lunes, 21 de junio de 2010

RADIOGRAFÍA DE LOS ARGENTINOS


Un estudio profundo sobre los argentinos del Bicentenario. Tan apasionados como prejuiciosos, tan creativos como quejosos. Cómo es el ADN de la Patria. Nuestros gustos, lo que nos apasiona, cómo nos comportamos, en qué creemos.


Por Raquel Roberti

Hay una efervescencia de fondo en la Argentina. Pequeña pero extendida y, para usar la palabra que más nos gusta, transversal: el interés por nuestra historia, la que hasta ahora no nos habían contado. Ayer nomás, una chica que no superaba los 24 años leía 1810, el último best seller de Felipe Pigna, mientras esperaba que el chofer del colectivo le abriera la puerta para bajar en su destino. El año pasado se imprimieron 2,5 millones de ejemplares del tema (tres veces más que en 2008) y en lo que va de 2010 ya salieron a la venta 800 mil. Los entendidos dicen que el deseo de conocer el pasado obedece a querer comprender el presente, a descubrir cómo somos. Así nos encuentra el Bicentenario. Pero el intento se puede hacer por otra vía, por ejemplo, siguiendo la vida de un ciudadano promedio, como si se tratara de un Truman Show local.


Perfil. Dejemos de lado por un momento las cuestiones de género y convengamos en que ese ciudadano es hombre. Es indudable que suena mejor “el tipo” que su versión femenina, y si Doña Rosa tuvo sus quince minutos de fama, ¿por qué no darle la oportunidad a Don Vicente, por ejemplo? Vicente tiene entre 40 y 50 años, está casado y tiene dos hijos. Es jefe de hogar en una familia tipo: su sueldo, de unos 3.500 pesos, es el más importante de la casa. Ya terminó de pagar el inmueble, en algún barrio del AMBA (Área Metropolitana de Buenos Aires) o alguna ciudad grande de la pampa húmeda y fértil, la misma que eligen seis de cada diez habitantes. Todavía no pudo comprarse un auto. Se casó, o empezó a convivir antes de los 25 años, con una chica de 20 que se convirtió en madre de una parejita antes de cumplir los 30, tal como ocho de cada diez mujeres.

Así pintan al argentino promedio el informe Situación de la Población en Argentina –elaborado por investigadores del CENEP (Centro de Estudios de Población) a pedido del Fondo de Población de Naciones Unidas– y la Encuesta Permanente de Hogares del Indec. Pero nuestro hombre sabe que la lucha por mantener el hogar está dividida entre mujeres y varones en partes casi iguales porque, como considera Olga Hammar, directora de la Comisión Tripartita de Igualdad de Trato y Oportunidades del Ministerio de Trabajo, “los antiguos roles del hombre proveedor y la mujer criadora ya no funcionan. Y si bien el hombre va asumiendo algunas tareas domésticas, todavía no es suficiente. No se encontró un rol igualitario, y eso incide en la cantidad de hijos. La familia argentina se va pareciendo cada vez más a la europea. El aumento en la jefatura femenina se ha dado sobre todo en el sector informal, porque la necesidad y la falta de capacitación previa ponen a la mujer en una situación de mayor vulnerabilidad”. La jefatura femenina se duplicó en los hogares de parejas sin hijos y se triplicó en los de un progenitor con hijos. En los sectores más pobres, predomina la mujer como sostenedora del hogar.

Vicente también sabe que el promedio de dos hijos por pareja se da sólo entre sus pares, la clase media, porque como dice el sociólogo Emilio de Ípola –profesor de Ciencias Sociales de la UBA, investigador del Conicet y autor de Bemba–, “es algo práctico: la mujer trabaja y no quiere tener hijos, o si los tiene, quiere que se comparta la tarea hogareña. Es una protesta por el exceso de tareas. Por otro lado, las clases altas y bajas son las que registran más descendientes, las más carenciadas no tienen medios para evitarlos y las altas quieren reproducir el apellido”.


Contigo pan y cebolla. Si más de la mitad de la población que supera los 14 años está casada o convive, y más del 90 por ciento de los nacimientos suceden en ese contexto, podría suponerse que somos familieros y formales, pero no. La psicóloga social Ana Blesa, autora de Mi teta izquierda y Una cuestión de coraje, dice que “somos caretas, la formalidad es una consecuencia. Nos vamos a vivir en pareja sólo para pagar los gastos, no por amor”. Y de Ípola coincide: “Los jóvenes buscan uniones libres, sin restricciones legales, que puedan deshacerse rápidamente y renovarse con otra persona. Por eso eligen la convivencia, es frecuente que se unan pero no por un tiempo prolongado. Es simplemente una forma de achicar gastos”. Su colega Alfredo Moffat, autor de Psicoterapia del oprimido y director de la Escuela de Psicología Social para la Salud Mental, agrega que “ser ‘familiero’ es una concepción romántica de antes, ahora las familias son chicas, la mamá es jefa de hogar y no está en su casa. El casamiento es una institución que ya no se usa. Es como el ahorro. Los argentinos no ahorran y no se casan”. Seguramente Vicente, de escucharlo, pensaría que es difícil ahorrar, si sólo la famosa canasta básica se lleva el 43 por ciento de su sueldo.


M’hijo el dotor. Por algo no le puede pagar la facultad al pibe, que ahora tiene 21 años y al igual que seis de cada diez de esa edad, está fuera del sistema educativo. Menos mal que no abandonó el secundario, porque como dice Emilio Tenti Fanfani, profesor de Ciencias Sociales de la UBA, investigador del Conicet y consultor del IIPE-Unesco, si lo hubiera hecho “es probable que pelee por empleos informales, de baja productividad y menor salario. Es equivalente a no tener el primario completo hace 50 años. Es una condición de acceso”.

Es cierto que los números indican que avanzamos en la escolarización, pero Tenti Fanfani advierte que el problema es el aprendizaje: “De los que van a la escuela, muchos aprenden cosas inútiles o directamente no aprenden. Y los que no van es porque la escuela no ofrece lo que los chicos esperan. Se expande la escolarización pero no se democratiza el conocimiento. Ir a la escuela ya no basta. El desafío es mejorar la calidad, un tema que no está en la agenda pública”.

Vicente tiene la suerte de que el pibe trabaje y no ande boyando, como otros chicos de su edad. Dos de cada diez no trabajan ni estudian, pero tiene razón Tenti Fanfani, “no es un problema de vagueza sino de estímulos. La gente que no trabaja es porque la economía del país no se lo permite y no porque no quiere”. Otro aspecto que afecta a los jóvenes es que nueve de cada diez de los que trabajan no tienen descuento jubilatorio ni de obra social, sin importar a qué sector social pertenezcan. Según Héctor Recalde –abogado especializado en derecho laboral y diputado nacional–, es consecuencia de “una sociedad que comenzó a deteriorarse en el ’76. Los chicos no ven un futuro posible porque trabajan en negro o están desocupados. Ya no se pregunta ‘en qué trabajás’ sino ‘en qué curro andás’, cambiaron los valores”.


Sí pero no. Tanto cambiaron que en cada crisis económica culpamos a los inmigrantes por el desempleo. Por un lado somos hospitalarios al recibir a nuestros vecinos de Paraguay, Bolivia y Perú, pero al mismo tiempo les endilgamos el trabajo más pesado: construcción, manufactura, servicio doméstico. “Es una clara discriminación. Nuestro imaginario colectivo, construido durante siglos, entiende que ‘lo europeo, sinónimo de erudito y civilizado’, asegura calidad y referencia, y en ese contexto eurocentrista olvidamos que los migrantes de países limítrofes son portadores de saberes, en algunos casos ancestrales y en otros, si se quiere, liberales, médicos o abogados que nos podrían aportar la misma calidad que cualquier argentino”, admite Claudio Morgado, titular del Inadi. Y agrega que somos “xenofóbicos, a pesar de que nos construimos con una mirada hacia el exterior. Pero es una xenofobia selectiva: la bienvenida no es igual con un francés que con un boliviano, y no es anecdótico. Los momentos clave en esta xenofobia son la documentación y la inserción laboral, con el fantasma impuesto desde la época de los nacionalismos extremos: vienen a quitarnos trabajo. Indígenas, personas de países limítrofes, personas africanas se constituyen así en nuestros chivos expiatorios. Más allá de la diversidad cultural que nos recorre, nuestra xenofobia, hasta incluso regional, nos atraviesa. La construcción contradictoria que hemos tenido durante estos 200 años nos lleva a entender que el desafío de reconstruir la mirada sobre la identidad nacional es enorme”.

A Vicente le gustaba pensarse como producto del famoso “crisol de razas”, europeo, claro. Pero Morgado le aclara que “ese crisol, rico y maravilloso, estaba pensado desde una diversidad selectiva: la idea romántica de los abuelos europeos, descendiendo de los barcos, creando una patria. En la década del ’70 se revalorizó la idea, cuando el indigenismo empezó a ser mirado desde un lugar de aporte constructivo. Hoy deberíamos pensar en un crisol como la comprensión de todas y cada una de nuestras diversidades culturales y sexuales, porque raza hay sólo una: la humana, con toda su riqueza compleja”.


Ocio creativo. No arreglamos la casa ni levantamos paredes, pero que somos trabajadores lo sabe nuestro hombre genérico, que cada año espera sus quince días de vacaciones en alguna playa de la costa atlántica o, en ocasiones, las sierras cordobesas. En esos días, logra distenderse y disfruta de leer, aunque a duras penas alcanza a cinco libros por año. Vicente lee de todo un poco, algo de Paulo Coelho, algo de Gabriel García Márquez, quizá Dan Brown, Mario Benedetti o Isabel Allende. Su mujer y su hija leen más, al menos durante el año; cuando vuelve del trabajo, él prefiere encender la tele y mirar algún noticiero, distraerse con el Showmatch de Marcelo Tinelli, como sucede en otro millón de casas, o mirar algún programa deportivo.


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