martes, 16 de abril de 2013

EL HOMBRE QUE REVISO LA HISTORIA

José María Rosa nació un 20 de agosto de 1906. Abogado, profesor, fue censurado antes del ’45 y encarcelado después del ’55. Aquí, un homenaje y detalles hasta ahora inéditos de su vida y lucha.
 
Por Daniel Brión
 
José María Rosa, Pepe, nació en Buenos Aires el 20 de agosto de 1906, hijo de Lucila Cano y José María Rosa. Venían de familia tradicional, inmigrantes: Vicente Rosa, llegado al país en 1829, era hijo de un relojero veneciano que había naufragado allá por 1795 cerca de Barcelona, donde se casó con Ventura Carim, de lejana ascendencia mora.
El abuelo de Pepe, también José María Rosa, se desempeñó dos veces como ministro de Hacienda, para el presidente Julio A. Roca (1898-1904) y para la gestión de Roque Sáenz Peña (1910-1914). El padre de Pepe, el segundo José María Rosa, se desempeñó como interventor federal de Mendoza.
En 1931, Pepe contrae matrimonio con Delfina Bunge, con quien tuvieron tres hijos y una hija: José María, Eduardo Manuel, Juan Ignacio y Lucila.
En 1954, contrae matrimonio con Ana María Rocca, con quien tuvieron un hijo llamado Vicente, que nació en Madrid y regresó a la Argentina luego del exilio de su padre.
Cuenta Eduardo Manuel Rosa: “Mi padre siempre contaba que la historia se vivía en su casa como chismes de vecinos”. Solía ir los domingos a la casa de su abuelo, que se reunía con señores que hablaban con familiaridad de gente con nombres de calles, y se sentía fascinado con esos viejos que dominaban un arte hoy casi olvidado: “El arte de conversar”.
La familia descendía más bien de unitarios (una de sus abuelas era hija del general Pacheco) y recordaba –de las viejas de la familia– haber oído el relato de la batalla de Rodeo del Medio “entre el tío Goyo y el tío Ángel” (es decir, entre Lamadrid y Pacheco).
Ya desde pequeño, José María Rosa era un gran observador y lector. Hay una anécdota de aquellos años que lo pinta de cuerpo entero, como sostenedor de sus propias teorías más allá de los costos que eso le implicara. Él siempre quería saber el origen y finalidad de las cosas. A los 11 años leyó El origen de las especies, de Darwin. Eso le costó un disgusto con su profesor de religión, quién decía a sus alumnos que Darwin había sido rebatido por Cuvier, demostrándose así la tesis bíblica de la creación divina. Pepe Rosa, respetuosamente, se calló, buscó datos en la nutrida biblioteca de su casa y al día siguiente le dijo a su profesor: “Cuvier es del siglo XVIII y ya había muerto cuando Darwin publicó su libro, de manera que mal pudo haberlo rebatido”. Resultado: una mala nota, la primera –según él– y una reprimenda por pensar.
Luego vendrían muchas más por el mismo motivo, siempre por pensar y exponer sus pensamientos, más allá de cualquier especulación.
A los 20 años se recibió de abogado.
Comienza en Santa Fe su verdadera vocación, la de profesor, ejerciendo en la Universidad del Litoral y (ad honórem) en La Plata.
Una vez por semana viajaba en la dura segunda clase de los trenes desde Santa Fe a La Plata y en una ocasión que alguien le dijo que hacer eso era una locura, él le replicó: “¿Acaso los pescadores no hacen sacrificios mayores por su pasión? Bueno, mi alegría es dar clase y tal vez me cueste menos plata que la que gastan los pescadores”.
En junio de 1938, junto a un grupo de entusiastas, funda el Instituto de Estudios Federalistas, presidido por el docente santafesino y presidente del Consejo de Educación local Alfredo M. Bello –a quien José María Rosa atribuyó su conversión al rosismo–, quien en ese carácter suscribió el diploma de miembro correspondiente en Salta del citado profesor Romero Sosa, investigador que participó por 1938 en representación de la Unión Salteña –Sociedad Provincial de Fomento fundada por Cristian Nelson y Agustín Usandivaras–, de las Jornadas de Estudios Históricos sobre el brigadier general Estanislao López celebradas en Santa Fe y organizadas por la Junta de Estudios Históricos de aquella provincia que presidía el historiador, académico, profesor universitario y hombre público bonaerense radicado en Santa Fe, doctor Manuel M. Cervera, y cuya vicepresidencia desempeñaba monseñor Nicolás Fasolino. Lo hizo con un extenso trabajo sobre “Relaciones políticas entre Salta y Santa Fe durante la administración del brigadier general Don Estanislao López”, publicado en 1942, en el tomo II de los anales de dichas Jornadas.
Solía decir que “aunque algunos pensaban que éramos un peligro; la prensa unánimemente calló nuestros boletines, manifiestos y conferencias”. Empezó la “conspiración del silencio”, fase primera de la lucha contra la verdad histórica, más tarde vendrán la tergiversación, la calumnia, la cesantía de profesores revisionistas, y hasta la cárcel.
Tiempo más tarde, la llamada “Revolución Libertadora” lo deja cesante y lo encarcela en ocasión de la detención de su amigo John W. Cooke, a quién Pepe había dado refugio en su casa. Aunque parezca demencial, la acusación que le imputan es de corromper a la juventud con su “rosismo”. Luego de tenerlo una semana incomunicado, una noche lo llevan ante un extraño tribunal que lo interrogó sobre el gobierno de Rosas.
–¡Pero esto es una locura! –le dijo a su interrogador que se presentaba como El Capitán Ghandi, llamado Próspero Germán Fernández Alvariño. Este “comando civil” –antecedente inmediato anterior de los “grupos de tareas”– exhibía en su escritorio, mientras los presos eran torturados durante el interrogatorio, junto a Perazzo y Naón, la cabeza de Juan Duarte dentro de un frasco con formol.
–Si usted quería saber mi opinión sobre Historia Argentina me hubiese invitado a su barco y no necesitaba traerme a punta de ametralladora; o al menos hubiese comprado mis libros así yo ganaba algo –dijo consternado Rosa.
–¡Usted es un mercader de la Historia! –acusó el interrogador.
–¿Y usted de qué vive? Porque supongo que será mercader de algo.
El demencial interrogatorio continuó hasta que se llegó al tema de los bloqueos anglo/franceses.
El Capitán Ghandi no debe ignorar que un bloqueo es un acto de guerra, que hubo combates en Martín García, en Obligado....
–Pero no bombardearon Buenos Aires –minimizó Ghandi.
Rosa, polemista de alma, no se pudo contener: “Es cierto, Buenos Aires nunca fue bombardeada por marinos... extranjeros”.
Eso le costó meses de cárcel.
La copia de este diálogo lo sacó la familia de dentro de un termo y fue publicado tiempo más tarde. Luego de varios meses de prisión, Pepe salió para militar más activa y decididamente, enrolándose en el fallido intento del general Valle el 9 de junio de 1956.
La asustada reacción del gobierno “gorila” de entonces lo buscó para fusilarlo pero consiguió pasar a Montevideo, de allí viajó a España donde permaneció hasta 1958, ejerciendo el periodismo y dando conferencias en distintos ámbitos.
Desarrolló su actividad en el Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, entidad que presidió en varias oportunidades y participó activamente en lo que se llamó la Resistencia Peronista convirtiéndose en uno de sus referentes más respetados y queridos.
Pepe Rosa integró la comitiva de notables que buscaron a Perón en el famoso vuelo charter del 17 de noviembre de 1972.
Para entonces ya se había publicado su Historia Argentina, obra en 13 tomos. Luego de su muerte, con la colaboración de Fermín Chávez, Enrique Manson, Juan Carlos Cantoni y Jorge Sulé, se finalizó la obra con los tomos 14 a 17 (1946/1976).
El general Perón dispuso que se hiciera cargo de la embajada en Asunción, considerando que su prestigio en Paraguay podría ser positivo para los intereses nacionales dado que en ese tiempo se jugaba en las cotas de altura de la represa de Corpus la factibilidad de construir Yaciretá.
Muerto Perón, tuvo desinteligencias con el canciller Vignes y optó por aceptar la embajada en Atenas, donde permaneció hasta el golpe militar de 1976. Entonces, regresó a Buenos Aires, donde sus libros eran retirados de las bibliotecas y su nombre puesto en un “cono de silencio”. Fundó la revista Línea (La voz de los que no tienen voz), pretendiendo abarcar a todo el pensamiento de la línea nacional. El propósito era mantener viva la llama del pensamiento nacional y mostrar que subyacía otra Argentina llamada a renacer. Línea, cada vez con más coraje, salió adelante y fue la única voz distinta que se escuchó durante esos años de plomo. Mientras tanto continuó con la publicación de libros y artículos en algunos medios que poco a poco se animaban a expresarse.
No pudieron los militares acusar a Pepe Rosa de ser guerrillero sólo porque su figura era demasiado visible y conocida. Pero buscaron todos los medios para acallarlo, desde el secuestro de la revista hasta los innumerables juicios entablados en su contra. Definamos un poco más el pensamiento de Pepe Rosa: En Rivadavia y el Imperialismo Financiero afirma con una actualidad casi visionaria que “Hay sus graduaciones: odian más los débiles, porque odiar es propio de impotentes; los fuertes no puede decirse que odian sino que ignoran. El que ignora al pueblo todavía está fuerte en su “patria” colonial; cuando empieza a odiarlo es que se sabe débil.
Y entonces –cuando se odia al pueblo– es que la oligarquía se sabe débil, y está cercana la hora de la liberación nacional”.
José María Rosa pasó a integrar el comando celestial el 2 de julio de 1991, recordémoslo con sus propias palabras como homenaje a una vida de convicción:
“…Tal vez no sea tan difícil la obra, en esta hora del despertar de los Pueblos. Porque llegará un momento en que los intelectuales, como grupo social, entiendan cuál es su misión y piensen, escriban y actúen en función de la sociedad, sin sentirse atados a extranjerismos ni divorciados de su Comunidad. Entonces se logrará la Liberación Nacional…”.
 
Fuente: Miradas al Sur

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