lunes, 14 de junio de 2010

DEL CAVERNÍCOLA AL MANIPULADOR






El mundo ha cambiado y las prácticas patriarcales del macho generan un sano rechazo. sin embargo, las pequeñas escenas de la vida conyugal demuestran que aquellas costumbres, sólo mutaron de aspecto y forma.

El gran William ya lo sabía: a las fierecillas hay que domarlas. En The taming of the shrew, el señor Shakespeare ejerce su cátedra, como siempre, en relaciones de poder aunque el tono sea la comedia y la época, finales del siglo XVI. El mundo cambió pero su genio se mantuvo intacto. Y a pesar de los maquillajes, algunas prácticas, también.



En las civilizadas sociedades occidentales, la versión oficial señala que el hombre de Neanderthal hace rato que no existe. No obstante, multitud de voces demostrarían que si bien oculta la desnudez a la luz del día, muestra los dientes cuando se siente amenazado en las puertas de su cueva.



Ningún varón que quiera mantener la chapa de políticamente correcto declarará en contra de la paridad de los géneros, el reparto de las tareas domésticas y la paternidad responsable. Pero en la letra chica del contrato de pareja heterosexual, aparecen incrustadas trampitas, manejos gatopardistas, estrategias solapadas, procesos ilusionistas que configuran un escenario mucho más resbaladizo, donde las cosas no son lo que parecen. El nombre categórico es a elección: neomachismo, para marcar cierto aggiornamento; masculinidad tóxica, prefiere el traidor a su tribu Sergio Sinay; o, como las define Luis Bonino, psicoterapeuta y director del Centro de Estudios de la Condición Masculina de Madrid, micromachismos: “Al decir de Michel Foucault, prácticas de dominación masculina en la vida cotidiana, del orden de lo ‘micro’, de lo capilar, lo casi imperceptible, lo que está en los límites de la evidencia”.


Ellas, las quejosas. Pocos momentos de la vida conyugal son tan fértiles para la germinación y desarrollo de los micromachismos como el cansancio de todo un día de trabajo. En especial, cuando la que regresa de la ardua labor es ella y el que se quedó en casa al cuidado de los niños en edad escolar, es él. Adriana, diseñadora gráfica de 39 años, detecta aquel período de convivencia y lo etiqueta, diplomáticamente, como embudo en la relación: “Llegaba de noche, muy tarde, e inventaba algo de cena, hacía la compra del súper por internet, revisaba las carpetas de la nena, leía cuentos a la beba, la acostaba, mientras él se tiraba en el sofá a puro suspiro para, rápidamente, quedarse dormido. O sea: ni para charla de adultos daba la cosa. Lo curioso del asunto es que las discusiones, cada vez más frecuentes e instaladas en la competencia por quién era el que laburaba más, quién estaba más cansado y quién tenía más derecho a la sagrada queja, terminaban con descalificaciones de lo más tradicionales, a pesar de que reconocía siempre que sí, que él cambió pañales aunque le diera asco y se quedó de madre-padre, torciendo el modelo anticuado. ‘Estás loca’, ‘vivís quejándote de todo’, ‘no te soporto más’ y, a menudo, ‘no me digas lo que tengo que hacer’ eran las respuestas cuando se le pedía que sacara la basura o ayudara a levantar la mesa”.



Su majestad el sofá –también denominado sillón, futón, fiaca o el afrancesado chaise longue– es la manifestación simbólica contemporánea del varón en el hogar. El usufructo exclusivo de esta platea privilegiada frente al televisor y su secuaz, el control remoto, denota el injusto desequilibrio intramuros. Contrariamente a los que aseguran que los críticos de cine son misóginos, el especialista Leonardo D’Espósito reconoce con su nombre y apellido, las mañas de sus congéneres sin temor a represalias: “El control remoto es hoy el apéndice de dominación masculina por excelencia. Manejarlo es igual a tener el poder de recorrer el mundo y mostrarlo al otro como quiere. Incluso los hombres han descubierto que el comportamiento maternal se complementa perfecto con cierto infantilismo no siempre impostado (el fútbol con los amigos, la PlayStation, las películas de acción). Consecuencia, ella los mira como ‘mirálo al pavote, qué tierno’ y excusa lo que, en parte, sabemos que es la misma forma de dominación del abuelo que iba al bar de la esquina antes o después de la comida ‘y que nadie lo moleste’”.



Aquella noche Inés, sesuda profesora de matemáticas, volvía al nido después de explicar teoremas a tres cursos de estudiantes secundarios. De pronto, una feroz frenada del colectivo le provocó la iluminación fugaz de llamar, con la misma mano que sostenía los 120 exámenes que ordenaban ser corregidos para el día siguiente, al marido, padre de sus dos hijas y talentoso escritor. “Le pedí que, por esa vez, pusiera agua a hervir para tirar luego dentro de la olla unos fideos pero obtuve como respuesta: ‘No puedo hacerlo porque todavía no terminé con lo que tenía previsto escribir hoy’. Creo que el chofer escuchó mis gritos. De mala gana, el señor hizo la modesta cena. Y ante mi queja por la mala onda, me contestó: ‘¿Encima querés que sea feliz haciendo esto?’. Ahora, de vez en cuando, muy de vez en cuando, nace de él hacer la cena. Pero calculo que teme que yo un día decida hacer comida sólo para tres”.
–¡Qué rico te quedó! –acota desde otro foro, mientras mastica, la agotada Adriana: “También hay que tener cuidado cuando él decide cocinar. Cuidado, cuidado, no digas que falta sal, no se te ocurra mencionar que está aceitoso o que la lechuga había que lavarla antes. ¡Tragá todo con una sonrisa! Si no, serás sancionada duramente con una ofensa mortal”.


Mecanismos psicopáticos. Cuanto más encubierto e invisibilizado sea el micromachismo, más peligrosamente desapercibido resulta el efecto. En psicoanálisis, se los llama “mecanismos psicopáticos” a esas telarañas en que las mujeres quedan entrampadas: abuso de la capacidad femenina de cuidado, maniobras de explotación emocional, negación del reconocimiento, desautorizaciones o inexplicables imposiciones de silencio.



Leticia tiene 42 años, es decoradora de ambientes y califica como “espantosas” a las anécdotas de su ex, músico obsesivo y exitoso empresario: “Me hacía sentir que no podía moverme de mi baldosita de 30 x 30, que tenía que hacerme la muerta para pasarla lo menos mal posible porque en cuanto asomaba el dedo gordo de mi baldosa a la que estaba confinada, zácate, machetazo. El pibe no quería que le dijera nada, pero me preguntaba qué quería, y si le decía, me decía que me callara. Mi sensación era que todo cuanto dijera iba a estar mal antes de ser dicho, era como ese cartel del almacén,‘hoy no se fía, mañana sí’. Si le decía la respuesta A, me decía que por qué no había dicho B, pero la trampa era que todas mis respuestas posibles siempre iban a ser del tipo A. Desesperante”.



Para generar inseguridad en mujeres que se sienten fuertes y sin vergüenza de sus ambiciones, nada mejor que moverles el piso de la autoestima en los dos frentes que aún permanecen muy vulnerables a la mirada social: la maternidad y la seducción. “Cuando lo escuchaba hablar de sus otras mujeres, sabía que tarde o temprano así iba a hablar de mí. Las criticaba por cómo educaban a los hijos, porque no sabían ponerles límites o porque se los ponían en exceso; se burlaba porque estaban gordas pero las menospreciaba si salían a correr o a tomar clases de baile. Era el juez de todas, un amargado del que salí corriendo cuando me cayó la ficha de que con él, me la pasaba llorando. Eso sí: escondida en el baño, para que no me viera y se enojara”, cuenta Antonia, instructora de yoga y desde hace un tiempo, mejor relajada.



La inglesa Virginia Woolf escribió en la primera mitad del siglo XX que las mujeres habían servido de espejos que reflejaban la figura del hombre a un tamaño doble del natural. Pero la lupa estalló y con ella, explica Irene Meler, coordinadora del Foro de Psicoanálisis y Género, “el pacto narcisista tradicional se quebró y los varones quedaron más fragilizados”.



Nadie más frágil que los intelectuales. La periodista uruguaya Ana Laura Lissardy, autora de la novela Amarillo, mantiene tan frescos los testeos a los que era sometida por un culturoso novio, que los reciclará en Sin paraguas, su próxima historia: “Era sutil, era una mirada de desaprobación cuando decía que nunca había leído a De Lillo o que sí había leído –¡y me gustaba! ¡sacrilegio!– Kundera. Un suspiro cuando le contaba la historia de Patricia Cornwell que acababa de terminar. O una interrupción abrupta cada vez que intentaba explicar a sus amigos cosas como por qué el bendito McEwan me aburría y Tinelli me divertía”.



El cavernícola no tiene a la prensa de su lado. Puede aún movilizar a sectores de una ciudad como General Villegas o de Olavarría pero son tan groseros que se exponen impúdicos en la superficie y se los detecta a simple vista. Con los camuflados, es más complejo. Tal vez no falte tanto para que se animen, al lado de las mujeres, a mirarse juntos en el mismo espejo.




No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada