miércoles, 17 de abril de 2013

LA UNICA BATALLA EN LA QUE EL GENERAL IÑIGUEZ NO SE RINDIO

Había sido nombrado jefe de la Policía Federal al día siguiente del triunfo de Perón. Participó de la matanza con grupos de choque.
 
Por Ricardo Ragendorfer        
      
En 1973 yo frecuentaba con otros pibes del Nacional Belgrano el bar situado en la esquina de Laprida y Santa Fe. Por las mañanas, solía allí tomar café un anciano de porte retacón y modales cuarteleros. A veces, lo acompañaba un tipo más joven, con bigotito y gafas espejadas. El anciano, sin levantar la vista del diario Crónica, le deslizaba entonces algún comentario. Siempre en voz muy baja. No obstante, en una ocasión se le oyó decir: “Ahora el Movimiento debe estar más unido que nunca”. Su interlocutor asintió con docilidad. Éste le dispensaba una notable deferencia, al igual que el mozo, un morocho parecido a Monzón.
En una oportunidad, el anciano estuvo con el de bigotito y otros dos sujetos. Les hablaba casi al oído, y con una mano sobre la boca, como para acentuar la confidencialidad de sus palabras. Luego, al retirarse, se volteó hacia Monzón, y dijo: “Pasado mañana no salga de su casa”.
Pasado mañana era el 20 de junio. Ya se sabe que desde la madrugada de aquel miércoles, más de un millón de personas convergieron a Ezeiza para recibir a Perón. Ya se sabe del complot urdido por la ultraderecha partidaria. Y de su eficaz ejecución en manos de bandas fascistas y pistoleros comunes. Lo cierto es que los organizadores de la masacre no habían dejado ningún detalle librado al azar. Hasta tuvieron a su disposición una flota de vehículos del Automóvil Club Argentino dotada con modernos equipos de comunicaciones, cuyos tripulantes debían detectar a las columnas de la Tendencia Revolucionaria para que se las ametrallara desde el palco. El saldo de la jornada fue estimado en alrededor de 100 muertos.
A partir de entonces, el anciano dejó de hacerse ver en el cafetín de la calle Laprida. No supe nada de él hasta el 24 de septiembre. Era el día siguiente del triunfo en las elecciones de la fórmula Perón-Perón y horas antes del asesinato de José Ignacio Rucci, cuando ese mismo tipo fue designado jefe de la Policía Federal. No era otro que el general retirado Miguel Ángel Iñíguez. Su historia es ambigua y compleja.
Si bien en 1951 secundó al general Eduardo Lonardi en la primera conjura contra el gobierno peronista, cuatro años después, durante el golpe del 16 de septiembre, sería uno de los pocos oficiales superiores que mantuvieron su lealtad al orden constitucional. Y con una división completa se desplazó a Córdoba para enfrentar a las tropas insurrectas encabezadas justamente por Lonardi. Capitularía mientras en Buenos Aires se pactaba el alejamiento de Perón. A los pocos meses, tras ser a su vez derrocado Lonardi por Aramburu, Iñíguez se unió al sector nacionalista que había impulsado el golpe de 1955. Después, en vísperas de las elecciones de 1958, cambió otra vez de bando, aliándose ahora con sectores que ansiaban aprovechar los votos de las masas peronistas, pero soslayando el liderazgo de Perón. Finalmente, tras reconsiderar semejante desliz, bregó por el regreso del caudillo desde una organización clandestina fundada por él: la Central de Operaciones de la Resistencia (COR).
Es que el arte de conspirar se había convertido en la razón de su vida. Y las acciones psicológicas eran su especialidad. Al respecto, hay un episodio que lo pinta por entero. En algún momento de 1960, ideó una imaginativa acción: poner un caño en una iglesia de Barracas.
–Es para una maniobra de inteligencia –dijo, con aire enigmático.
Sus adláteres no dieron muestras de entender el asunto.
–La cosa es simple. Los curas se van a cagar encima, creyendo que se viene el comunismo. Y van a pensar que la única manera de pararlo es que vuelva el General –explicó, ahora con un aire perspicaz.
La bomba fue colocada, pero al final no explotó.
En la primavera de ese año empezó a tejer un ambicioso plan insurreccional que –según su creencia– lo catapultaría en las ligas mayores de la Historia. El asunto fue fijado para el alba del 29 de noviembre. Iñíguez encabezaría el alzamiento con el ataque a un cuartel de Rosario. El general no tenía dudas de que ello desataría una rebelión popular. El ataque fue resistido por militares que –en razón del horario– combatían en calzoncillos. Los rebeldes tuvieron que rendirse. Algunos huirían por los fondos. El general Iñíguez se replegó del teatro de operaciones de un modo poco castrense: escondido en la caja de un camión de verduras. Regresaría a Buenos Aires para seguir conspirando.
Ya concluida la dictadura de Lanusse, la COR pasó a ser el COR: Comando de Orientación Revolucionaria. Iñíguez seguía siendo el jefe.
Durante los sangrientos incidentes del 20 de junio de 1973, los hombres del COR tripulaban los vehículos del Automóvil Club Argentino. Aún hoy creo que en el bar de la calle Laprida se gestó al menos ese detalle de la Masacre de Ezeiza.
El 7 de abril de 1974, Iñíguez fue reemplazado en la Policía Federal por el comisario Alberto Villar. Desde entonces, vivió en el ostracismo. Durante la última dictadura estuvo bajo arresto domiciliario.
Y, en algún momento, murió.
 
Fuente: Miradas al Sur

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