jueves, 18 de abril de 2013

"ES COMPLETAMENTE DESATINADO AFIRMAR QUE PERON ERA UN NAZI"

Entrevista a Ignacio Klich sobre la llegada de hitleristas a la Argentina . Para el especialista, asimilar la figura de Perón a la ideología nazi es una falacia.
 
 
Por Eduardo Anguita         
 
Usted formó parte de la comisión que en los años noventa investigó las actividades del nazismo, eso fue en los primeros años del peronismo…
–Me tocó ser el coordinador académico para el esclarecimiento de las actividades del nazismo en Argentina, en una comisión creada a instancias del canciller Guido Di Tella que funcionó hasta 2005. Se ha dicho que por ser una comisión que nació por iniciativa del canciller era gubernamental. Y no lo era, porque respondía a un panel internacional y un comité de asesores en el que estaban representadas distintas instituciones, tanto instituciones judías como otras.

–Y académicos como Robert Potash, alguien muy consultado por quienes tratan de entender la lógica de los golpes de Estado, la formación de los oficiales de las fuerzas armadas, la alternancia cívico-militar desde septiembre del ’30 hasta 1983.
–También fue quien dio a conocer las actas del GOU que le fueron facilitadas por el coronel Enrique González.

–El GOU era el grupo de coroneles que se consolidó y permitió que Perón llegara a donde llegó.
–Potash hizo para la comisión un trabajo muy importante junto con Celso Rodríguez, a propósito de los nazis y otros europeos que fueron contratados por el Ejército y por Fabricaciones Militares en la segunda postguerra...

–¿Potash pudo acceder a estos documentos después de escribir los dos tomos?
–No. Ese es un libro que acumula la documentación del GOU y que salió a posteriori de los dos volúmenes que él hizo sobre los militares y la política argentina.

–¿La comisión hubiera podido acceder a toda la documentación secreta –si es que no se hubiera quemado o escondido– que tenía el Estado argentino?
–Difícilmente podamos responder a esa pregunta por el hecho de que no tenemos conocimiento de cuán grande sería el universo de toda la documentación disponible sobre esta temática. Lo que podemos decir es que se trabajó con una cantidad de materiales de repositorios argentinos, que fueron entrecruzados con archivos oficiales en Europa y los Estados Unidos. De manera tal de poder llenar los espacios en blanco generados por la cultura del secreto local o por trámites administrativos que permitieran la quema de documentación en el archivo del Ejército. Lo único que se guarda es la hoja de servicio de los integrantes del arma.

–¿Cuando uno habla de Perón y los nazis, en qué cosas hay que poner el eje?
–Hay que tener presente que al ser la Argentina el último país de América latina en cortar relaciones con el Eje y el último en declararle la guerra a la Alemania nazi como aliado de Japón, Argentina estaba en una situación difícil terminada la Segunda Guerra Mundial frente a los vencedores. En lo que a Perón se refiere, se ha dicho mucho que era nazi. El padre de la sociología argentina, Gino Germani, un hombre que no era afín al peronismo, es uno de los investigadores que dijo claramente que Perón no era nazi. En todo caso hay que tener en cuenta lo que dice José Pablo Fienmann en su novela La sombra de Heidegger, que pone en boca de uno de los personajes secundarios, la siguiente frase: “Perón no es nazi. Hitler era peronista”. En realidad sería completamente desatinado tratar de señalar que Perón fue nazi. Es cierto que su gobierno facilitó una venida al país de una cantidad de gente, en particular, aquellos que él llamaba “alemanes útiles”, como científicos, técnicos, mano de obra calificada para el desarrollo industrial del país y para ganar cierta autarquía. En particular en la producción de material bélico al que, sobre todo durante la Segunda Guerra Mundial, Argentina no había podido acceder, mientras nuestros vecinos recibían ese material de los Estados Unidos. Perón estaba interesado en impulsar el desarrollo industrial del país y la sustitución de importaciones. Ese contexto favoreció la llegada al país de estos “alemanes útiles” entre los que llegaron también criminales de guerra y de lesa humanidad, tanto nazis como colaboracionistas.

–Había gente que estaría con su documento. Alemanes que cumplían cargos y no eran buscados. También había algunos en los juegos de poder vinculados con la energía atómica. Las dos bombas nucleares marcaron desde 1945 una nueva etapa en el concepto de guerra que tenían los poderosos.
–Se ha especulado mucho sobre quiénes fueron los que vinieron a la Argentina a la luz de este interés del país. Distintos autores le han dado credibilidad a la idea de que Hitler y Martin Borman vinieron a la Argentina. Difícilmente que tal cosa sucediera. Esto se ha visto en el consenso del congreso internacional de historiadores y especialistas: Hitler y Borman no sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial. Durante la presidencia de Bill Clinton, en los Estados Unidos, hubo un informe del Departamento de Estado que en su capítulo argentino dice claramente que al final de la Segunda Guerra Mundial el principal jerarca nazi que estaba vivo era Hermann Goering. Pero desmitificar el hecho de que no vinieran Hitler y Borman de ninguna manera implica ningunear el hecho de que vinieron al país distintos individuos requeridos o no por la Justicia de sus respectivos países por su actuación durante el periodo nazi. Es más, vinieron a la Argentina los equivalentes de Hitler de Croacia, Bielorrusia y Eslovaquia. Alemanes responsables de crímenes de guerra, del mismo nivel que un Hitler, también vinieron. Gracias a las investigaciones de la comisión se pudo establecer que en 1948 se creó acá una Sociedad Argentina de Recepción de Europeos que tenía personería jurídica ante las autoridades migratorias y estaban para facilitar la venida al país de familiares y amigos de aquel grupo iniciático que lo constituyó luego de una reunión, en diciembre de 1947, que organizó el secretario de Comunicaciones de la Presidencia, Rodolfo Freude, con el propio Perón.

–Es inquietante pensar si en ese entramado nazi había algún vector que llegara a constituir algunos de los primeros comandos de la Triple A.
–Un hombre del entorno de José López Rega, que fue embajador de la Argentina en Roma y más tarde ministro de Defensa de María Estela Martínez de Perón, Adolfo Sabino, fue quien en 1948 llevó lo que serían 200 pasaportes en blanco para la afluencia de nazis a la Argentina. El número de esos documentos puede ser distinto. Abel Posse menciona que pudieron ser cinco mil, pero que no eran solamente para nazis. El primer embajador de Israel en la Argentina, Jacob Tsur, dijo que ese número fue una exageración. Lo importante es que hubo documentos que fueron facilitados.
 
180 criminales

Lo que hizo la Ceana para saber más del pasado
Según lo describen sus miembros, la Comisión para el Esclarecimiento de las Actividades del Nazismo en la Argentina (Ceana) tiene una agenda de investigación basada en tres ejes principales: la reconstrucción del sistema que involucró a los criminales de guerra nazis y colaboracionistas que se afincaron en la Argentina y cuáles fueron las condiciones locales e internacionales que facilitaron su llegada; el expolio nazi ingresado al país por distintas vías; y el impacto que el nazismo y la afluencia de nazis y colaboracionistas tuvo en la cultura política argentina.
La Ceana dice haber identificado a no menos de 180 criminales de guerra alemanes y otros. También estableció que en 1948 se creó una Sociedad Argentina de Recepción de Europeos, con personería jurídica ante las autoridades inmigratorias, dedicada a recomendar el otorgamiento de visados. En cuanto a la influencia cultural de los nazis llegados a la Argentina, para la Ceana, si bien esos grupos “contribuyeron a fortalecer a grupos argentinos de inclinaciones parecidas”, no tuvieron la irradiación que sí tuvieron los fascistas italianos y francoparlantes.
 
Fuente: Miradas al Sur

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