botas, se les ponía en el medio y les gruñía... ¡era una perra con espíritu democrático!”.
Los militares golpistas aceptaron a Guido, que acabó siendo un mero fantoche: clausuró el Congreso e intervino todas las provincias. De ese modo, asumió los poderes ejecutivo y legislativo, con la supervisión de las Fuerzas Armadas, que se reservaron el derecho de removerlo. Era una dictadura de saco y corbata. Pero el gran desafío de la hora era regresar a la corrección de la democracia formal convocando a elecciones. Sin el peronismo, por supuesto, que seguía proscripto, aunque existía otra vía partidaria por donde podían llegar sus candidatos: la Unión Popular, un partido fundado a fines de 1955 por Juan Atilio Bramuglia (ex ministro de Relaciones Exteriores de Perón), para darle una alternativa política. El gobierno de Guido, sin embargo, le impidió a la UP presentar candidatos a presidente, a vice y a senadores.
El 7 de julio de 1963, finalmente, se habían llevado a cabo las elecciones presidenciales. El peronismo seguía proscripto. Ganó la fórmula de la Unión Cívica Radical del Pueblo, que encabezaban Arturo Illia y Humberto Perette, con el 25,15% de los votos. Unos puntos más que el 18,82% que votó en blanco. ¿Quiénes pusieron el sobre vacío en las urnas? Los peronistas puros. Esa vez no hubo que apretarse la nariz con los dedos para votar por un candidato no peronista, como ocurrió con Frondizi, en 1958. Ninguno obtuvo (y quizá tampoco buscó) la bendición del líder, que para entonces residía en Madrid, aunque no todavía en la luego famosa quinta Puerta de Hierro. Ni siquiera el ex gobernador de la provincia de Buenos Aires, el combativo Oscar Alende, apodado el Bisonte porque no dudaba en llevarse puesto a quien se pusiera delante sin importarle si era más o menos poderoso. Alende fue a las elecciones al frente de la lista de la Unión Cívica Radical Intransigente, ya debilitada luego de la escisión del frondizismo, que se corporizó en un nuevo partido, el Movimiento de Integración y Desarrollo (MID).
También se anotó aquella vez en la carrera presidencial una de las cabezas del golpe del ’55, el general retirado Pedro Eugenio Aramburu, quien había fundado su propio partido político, Udelpa o Unión del Pueblo Argentino, todo un mensaje. El ex presidente de facto, si bien era odiado por los peronistas, todavía despertaba simpatías en un sector de la población. Se había travestido en un señor mayor de traje y corbata, tolerante, de palabra firme y segura, lo que lo diferenció de la imagen súper gorila que tenía y tuvo hasta el último de sus días el almirante Isaac Rojas, coautor del golpe. Aramburu jugó bien sus cartas y por eso obtuvo la nada desdeñable suma de 728 mil votos, lo que significó un 7,50 % de los sufragios. Un número importante si se considera que representa un tercio de los votos que obtuvo la fórmula ganadora.
Transcurrido el acto electoral, los Azules y muchos políticos estaban convencidos de que se daban pasos firmes hacia la desperonización. No pensaban lo mismo los muchachos de la Resistencia, aunque temían que el pueblo terminara aceptando ese camino: que acabara aturdido con tanto ruido de botas, aterrorizado con tantas amenazas, harto de proscripciones y censuras. Sentían la urgencia de hacer algo. De mandar una señal clara y unívoca: “¡El peronismo no ha muerto!”. Por eso las paredes de la ciudad se llenaron con el graffiti de la “P” adentro de la “V”. O la frase “Perón vuelve”. Pero eso no bastaba. Hacía falta algo bien grande que llamara la atención de la opinión pública. Por eso, el sable.
 
Fuente: Miradas al Sur

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