lunes, 8 de abril de 2013

"CUANDO DIJE QUE ERA PERONISTA, LORENZO MIGUEL ME MANDO ROSAS"

Por Luis Sartori

Chunchuna Villafañe. Impulsiva. Hija de militar, se formó en política en la resistencia. Hizo publicidades célebres, creó la asociación de modelos, se exilió y al volver la tocó la varita mágica: La Historia oficial.
 
Su madre, de quien heredó el sobrenombre, fue amazona eximia. Su padre, un coronel al que le tiraban más los caballos que las armas, ganó varias medallas de oro en equitación. Pero cuando él se quebró medio cuerpo, Chunchuna Villafañe, hija única, se convenció de enfilar hacia otro lado. Primero la arquitectura, después la publicidad. Su belleza la convirtió en ícono de los 60 (inolvidable aquel “fame guau” que le lanzaba Ugo Tognazzi en Roma y ella le retrucaba con su bolígrafo: “No, te hago click”). Y su peronismo la condujo al exilio. Antes de irse a las apuradas en el 76, viajó en el “charter” que trajo a Perón en el 72 y trabajó en la villa de Retiro junto al padre Mugica. Y tuvo a sus dos hijas, Juana e Inés Molina, con su primer esposo, Horacio Molina. En París vivió años en pareja con Pino Solanas. Y al regresar en el 83, otra vez separada, deslumbró con su escena junto a Norma Aleandro en La Historia oficial, la primera película argentina que ganó un Oscar. Retomó entonces la actuación, lo que más le gusta. En teatro hizo obras de Pavlovsky, Beckett, Discépolo, Somigliana y hasta Muscari. Mucha televisión (actuó en Mujeres asesinas, Situación límite, Verdad consecuencia, Los sónicos, por ejemplo) y mucho cine (su próxima aparición será en Madraza, una ópera prima). La actuación fue y es paralela a su otra actividad: el diseño de interiores y jardines. De ojo minimalista prefiere, como en su casa de Florida, los tonos claros y terracota: le evocan “lo esencial de la tierra”.

¿Dónde está la belleza para vos?
Puede ser un ademán entre dos personas que están afuera mío. O mirar el jardín y ver un sector que me gusta. O una música. Me gusta mucho la música: si estoy sola, hago movimientos en el aire, como si fuera un baile. En general la belleza me conmueve en ese sentido, el auditivo. Necesito que se me meta en el cuerpo.

¿Asociás belleza con emoción?
Sí. Y también me gusta ver a alguien muy lindo. Pero tiene que acompañarse unos segundos después con lo que diga, con cómo se mueva.

¿Que te significa la actuación?
Todo lo que sea actuación me interesa. Porque uno puede transformarse en otra persona. Y uno es tantas personas... En la actuación uno puede sacar de sí lo que te pida el personaje. Hacer gestos y ademanes que generalmente no los usa porque no tienen que ver con uno. Eso me parece muy interesante, porque yo soy muy tímida.

De los muchos papeles que hiciste, ¿cuál es tu preferido?
La Historia oficial, por supuesto. Para mí fue muy importante y me reivindicó en muchos sentidos, porque en ese momento volví del exilio y con una imagen muy fuerte de “la linda”. ¿Cómo voy a sentir, cómo voy a pensar? Y eso me persiguió mucho tiempo. Desde que empecé a ser linda.

O sea desde chica.
En casa nunca me habían dicho eso.

¿Cuándo lo descubriste?
En la época de la secundaria, en las fiestas. Todo el mundo me miraba.

Y en los últimos años, ¿cómo fue actuar con Muscari?
Con Muscari me encantó hacer Shangai. Porque era un personaje totalmente alejado de las posibilidades para las que la gente ve que me puede llamar. Tenía que hacer de madre de un homosexual, loca por este chico gay, y además una pretenciosa, mal hablada. Al principio lo tomé con un poquito de miedo, y a medida que lo fui haciendo me encantó.

¿Te gustan los desafíos?
Me meto de cabeza en los desafíos. Lo lindo de la vida es asumir el riesgo. Eso tiene que ver con mi manera de ser. Yo no analizo. Voy como una bestia. Arremeto. Soy muy impulsiva.

¿Alguna vez te arrepentís?
Me arrepiento muchísimo de decir cosas que no debo...

¿Aquella militancia con Mugica fue impulso o convencimiento?
Yo estaba convencida que quería hacer eso. Consideraba que a mi vida le faltaba algo. Ya estaba casada y tenía a mis dos hijas. Una de mis hijas, Inés, tomó la comunión en la villa. Hablar con Mugica era extraordinario.

¿Como lo conociste?
En una fiesta en la casa de una chica amiga de él. Me encantó cuando él le dijo a la mucama ¿querés un cigarrillo? ¡El gesto!

¿Qué hiciste en la villa?
Me gustaba mejorar las viviendas. Y en un momento había mucha gente enferma a la que no atendían, porque eran pobres. Estaban todo el día y no los atendían en el hospital. Entonces, yo las llevaba y las atendían inmediatamente. Eso me daba mucha rabia y mucha vergüenza al mismo tiempo. Asqueroso.

¿Cómo llegaste al “charter”?
Por un tío mío, hermano de mamá, que era el que le escribía los discursos a (John William) Cooke, César Marcos. En su casa conocí a mucha gente del peronismo de aquella época. Y en mi casa estuvieron mucho tiempo escondidos Cooke, Raúl Lagomarsino y él (NdR: los tres habían creado el Comando Nacional Peronista tras el golpe a Perón). Cuando yo volvía de la facultad oía lo que hablaban, y me parecía bien todo lo que decían. Siempre preguntaban ¿te siguieron? Estamos hablando de fines de los 50.

¿Qué recordás de aquel viaje en el avión que trajo a Perón?
Estaba muy contenta. Me acuerdo de muchos señores grandes que me hablaban y yo decía ¿quién es? Me conocían por mi tío y porque en ese momento había dicho que era peronista. Me acuerdo que Lorenzo Miguel me mandó un ramo de rosas por eso.

Te definiste peronista antes de Cámpora. ¿Qué te provocó?
Me quedé sin trabajo. Había una campaña de sidra La Victoria que ya estaban las fotos, todo, iba a hacer vía pública; y me llamó el tipo de la agencia enfurecido y me dijo: ¿Como se te ocurre decir eso? Y no se hizo la campaña.

¿En que cosas ponés la mirada?
En la injusticia. Me enoja mucho. Y me enoja mucho la codicia. Me enoja mucho todo esto que está pasando: puede ser que haya cambio climático, pero también hay una cantidad de gente que hizo cosas porque les venía bien al bolsillo. Digo: no estoy en contra del crecimiento y la tecnología, pero me resulta sospechoso que estamos en un riesgo permanente.

¿Qué aprendiste de tus hijas?
Que no soy tan perfecta, ni tan buena madre ni tan divina. Soy un asco (se ríe). Hay observaciones de ellas que me parecen muy importantes, y yo no las veía. Hasta en las peleas es importante lo que te dicen. Entre padres e hijos hay mucha comprensión y mucha incomprensión. Porque no se conocen tanto. Hay muchas cosas que tanto uno como el otro ignoran. Nunca fui amiga de mis hijas.

¿Te quejás de tus ex parejas?
No, porque yo creo que el que se queja, se queja de sí mismo. Porque uno eligió a ese señor o a esa señora. Y si te equivocás, y bueno... No existe la culpa, ¡si yo lo elegí!

¿Te identificás con algún personaje de historieta?
Mafalda me encanta y me encantaría ser como ella, que tiene pensamiento lúcido, certero, agudo. Eso es una cosa que siempre envidié y nunca lo tuve. La gente inteligente me deslumbra. Pero la inteligencia tiene que estar de la mano de la emoción. Para mi, la sensibilidad es fundamental.
Fuente: Clarin

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