lunes, 29 de abril de 2013

"BERGOGLIO LE DIO UNA MANO MUY GRANDE A ANGELELLI"

Entrevista a Delfor Pocho Brizuela. Diputado riojano, ex sacerdote. El ex párroco de Chamical recuerda que el flamante Papa les dio protección a tres seminaristas riojanos que eran perseguidos por grupos paramilitares. Admite que Bergoglio nunca compartió la visión pastoral del ex obispo riojano pero que estuvo lejos del colaboracionismo de otros jerarcas de la Iglesia con las Juntas Militares.
 
Por Pablo Galand
 
      
Delfor Pocho Brizuela es diputado provincial del Frente para la Victoria en La Rioja. Su nombre tomó trascendencia mediática en 2006. En medio de la misa que oficiaba en la parroquia de El Chemical anunció que dejaba los hábitos por el amor de una mujer. Desde que se ordenó cura en 1986, Brizuela se consideró un pastor de la obra llevada adelante por el obispo riojano Enrique Angelelli, asesinado durante la dictadura mientras investigaba la desaparición de los curas franciscanos Carlos Murías y Gabriel Longueville. Brizuela declaró como testigo en la causa de estos dos religiosos que culminó con la condena a prisión perpetua en cárcel común a los militares Luciano Benjamín Menéndez, Luis Fernando Estrella y el policía Domingo Benito Vera, por parte del Tribunal Oral Federal de La Rioja. Precisamente esta semana el diario italiano La Stampa publicó que el Vaticano podría beatificar a Murías, cuya iniciativa fue impulsada por el entonces cardenal Jorge Bergoglio, en mayo de 2011.
Los jesuitas en La Rioja tuvieron siempre un papel muy comprometido con los pobres y desposeídos de la provincia, en la misma línea que pregonaba Angelelli. Brizuela señala si bien no comulgaba ideológicamente con el obispo asesinado siempre respaldó a los sacerdotes de su orden en La Rioja. Incluso, cuenta que unos meses antes del golpe de 1976, a pedido de Angelelli, Bergoglio cobijó a tres seminaristas en el Colegio Máximo de San Miguel que eran perseguidos por las fuerzas represivas.

–Teniendo en cuenta el compromiso que tuvieron con los más pobres, los jesuitas riojanos y las persecuciones políticas que sufrieron en consecuencia, ¿contaron con el respaldo de Bergoglio?
–Los curas jesuitas comenzaron a tener problemas antes de la dictadura. Entraron en conflicto con los patrones de estancias. Luego del golpe de Estado de 1976, ninguno de ellos estuvo preso, salvo uno que ya había dejado el ministerio. De esa etapa anterior al golpe, sé del caso de tres seminaristas riojanos a los que Bergoglio los acogió en el Colegio Máximo, en San Miguel. Le dio una mano muy grande a Angelelli, a quien se le complicaban las cosas porque ninguno de los otros obispos que disponían de centros para la formación sacerdotal querían recibir a muchachos que fueran de la Rioja, ya que estaba la idea de que era una Iglesia que estaba contaminada por el marxismo y todo ese tipo de estigmatizaciones. Los muchachos no tenían a donde ira estudiar y Angelelli acudió a la Compañía de Jesús y particularmente a Bergoglio. El los recibió y gracias a eso los muchachos pudieron terminar sus estudios en Buenos Aires.

–¿Solía ir Bergolio a La Rioja a acompañar la labor pastoral de los curas jesuitas?
–Los curas jesuitas que estuvieron acá siempre fueron gente muy comprometida con la línea de trabajo pastoral de monseñor Angelelli y si bien entiendo que Bergoglio no la compartía plenamente, tampoco trató de interceder para modificar esa dirección. Recuerdo que la primera vez que lo vi en La Rioja fue para predicar el retiro de tres jóvenes que se ordenaron y que eran muy cercanos a nosotros. También participó del homenaje que se hizo por los 30 años del asesinato de monseñor Angelelli. Después vino en una visita más privada, en 2008, cuando se cumplieron 30 años de la ordenación de esos tres curitas que él había protegido en Buenos Aires.

–Usted llegó a entablar una gran amistad con el padre Orlando Yorio, el sacerdote jesuita que junto a Francisco Jalics fueron secuestrados durante la dictadura. Según el libro de Emilio Mignone, Iglesia y Dictadura, Bergoglio entregó a ambos. ¿Llegó a hablar con Yorio alguna vez de eso?
–No, Orlando evitaba hablar del tema. Tenía un dolor muy grande al respecto. Había sido una experiencia muy traumática para él y normalmente evitaba contar detalles. Llegó a pasar unos días en la parroquia que yo tenía en La Rioja para acompañarme a predicar un retiro. Pero en ningún momento hablamos de lo que le sucedió cuando estuvo secuestrado y del papel que jugó Bergoglio.

–¿Qué posición tenía Bergoglio de los sacerdotes que como usted estaban enrolados en pastoral vinculada a la Teología de la Liberación?
–Desde el punto de vista de su visión teológica e ideológica tenía muchas controversias con quienes entendíamos la vinculación de la pastoral con las luchas sociales. Pero también algunos le reconocían que tenía mucho respeto por las acciones distintas. Nunca fue un abanderado de la Teología de la Liberación. Tenía sus observaciones muy severas y en ese sentido tenía algún tipo de distancia porque yo estaba muy identificado y creía que la novedad en América latina era justamente descubrir que en todo proceso de liberación está presente la fuerza del Evangelio de Cristo y que ahí había que estar. Sin pretender apropiarse los procesos porque éstos pertenecen a los pueblos y no a la Iglesia. Ésta puede acompañar, interpelar y desenmascarar con la acción los mecanismos de opresión en América latina que son contrarios al Evangelio y el Reino de Dios. Creo que Bergoglio nunca estuvo en esa línea pero tampoco fue un ultraconservador. No lo podemos poner a la misma altura que otros obispos argentinos como Aguier, Plaza, Primatesta o Aramburu. Ni en ese grupo ni el de los más comprometidos como Angeleli, Novak, Hesayne. Fue un hombre de capacidad de diálogo con la modernidad, moderado, con posiciones ortodoxas pero con una apertura muy grande a lo popular, a los lugares difíciles como en las zonas en las que viven los aborígenes o las villas de emergencia. Del mismo modo, siempre fue muy precavido de que esa experiencia no se mezcle con la política. Tenía una actitud muy temerosa a que eso pueda llegar a pasar.

–¿Cómo definiría el rol que jugó Bergoglio durante la dictadura?
–Creo que posiblemente como le sucedió a otros dirigentes sociales y políticos han sufrido mucho miedo y eso lleva a la inmovilidad e incluso a cometer errores. Pero como decía anteriormente, no se lo puede asociar con los obispos que sí colaboraron con los militares, que justificaron el golpe de Estado y llegaron a decir que los militares eran los salvadores de la patria. Eso nunca escuché de Bergoglio y estoy seguro que nunca estuvo en esa sintonía. Sí creo que tuvo temores y que eso lo pudo haber llevado a que en algunas ocasiones su accionar haya dejado mucho que desear. Tuvo esa ambivalencia: por un lado están los casos documentados de Yorio y Jalics, pero también están los de los curitas de La Rioja a los que ha protegido.

–Si se llega a concretar la beatificación del sacerdote franciscano Carlos de Dios Murías, ¿cree que se abre la posibilidad de que se dé un debate en la Iglesia con respecto al rol que jugó durante la dictadura?
–Sin ninguna duda. Creo que va a abrir un debate. Sería un gran aporte para toda América latina. La persecución a la Iglesia más comprometida vino desde los sectores militares pero también desde los poderes económicos. Hay que recordar que el Informe Rockefeller en los años ’70 decía que lo más peligroso para el orden social impuesto no eran los grupos confesadamente marxistas o las organizaciones guerrilleras, sino la concientización que iba de la mano de la evangelización de la Iglesia católica. Sostenía que la rebeldía venía de la mano de una conciencia crítica que venía alimentada por grupos religiosos católicos que hacían tomar conciencia de la dependencia y la opresión. Eso cobró fuerza en América latina, a tal punto que un documento señero, que fue un gran aporte desde todo punto de vista pastoral, filosófico, teológico y antropológico, como fue el Documento de Medellín, celebrado por el Episcopado Latinoamericano, en 1968. Allí se expresó esta Iglesia que se identificaba con el pueblo pobre y sometido. De allí salieron muchísimos laicos, sacerdotes y obispos que en la época de Juan Pablo II los fueron arrinconando. Recordemos que él y el por entonces cardenal Ratzinger fueron los encargados de juzgar a la Teoría de la Liberación y a los referentes más importantes que fueron Leonardo Boff y Gustavo Gutiérrez.

–¿Piensa que con la llegada al máximo cargo del Vaticano de un religioso latinoamericano puedan reposicionarse estos sectores dentro de la Iglesia?
–Tengo esa esperanza. Estoy todavía sorprendido con su designación y sus primeros pasos. Algunos de los gestos y el nombre que se puso nos abre una expectativa distinta que uno siempre ha querido y anhelado para la Iglesia y parecía que no iban a volver nunca. No sé lo que pasará y eso se corroborará con las medidas que se vayan tomando. Pero sería muy bueno que se esté hablando que la Iglesia tome como santidad a los cristianos, sean curas o no, que en nombre del Evangelio han luchado por la Justicia Social y un orden diferente y lo hicieron con valentía y con entrega. Muchas veces la Iglesia jerárquica ha juzgado mal eso y que esos no eran sacerdotes o laicos que actuaran con la fuerza del Evangelio, sino con la fuerza de otras ideologías. Ahora vemos que si se reconocen la vida cristiana y el testimonio de Carlos de Dios Murias y de Gabriel Longeville, que han sido dos sacerdotes asesinados por la dictadura, eso va a abrir una panorama muy esperanzador para reivindicar esa lucha. Además, le daría mayor impulso al momento político que vive América latina con gobiernos dispuestos a recuperar las esencias emancipadoras y libertarias. Es una gran oportunidad y esperemos que Francisco sea un artífice de este proceso.
 
Fuente: Miradas al Sur

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