domingo, 13 de junio de 2010

ES DIFÍCIL SER JOVEN EN AMÉRICA LATINA


Bernardo Kliksberg


En la mayor parte de América latina existe un proceso social silencioso de discriminación, “el accidente de nacimiento”. Si un niño nace en un área pobre urbana, o en una zona sumergida rural, sus padres son de limitada instrucción, e ingresos reducidos, vive en una vivienda hacinada, y el acceso a bienes culturales es casi inexistente, las cartas estarán marcadas. Habrá muchas posibilidades de que tenga déficits de nutrición, y salud precaria, y en edad temprana pueda verse obligado a formar parte de la llamada mano de obra infantil. Por más empeño que ponga trabajando, con restricciones económicas severas, y con una familia que con frecuencia se desarticula bajo la pobreza, será parte de la casi mitad de los jóvenes que no termina el secundario.


Sin secundario completo, no podrá conseguir trabajo de ninguna índole en una economía formal en donde las empresas exigen diploma de secundario para tomar a alguien. Tendrá que subsistir en la informalidad, en trabajos precarios, sin protección social ni seguro de salud. Muchos jóvenes pobres no constituirán familia no por no quererlo sino porque no ven posibilidades de trabajo, vivienda, ni futuro. Si la constituyen habrá probabilidades de que se reproduzca el mismo círculo perverso. Políticas públicas vigorosas y el apoyo de la sociedad pueden erradicar el “accidente de nacimiento”.


En los ’90, las políticas practicadas en el país fueron las opuestas, llevaron a la exclusión severa de la gran mayoría de la población de la economía, y arrinconaron especialmente a los niños y adolescentes. A fines del 2002, casi el 75 % de los jóvenes estaba por debajo de la línea de la pobreza.


La situación ha mejorado, pero los desafíos abiertos son muy importantes.
Cuando acorralados, algunos de los niños y adolescentes marginados caen en el delito, se levanta un coro implacable. Serían “niños perversos”, no productos del accidente del nacimiento. El circuito se cierra, no tuvieron alternativas desde el inicio, y desde la “mano dura” se los condena a ir cuanto antes a la cárcel. Cuando salen de ella, las posibilidades de que consigan trabajo o inserción son totalmente remotas. Sin embargo, la condena será total si reinciden. En USA, se aprobó por unanimidad hace pocos años la Ley de la Segunda Oportunidad. Establece que el Estado debe darles a los jóvenes que salen de la cárcel toda la asistencia para insertarlos social y laboralmente. Se vio que más de una tercera parte de los que salían reincidían en los tres años siguientes. Se concluyó que era más ético, y barato, insertarlos que el camino represivo.


Es posible cambiar totalmente estas trampas sin salida. La sociedad argentina lo ha demostrado. Cáritas, la Red Social, la AMIA, y muchas otras han cambiado la vida de muchos niños.


Los esfuerzos de la sociedad civil son valiosísimos pero no bastan. La política pública es fundamental. Es la única que puede terminar con el accidente del nacimiento. Se necesita asegurar salud, y la educación para todos, apoyar las familias pobres para fortalecerlas como núcleo familiar, generar trabajo y espacios de inserción para jóvenes excluidos.


Es notable la respuesta que obtuvo un programa del Ministerio de Educación que convocó a que los que no terminaron la secundaria se prepararan para rendir las materias pendientes con su apoyo, y la gran receptividad que ha tenido el Programa de subsidio universal a los niños hijos de trabajadores informales.


Las sociedades latinoamericanas serán juzgadas el día de mañana, en primer lugar por el trato que dan a sus niños. A muchos de ellos hoy no sólo se les está quitando el derecho a la infancia, sino que además los estigmatiza. Un sacerdote brasileño, Cesare de la Rocca definió bien la situación. ¿Por qué la sociedad los llama “niños de la calle”? No son tales, no están en la calle por su voluntad, son niños excluidos por la sociedad, que los ha echado a la calle.

Es hora de dejar de inventar mitos para racionalizar la mala conciencia, y estar junto a ellos

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