sábado, 12 de junio de 2010

"CADA DÍA MUERE UN CHICO POR EL PACO"



Entrevista al Dr. Grimson presidente de la Fundación de Prevención Social




Entrevista a Ricardo Grimson “Cada día muere un chico por el paco” Especialista en salud mental y titular de la Fundación de Prevención Social, es un profundo conocedor del drama de la droga en la juventud argentina. Reclama acciones preventivas urgentes y destaca el rol de las madres organizadas y la importancia de la solidaridad social, expresada en los voluntarios, para enfrentar este flagelo. Por Magdalena Ruiz Guiñazú Padre Pepe. Elogia el trabajo del cura de la Villa 1-11-14 para rescatar a los jóvenes de sus adicciones. “Tiene una visión muy comunitaria. Es muy respetuoso de la gente que vive allí, a diferencia de aquellos que dicen ‘los de la villa son todos narcos’.” El tema de la droga, y el paco en especial, está marcando toda una generación en la que abundan los adolescentes. Todos los días, a través de la función periodística, tomamos contacto con hechos terribles cuyos protagonistas son particularmente jóvenes y, a lo largo y a lo ancho del país, la situación parece expandirse con una celeridad que espanta. Por eso buscamos la mirada y el pensamiento del doctor Ricardo Grimson que, a lo largo de muchos años, ha dedicado su vida a la salud mental.


—Nos han impresionado, Dr. Grimson, los datos del Observatorio de Adicciones que depende del Ministerio de Desarrollo Social de la Ciudad de Buenos Aires. Ellos han tomado como testigos las guardias de los hospitales Penna, Piñero, Alvarez y Santojanni y nos encontramos con una estadística impresionante, como es un 14% de atención a personas que han sufrido algún problema de salud por consumo de drogas. ¿Es así? —


Sí, sí. Nosotros en la Fundación de Prevención Social hemos hecho, durante los últimos veinte años, estudios parecidos. Relevamos casos del Hospital Fernández, el de San Isidro, el de Vicente López y el Policlínico de Lanús. También tenemos cifras del 14% para sábados y domingos y un promedio menor en la semana. Pero es cierto: la demanda supera todo lo que se pueda estar haciendo (y creo que es poco) para enfrentar este tema. Es justamente lo que dicen las Madres del Paco, que ha dejado de ser un fenómeno porteño para convertirse en un hecho que abarca a todo el país. Fíjese que en Tucumán (donde se las llama Madres de la Esperanza), en Corrientes, en Formosa y en Jujuy encontramos cantidades enormes de madres que reclaman asistencia “suficiente”. Es decir asistencia proporcional a la magnitud del problema. Justamente el eminente doctor Miroli, que fue subsecretario del Sedronar y es especialista en sida, puso el acento en la prevención y el tratamiento. Yo he trabajado varias veces con él y es alguien que viene haciendo prevención (como muchos de nosotros) en los últimos treinta años. Ya entonces preveíamos que este desborde nos estaba acechando. Miroli dice: “Es cierto que Tucumán no tiene las camas necesarias para responder al problema”.


Entonces, si esto se ha planteado y exigido, si hay marchas los días jueves de las Madres del Paco que insisten en su reclamo, es importante que la Presidenta las reciba. Es importante que la Presidenta sepa que, todos los días, en nuestro país, se muere algún chico por el paco. Y esto es mucho.


Mire, las cifras que llegan al hospital son, con respecto a la demanda real, una distorsión. Es decir, estamos hablando del reducido sector que puede llegar hasta el Hospital Fernández o el Hospital Piñero. Pero si yo estoy en la Villa 1-11-14 o en la Villa 31 veo, por un lado, a chicos fumando reclinados contra una pared y, por otro, a la Policía mirando a los chicos que fuman paco. Es casi como si estuvieran custodiándolos, y lo peor es que no es para que no fumen sino para que no molesten.


—Y para que, así, entretenidos, no causen problemas. —


Sí, y además compran paco a la vista de todos. Este paco, que es una sal que se logra en el procesamiento de la hoja de coca, hace a la cocaína.


—¿Cómo, una sal…? —


Es una sal en el sentido de que se juntan un ácido y una base. Es un sulfato de cocaína. Le explico: lo que nosotros conocemos como cocaína simplemente es el clorhidrato de cocaína. Y el pasaje del sulfato, pasta base, a clorhidrato es de laboratorio. Yo creo que hay demasiados problemas con los precursores químicos necesarios y con la necesidad de instalar en el país grandes laboratorios complejos que pudieran producir el pasaje del sulfato al clorhidrato. Eso necesita laboratorio, mucha agua a disposición y efluyentes que lleven los deshechos a un río o algo por el estilo. Pero los laboratorios se pueden detectar. Entonces, la comercialización de la pasta base ha aparecido como un recurso que evita el laboratorio. Fíjese que, por ejemplo, en la selva colombiana las FARC hacen la custodia de los grandes laboratorios y es muy difícil que sean detectados porque ellos sí cumplen con el pasaje del sulfato al clorhidrato. Así se produce la cocaína como polvito blanco. Nosotros, en cambio, producimos una especie de chicle gigante que se fuma con tabaco y que es mucho más nocivo porque está contaminado con todo tipo de cosas: restos de productos químicos dañinos para el cerebro. Y la pasta base es aún más nociva que la cocaína misma.


—Cuando usted mencionaba recién a la Villa 1-11-14 recordé que en el informe del Observatorio de Adicciones mencionan que el hospital más cercano es el Piñero. ¿Es cierto que allí se encuentra la mayoría de los casos?


Sí, es el hospital que recibe más casos porque ésa es la villa más comprometida por la presencia del narcotráfico. A la vez, es la villa donde está instalado el padre Gustavo Carrara, que pertenece a los curas villeros. Son personajes muy singulares. El padre Pepe es una persona maravillosa. Hace 11 años que vive en la Villa y estos curas villeros no son visitantes de fin de semana. Están a disposición, todo el mundo los conoce, están allí todos los días y el padre Pepe ha sido amenazado reiteradas veces por su prédica en contra de las adicciones.


—¿Amenazado por los narcos? —


Claro. Además, se conocen porque también ellos son habitantes de la villa. El padre Pepe tiene una visión muy comunitaria, es muy respetuoso de la gente que vive allí. A diferencia de lo que dicen otros –“… ¡los de la villa son todos narcos..”–, el padre Pepe dice que eso es mentira, que a las 6 de la mañana la mayor parte de la gente de la villa sale a trabajar hacia sus ocupaciones legítimas. Algunos quedan y son los que están vinculados con el narcotráfico. El padre Pepe instaló un centro de tratamiento en el cual se presenta una primera dificultad: ¿cómo hacer para que el chico llegue hasta el tratamiento? Entonces, el padre contrató a un taximetrero que vive en la villa y, una hora antes de su salida habitual, como conoce a todos los chicos, va, lista en mano, a buscarlos a su casa para llevarlos hasta el centro de tratamiento que, como le decía, está dentro de la misma villa.


—Es admirable que el padre Pepe haya construido ese centro dentro de la villa. —


Es un emprendimiento fantástico porque no mandan al chico fuera de su ámbito. Cuando fui a visitar el centro, le pregunté al padre si dejaba el auto alejado de la villa. “No –me dijo–, porque ahí te lo van a robar, Entrá a la villa y dejalo en la puerta de la parroquia. Allí no lo va a tocar nadie.” Esto significa que hay un respeto por el padre y es una respuesta del respeto que él les dispensa a los villeros.


—Parece una obra admirable.


Realmente lo es porque él ha formado un grupo de unos 15 sacerdotes que, a diferencia del proceso de diferenciación de la Iglesia respecto a los tercermundistas de la década del 70, ha sido reconocido por una vicaría y me parece que, con esto, la Iglesia ha dado un paso gigantesco en su significado. Es decir, reconocer a los curas villeros como sacerdotes iguales a los demás. Me parece que esta circunstancia y la tarea del Episcopado Nacional y de los laicos en la Comisión Justicia y Paz es muy importante. Fíjese que consiguieron (unos minutos antes de la medianoche del 10 de diciembre de 2009, minutos antes de cerrarse el Congreso) que se votara la ley de prevención escrita por la Comision de Justicia y Paz. Esta ley debe ser implementada para capacitación de docentes, preceptores, maestros y alumnos. Y, por supuesto, debe ser puesta en práctica porque dice: “… no podemos esperar a que la demanda de asistencia nos urja a hacer algo. Tenemos que actuar ya porque la prevención se hace hoy o no se hace…”.


—En general, el cuadro que se presenta del chico adicto al paco lo muestra sin escolaridad, sin una familia estable. En una palabra… si llega al hospital, llega en soledad. ¿Es así? —


Solo o en compañía de alguien que se ocupa del traslado. Nosotros hemos trasladado a muchos chicos intoxicados. Por ejemplo, mi trabajo en Vicente López se desarrolló en el centro de prevención del Municipio y allí, por ejemplo, tuvimos un caso en el que un enfermero llevó a un chico al hospital. Durante la internación fue asistido por una psicóloga hasta recuperarse. El chico entró allí tembloroso y casi convulsivo. Luego, engordó y se hizo de muchos amigos dentro del hospital. Cuando recibió el alta, la psicóloga lo llevó en su coche hasta la villa y, al verlo, la madre lo rechazó.


—¿Cómo lo rechazó…? —


Mire, le dijo lo siguiente: “Después de diez días de ausencia, vos me debés 300 pesos. Sabés muy bien que tenés que traerme 30 pesos todos los días. Lo mismo que hacen tus hermanos. Así es que andate y traelos”. La psicóloga casi se descompuso y luego vino, llorando, a contarme esto. No podía creer lo que había oído y la escena de rechazo que había presenciado. En fin, en la villa hay gente fantástica y hay otra que no es fantástica, como en todos lados. Tenemos que pensar también que esa madre quizás está acosada por la necesidad de sobrevivir manteniendo a sus hijos, ha cambiado dos o tres veces de pareja y que si no aporta una determinada suma, su marido la golpea. Son situaciones de mucha violencia. Algo casi inimaginable desde afuera de la villa.


—¿Qué se hace entonces? —


La villa genera una situación de marginación que llega a ser exclusión. Uno puede ser marginado en un barrio pobre, en los límites. Pero las villas ya trascendieron ese margen y, aun cuando haya gente que tenga ocupaciones, la mayor parte cuenta con trabajos golondrina. Son trabajos parciales desempeñados cuando “hay” trabajo. No son tareas fijas ni tienen, obviamente, obra social. No tienen nada. Y muchos de los chicos de las villas son rechazados por las escuelas que les corresponden. El padre Gustavo Carrara dijo el otro día que en la 1-11-14 faltan tres escuelas. Cuando los chicos se presentan en una escuela, por su dirección, los docentes detectan en seguida su procedencia y no los tratan igual que a los demás. En esta sociedad nuestra tenemos a veces esa cosa de creernos miembros de alguna realeza que nos diferencie de nuestros hermanos Y, por supuesto, no es así.


—Pero hay escuelas en las villas. —


En algunas. Pero si en la 1-11-14 faltan tres es porque no dan abasto para tomar a los chicos. Cuanto más grande sea la distancia que separa la escuela de su vivienda, camino de la escuela lejana va a tener más distracciones, le va a gustar vagabundear por la ciudad y va a terminar abriendo, por algunas monedas, las puertas de los taxis en la plaza Constitución. Allí encontrará prostitutas, travestis, homosexuales o lo que sea. Estamos entonces en una situación de sobrevida. La vida es un intento de sobrevida y a veces falta techo o abrigo o comida y, casi siempre, trabajo. Yo disiento con Filmus en muchas cosas aun cuando lo admiro académicamente, pero una vez dijo una frase que me pareció lapidaria e inteligente: “La división de clases en la República Argentina no se da entre clases sociales diferentes. Se da entre los que terminaron la primaria y los que no la pudieron terminar”. Hoy día, no terminar la primaria es una condena de por vida. Y no es una condena que se solucione en la adultez. Es una condena que no tiene solución.


—Desde ya. Si pensamos que un cadete y, mucho más, una cajera de supermercado tienen que saber obligatoriamente computación, advertimos que es indispensable que tenga la primaria aprobada. —


Hoy, cuando un chico se presenta para un trabajo no le preguntan si sabe computación sino qué programas maneja. Pero fíjese que siempre nos hemos encontrado con situaciones límite.Las cosas, en este campo, nunca son fáciles. Por ejemplo, en la Intendencia de Vicente López, en la que trabajé de 1985 a 1995, inspirados en la Intendencia del Dr. Sanguinetti utilizamos una casa que era una herencia vacante.


—¿Qué significa exactamente? —


Es una casa que no tiene dueño. En este caso, el dueño había fallecido y, a través de la Inspección de Personas Jurídicas de la Provincia de Buenos Aires, conseguimos esa casa, la arreglamos con el apoyo de algunos empresarios, arquitectos y albañiles. Y organizamos un centro en el que en 1995 se inscribieron 800 chicos.


—¿Se inscribieron básicamente para qué? —


Para participar en actividades espontáneas extra colegiales. Desde campamentos hasta aprender a jugar al ajedrez. Desde hacer teatro hasta actuar como mimos. Dibujar y ayudar a los chicos de la calle en sus tareas escolares. Trabajar en los comedores gratuitos de la Municipalidad. Luego, el intendente consideró oportuno (por una razón de política local) cambiar la dirección del centro y con ese cambio el centro se fue desarmando y desperdigando. Hoy ya no existe. Una verdadera lástima porque fue el primer centro municipal creado en el país con la intención de prevención de drogas.


—Y actualmente usted dirige la Fundacion de Prevención Social. —


La fundación fue creada más o menos en la misma época y junto a Ezequiel Holmberg, que estaba en la Fundación Cedro (subsidiaria de la Fundación Antorchas), trabajamos durante muchos años en casi todas las provincias del país con un recurso de movilización comunitaria que se llama Jornadas de Participación Comunitaria. Eso significa, por ejemplo, que en el Colegio Católico de Escobar convocamos (con la anuencia de la Intendencia) a 400 personas: 300 eran estudiantes, cincuenta docentes y cincuenta representantes de organizaciones de la comunidad. Todos trabajaron en talleres que pasaron del tema “¿Cómo me afecta a mí la adicción?” a “¿Cómo afecta a los que tengo a mi alrededor?”. Y también “¿Cómo afecta esto a nuestra comunidad?”. Hicimos entonces una asamblea con los representantes de las organizaciones comunitarias, que les ofrecieron a los chicos que querían hacer teatro o cerámica los espacios necesarios para desarrollar estas actividades. Por ejemplo, los espacios de la Fiesta Nacional de la Flor, que no se utilizan durante el año. Comenzaron entonces con una acción muy apoyada por el Municipio de Escobar pero los municipios son muy sensibles a las presiones políticas, donde se considera que estas actividades son innecesarias y cuestan plata. Por supuesto que lo que se estaba haciendo no costaba nada. La Fundación Antorchas nos ayudó y esta iniciativa movilizó tanto a la gente que a los treinta organizadores nos dieron albergue en la Asociación Cristiana de Jóvenes de Matheu. Ellos nos abrieron sus dormitorios para que pudiéramos pasar la noche, la gente de la Fiesta Nacional de la Flor apoyó tan calurosamente el proyecto que, al año siguiente, el segundo grupo que se constituyó en Escobar ganó el segundo premio en el desfile de carrozas. Pensemos que se trataba de chicos de doce o trece años. Y estas acciones de promoción de la salud le dan identidad al joven, que termina de ir al colegio a mediodía y tiene la tarde libre. Estas iniciativas no solamente ocupan el tiempo libre sino que dan una perspectiva de aprovechamiento y terminan en la solidaridad social. Yo también he visto esto en Vicente López y en Salta, en Orán. Allí ocurre lo mismo que aquí.


—¿Qué pasó entonces con el emprendimiento del Municipio de Escobar? —


También se disolvió por cambios en la Intendencia, etc. Una constante, como le decía, cuando ocurren cambios políticos.


—Y ahora, en la Fundación de Prevención Social? —


Trabajamos en capacitación de voluntarios; de gente que quiere trabajar en adicciones. Debemos reconocer que tenemos el apoyo del Gobierno de la Ciudad. Este año hemos trabajado con gran éxito en la biblioteca pública de la calle Venezuela al 1500. La convocatoria reunió a más de 120 personas. Algunas fueron a la villa del padre Pepe. Otras se encaminaron hacia distintos proyectos. Eran todas personas que deseaban ser voluntarias.


—Es reconfortante comprobarlo. —


Hace muchos años, Gallup hizo una encuesta que reveló que había un altísimo porcentaje de gente con cuatro a seis horas de tiempo disponible por semana. Esa gente deseaba canalizar su tiempo libre en obras sociales pero no sabía adónde hacerlo. Desde entonces, sobre todo desde el Foro del Sector Social, al cual pertenezco, se está trabajando en la formación de voluntarios y en la canalización de acciones solidarias en todo tipo de proyectos. La puerta está abierta, entonces, para todos aquellos que dispongan de tiempo y solidaridad. La Fundación de Prevención Social funciona en Av. Belgrano 1315 y el teléfono es 4384-5190. Diario Perfil – 09/05/2010



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