lunes, 14 de junio de 2010

HISTORIA DE DOS CIUDADES


Los días y las noches en que murió el discurso de la crispación.


Por Walter Goobar


Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto.”



Así comienza Historia de dos ciudades, la magistral novela de Charles Dickens escrita en 1859 pero furiosamente vigente 151 años después. La historia que transcurre en Londres y París antes y durante la Revolución Francesa, brotó de algún oscuro lugar de la memoria a propósito de los dos festejos del Bicentenario: el del Colón, donde un selecto grupo de exponentes de la tilinguería argentina vistió sus mejores galas por el simple privilegio de pisar la misma alfombra roja, y el del Obelisco, donde leudó una épica gesta protagonizada por dos millones de personas que durante cinco días se apropiaron de los espacios públicos y convirtieron en miniatura la supuesta avenida más ancha del mundo.



Familias de los barrios acomodados y de las villas de la Capital, hombres y mujeres que peregrinaron desde olvidados suburbios bonaerenses y de un racimo de provincias, bandadas de pacíficos adolescentes atraídos por el rock y el stand de las Madres de Plaza de Mayo, padres y madres con hijos de todas las edades dieron una inolvidable lección de igualdad, libertad y y fraternidad que decapitó el torturador relato de los medios hegemónicos.



Los eventos del Colón y de la 9 de Julio encarnan dos modelos de Ciudad que conviven en esta enorme y esquizofrénica metrópolis que recuerda y olvida según su bipolar estado de ánimo, porque en ella conviven los famosos y los olvidados, los torturadores y las víctimas, los laburantes y los ñoquis perpetuos, los corruptos y los punguistas, el rock, el tango y la cumbia villera.



Dickens era un mago en tejer e hilvanar realidades visibles e invisibles, grandes y chicas, soñadas y vividas, pero, ¿cómo retrataría ese cronista a los habitantes de estas dos ciudades que nunca estuvieron tan lejos y tan cerca como en estos días?
¿Cómo capturaría ese novelista la Ciudad de Macri y la de Cristina? Dickens tuvo la suerte de estar presente en la creación del mundo contemporáneo, de la sociedad industrial, que hoy está desplomándose. Basta mirar a España, a Grecia, a Estados Unidos, por eso vale la pena preguntarse cómo haría ese novelista –con un pasado como cronista parlamentario–, para radiografiar las ciudades que conviven en Buenos Aires sin que algunos cronistas del presente lo acusen de hacer campaña sucia?


Rabia y Lysoform. Este miércoles, para acceder a la columna de Joaquín Morales Solá en la edición digital de La Nación, había que trasponer primero un aviso del desinfectante Lysoform que según reza la publicidad “mata el 99 por ciento de virus y bacterias”. Parecía una ironía del destino. Sin embargo, el eficaz desinfectante no pudo prevenir el brote de rabia que la masiva y fraternal celebración callejera del Bicentenario descerrajó en el columnista del matutino de los Mitre y que se extendió como una peste maligna a sus colegas de Clarín y Perfil. Bajo el título “Esa obsesión por dividir y fracturar”, Joaquín Morales Solá disparó todos sus fuegos de artificio con un generoso despliegue de “grietas”, “crispaciones” y “fracturas”.
Más temeroso que si hubiese estado suspendido a 17 metros de altura, colgando de una de las grúas de Fuerza Bruta, Morales Solá cree encarnar la República cuando –a vuelo de pájaro–, pontifica sobre “las dos Argentinas que se movían aquí y allá, por todos lados. Populares artistas, aunque mayoritariamente de un color ideológico determinado, actuaron bajo la organización de los actos del Gobierno Nacional. Otros artistas, menos ideologizados, trabajaron o presenciaron el espectáculo del Colón. Hubo multitudes en los dos lados. Ni una multitud era kirchnerista ni la otra era macrista”.



Por momentos, se podría sospechar que una sobredosis de Lysoform alteró las percepciones del afiebrado columnista que sentencia: “Dividió la historia y fracturó el presente para convocar a la unidad nacional a partir de la experiencia de ellos mismos. Esa contradicción rupturista y egocéntrica de Cristina Kirchner chocó ayer, sobre todo, con una sociedad que se encontró con una razón de la existencia nacional y que se volcó masivamente a las calles”.



En la puntillosa columna publicada en Clarín, Eduardo Van Der Kooy repasa presencias y ausencias oficiales y opositoras en todos y cada uno de los actos realizados a puertas cerradas para ensayar un curioso ejercicio de alquimia electoral, pero omite en su análisis sacar conclusiones de la movilización de dos millones de personas que ni siquiera fue principal título de tapa del “Gran Diario” argentino.



Por supuesto que los cuestionamientos del multimedios convergen en la ausencia de CFK en el Colón. Más allá de los motivos formales o protocolares que la tienen sin cuidado, nadie argumenta por qué la Presidenta debería haber conferido legitimidad al frívolo y desafinado concierto de los crispados, en lugar de contonearse al ritmo de la maravillosa música de las multitudes.



Recién el jueves 27, el aletargado editor general de Clarín, Ricardo Kirschbaum, se anotició de que “la multitud que se reunió en el Paseo del Bicentenario fue la más grande de la historia argentina”. En una sobreactuación destinada a disimular lo que el diario y el multimedios se habían negado a ver y aceptar durante seis días, Kirschbaum reconoce que “los argentinos que fueron a la avenida 9 de Julio superaron, también, a aquellos que fueron a saludar a Alfonsín el día de su asunción o los que escucharon desangelados las Felices Pascuas de 1987”. Así, la plana mayor del multimedios que se había atrincherado en el Teatro Colón, se recuperó del síndrome de la alfombra roja. A nadie le caben dudas que todo el festejo tuvo la impronta de Cristina Fernández de Kirchner. Con la ayuda de Fuerza Bruta, CFK reescribió y resignificó parte de la Historia nacional dotándola de nuevos contenidos y de una nueva estética profundamente federal, argentina y latinoamericana.


Un nuevo relato épico. Cristina demostró un especial entendimiento de lo popular sin caer en el populismo, del patriotismo sin patrioterismo. Se trata de la construcción de un nuevo relato épico que no necesita batir cacerolas, ni el redoble de los bombos ni la iconografía clásica de agrupaciones políticas, pero que permite a la gente apropiarse de manera colectiva de su propia Historia.


Vale la pena preguntarse: ¿Qué otro Presidente hubiese tenido la osadía, la temeridad o el desenfado de confiar a un grupo de teatro alternativo y desconocido para las grandes multitudes, uno de los eventos clave del festejo del siglo?
Sólo la imaginación de Charles Dickens podría concebir cómo hubiese sido esta conmemoración en manos de algunos ex presidentes como Carlos Menem, Fernando de La Rúa o Eduardo Duhalde. En lugar de Fuerza Bruta, la Historia hubiese sido interpretada por las secretarias de Gerardo Sofovich, las tropas del Comando Sur, el grupo Sushi o la maldita policía bonaerense.



Tampoco es necesario hacer demasiada futurología para imaginar cómo hubiese sido la conmemoración del Bicentenario en manos de un chico rico inclinado a las prácticas sucias de la política, a la que juega sin talento y sin escrúpulos, por lo que tarde o temprano tendrá que saldar cuentas con la Justicia.



O cómo hubiese sido el festejo en manos de otros aspirantes al sillón de Rivadavia como un vicepresidente que hace de la traición la regla de oro de la ética política, o de un multimillonario colombiano que sueña con hacerse de las manos de Perón en una subasta clandestina, un corredor de fórmula uno que nunca pone primera, un senador cordobés que trasciende por su humorismo, una diputada chaqueña que sufre de delirios místicos.
“En una palabra” -escribió Dickens hace tan solo 151 años-, “aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en qu e, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo”.

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