lunes, 21 de junio de 2010

VOLVER A EMPEZAR


Una institución de gestión social se hizo cargo de la enseñanza a pobladores rurales porque la provincia no tiene un programa oficial. Cómo es un día de clases.


Por Luciana Malamud

Son las 8 de la mañana. El sol todavía no calienta pero el cielo está claro y el verde de las montañas es bien intenso. La camioneta está lista y las docentes se preparan para una larga jornada por caminos de tierra y parajes lejanos. En la Patagonia las distancias nunca son pequeñas. Sus alumnos, en su mayoría descendientes de mapuches, las esperan para dedicar esa hora semanal al estudio y sentir que todavía pueden aprender.

La camioneta sale del Centro de Educación Integral (CEI) San Ignacio, a 10 kilómetros de Junín de los Andes, Neuquén, con Mónica Antín, de familia mapuche, y Erika Figún, bonaerense radicada en el Sur hace año y medio. Junto a Silvia Scheel, llevan adelante el programa de educación primaria para adultos con modalidad semipresencial, que tiene unos 70 alumnos. Es miércoles y el recorrido será de unos 120 kilómetros a orillas del Huechulafquen, que en lengua mapuche significa “lago grande”.

Rosita está en la puerta, rodeada de perros y alguna gallina. Adentro, paraditos en hilera, están sus hijos Rubén, Luis y María, y su nieta Naty. Es temprano pero las ollas ya están sobre la cocina a leña. Rosa, de grandes ojos claros y algo más de 50 años, dispone los lugares en la mesa donde todos se sentarán a estudiar. Mientras preparan las fotocopias y lápices, Rosa cuenta las novedades de su familia, los Briceño, y dice que no pudo hacer la tarea: “Mucho trabajo, y con el marido enfermo no toqué nada”. No importa. Erika tiene toda la paciencia para ayudar a su alumna a recordar las letras.

La mesa queda dividida por niveles: Rubén y su mamá trabajarán con Erika, y Luis y Naty con Mónica, repasando textos sobre biodiversidad y derechos. Entre ellos, el derecho a estudiar que no se cumple para Naty, de 12 años, desde hace un año y medio. Tuvo que dejar la escuela cuando cerró el albergue que la alojaba y no puede ir a otra porque el micro escolar municipal no llega hasta su casa. Las maestras hacen los trámites para su reinserción escolar.

Tero, mesa, rana... De a poco se van juntando las letras que Rosa no recuerda muy bien. Le cuesta encontrar la s, pero Erika le da una pista: “Sudelia”. Es el segundo nombre de la mujer, lo primero que aprendió a escribir y, entonces arma la palabra.

En el paraje “El Contra” (la contramargen del lago, menos habitada) donde viven los Briceño, la mayoría de los adultos y niños de la comunidad Lafkenche (gente del lago) es analfabeta. Por eso lo primero que se trabaja es la grafomotricidad. “Ven que lo que se dice también se puede escribir, y el primer logro es que escriban su nombre. A diferencia de pueblos y ciudades, no hay carteles ni revistas donde puedan ver letras, hay que encontrar otras maneras. La más simple es asociar las palabras a su vida cotidiana y su historia”, explica Erika.

Para llegar a los pobladores, las docentes tuvieron que hablar con la lonko (cacique) de los Lafkenche, contar la propuesta y hacer un relevamiento con ella casa por casa, donde no suele haber luz, ni gas, ni agua corriente, y una lengua originaria que se perdió de tanto ocultar. “En general primero te dicen que no pueden estudiar. Hay mucha resistencia, una frustración muy grande por no haber tenido la posibilidad durante tantos años. Se pierde el objetivo del estudio. Pero de a poco se van sumando. Cuando empiezan a escucharse a ellos mismos, hay un reposicionamiento frente al aprendizaje”, cuenta Erika. Todo es ensayo y error. No hay un programa oficial de enseñanza para pobladores rurales, así que las maestras del CEI (institución privada de gestión social) y de otras escuelas de la zona comenzaron a reunirse para intercambiar experiencias y armar un programa integral.

Eduardo había escuchado la camioneta desde lejos y esperaba a las maestras en la tranquera. Tiene seis años y tampoco va a la escuela. Aprovecha las clases de su abuela María y aprenden a escribir juntos. Aunque esta vez María no puede sentarse a estudiar. “Tengo que atender mis ollas”, dice muy seria.

En verano las clases son más cortas porque algunos estudiantes trabajan con el turismo y no coinciden sus horarios. Pero a partir de marzo, se arman los grupos en alguna casa, posta sanitaria o centro comunitario. Allí la clase empieza con una charla sobre las novedades de la comunidad. “A este momento le damos un gran valor, ya que pueden contar y compartir. Nosotras aprendemos de ellos y ellos de nosotras. El saber circula y se construye”, cuenta Erika.

En la otra margen del lago, en el Paraje “La Esperanza”, Ricardo Antín cría sus animales. Fue cacique y todavía actúa como curandero, pero tampoco hizo la tarea. Entre mate y mate, lee con la ayuda de la maestra un texto sobre cultura mapuche que le permite recordar, pensar y descubrir que tiene mucho para aportar. “Está bueno volver a estudiar, empecé porque ella me insistió”, dice señalando a Mónica, su hija docente. Estudian porque les dieron la posibilidad, no les resulta fácil explicar mucho más, pero cada uno tiene su meta personal. Ricardo quiere estudiar traumatología.
Va mediando la tarde y todavía faltan algunas visitas, como la casa de té de Doña Rufina, que tiene que practicar un poco más las cuentas para dar bien los vueltos. Y la de María Luisa, de 62 años, que junto a su hermana Elsa, de la comunidad Rakithué, despliega los textos sobre el mantel. “Yo no sabía nada”, dice María Luisa con una sonrisa, sacando su cartuchera a cuadros. “Mónica me vino a buscar y me propuso estudiar. Ahora sí sé. Puedo leer y escribir mi nombre”, cuenta feliz al final de la clase.

Los últimos alumnos, que manejan un camping sobre el Lago Paimún, no están. Al día siguiente las maestras volverán a emprender el camino, esta vez por detrás del volcán Lanín para visitar la comunidad Linares, cuyos integrantes viven sin agua en verano y se sostienen con sus artesanías. Será un día más de los muchos que decidieron vivir ayudando a otros, aprendiendo y compartiendo saberes, y que no piensan abandonar a pesar de las dificultades.

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