viernes, 11 de junio de 2010

EDUCACIÓN EN LAS FÁBRICAS RECUPERADAS


LOS BACHILLERATOS ESTÁN INSPIRADOS EN LA EXPERIENCIA DEL PEDAGOGO BRASILEÑO PAULO FREIRE.

Un nuevo movimiento educativo", así definen al proyecto Ariel Alfiz, Fernando Lázaro y Héctor Dugour, coordinadores del bachillerato popular de la fábrica recuperada "Maderera Córdoba", uno de los 20 que existen entre Capital y Conurbano.

Inspirados en el legado y experiencia del pedagogo brasileño Paulo Freiré, los docentes de los bachilleratos populares proponen cambiar de raíz la política educativa tradicional. Para ello todas las decisiones se toman en asamblea, y en sus aulas, coordinador y estudiantes se sientan en círculo. Así buscan romper con la lógica en la que hay un maestro que da clases magistrales mientras el resto mira sentado. Para Lázaro, la educación popular es una posición filosófica.

"Enseñamos el desarrollo de la burguesía, la formación de la cultura dominante y la historia del trabajo. Partimos de una mirada desde las organizaciones sociales", apunta Lazara.

"Nosotros no confrontamos con la escuela pública sino que ocupamos un espacio del que el Estado se retiró que es la formación del sujeto joven adulto", advierte Alfiz. En la definición de ese sujeto difieren de los cánones tradicionales que lo ubican en las personas mayores de 18 años. "Una chica de 15, con dos hijos que vive en un hogar es, para nosotros, un joven adulto. Su realidad es muy distinta a la de cualquier otra mujer de su edad", agrega Alfiz. Y remarca que lo más probable es que haya sido excluida del sistema educativo tradicional. Para poder acompañar la diversidad de personas que conforman el universo joven adulto, las clases cuentan con tres profesores por materia.

"Tenemos estudiantes de 17, 45 y 60 años. Los ritmos de trabajo son distintos y las tácticas pedagógicas también" apunta Lázaro. Rechazan la evaluación escrita y el proceso de aprendizaje dura tres años. Rechazan la división en módulos. "Si a una persona de 50 años, que ya fue excluida del sistema educativo, se le toma un examen a las tres semanas de haber empezado es probable que se saque una mala nota, y eso, es volver a excluirla", apunta Alfiz. Los modos de evaluación son trabajos prácticos y proyectos de investigación.

Acusan a la educación tradicional de tratar a los estudiantes como víctimas. "Esto es una construcción colectiva, tenemos metas y hay que cumplirlas", dice Hernán Dugour quien tiene 56 años y egresó del bachillerato en el que ahora enseña.

El primer bachillerato popular surgió en 1998. Sin embargo, el reconocimiento oficial por parte de las autoridades educativas lo obtuvieron a fines de 2007 para los de provincia de Buenos Aires y en marzo de este año los de Capital Federal. Los tres reconocen que el primer motivo por el que se acercan los estudiantes es para conseguir un título oficial por la salida laboral ya que desde fines del año pasado obtuvimos el reconocimiento oficial para otorgarlo" explica Hernán.

Relata que hay estudiantes que vienen de villas, casas tomadas y hogares transitorios. Y entienden que, para ellos, conseguir trabajo es fundamental, pero quieren ir más lejos. "La escuela no es para adaptarte a la sociedad y conseguir un trabajo, se trata de que se pregunten cómo funciona la sociedad para transformarla participando", asevera Lázaro. Con orgullo cuenta que la mayor parte de los egresados logran seguir carreras universitarias que las más elegidas son como trabajo social, psicología social o letras.

La principal demanda que tienen hoy es que, el reconocimiento que lograron para otorgar títulos oficiales, se traslade a lo económico. Los 280 docentes que trabajan en la coordinadora de bachilleratos populares no cobran sueldo.

También exigen que se efectivicen las becas para los mil alumnos que estudian en el conjunto de los bachilleratos populares. Éste año recibió becas sólo el 25 por ciento del total matriculado. Pero las elementales demandas no cambian el ánimo de comunicar la experiencia. El sentido común que linealmente asocia adolescencia con pobreza y violencia, es otro de los puntos que desafían.

"Acá no tenemos violencia en el aula", dice Alfiz. Al respecto, Lázaro cuenta una anécdota: "Hace poco, en una asamblea, se decidió que era peligroso fumar en el edificio y yo consumo 60 cigarrillos por día, pero tengo que respetar la decisión porque fue tomada democráticamente". Y asegura que cuando algún estudiante se extralimita son los propios compañeros quienes lo paran. "Este es nuestro espacio y tenemos que cuidarlo. Nos han excluido de muchos lugares y no vamos a destruir la escuela", apunta Dugour. La mayoría de los bachilleratos populares de la ciudad de Buenos Aires funcionan en casas cedidas por empresas recuperadas.

"Como no tenemos presupuesto, el mantenimiento lo hacen los estudiantes y profesores. A diferencia de otros lugares, acá los estudiantes se quedan después de horario ordenando. En las vacaciones hemos pintado gran pare del edificio y arreglamos los bancos que se dañan por el uso", agrega Dugour. El crecimiento de la propuesta se plasma en que calculan que para el año que viene habrá 14 bachilleratos populares más, sumados a los 20 que hoy existen. Además reciben llamados desde varios puntos del país para ir a contar su experiencia. "Es cierto que crecer puede traer más complejidad y contradicciones pero asumimos ese riesgo. Si nos quedamos encerrados donde estamos sería perder toda nuestra concepción de construcción popular", dice Lázaro.

Por Demián Verduga

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