domingo, 7 de abril de 2013

"LLEGAR, ES LLEGAR A UN CAMINO, EL DE LA MILITANCIA, PARA TODA LA VIDA"

Entrevista aMauricio Rosencof. Escritor. El narrador uruguayo habla de la memoria, la lucha y la tarea de sus compañeros José Pepe Mujica y el Ñato Fernández Huidobro en la presidencia y el Ministerio de Defensa.
 
Por Miguel Russo.
 
      
El mediodía del martes pasado, Mauricio Rosencof pidió un té en uno de los salones del hotel Bauen. Tenía un par de horas libres antes de salir para el acto alternativo que organizaba Memoria Activa como recordatorio ante una nueva fecha del atentado a la Amia. Fue en esas horas libres que pidió un té y aceptó el convite de las palabras. Rosencof es un hombre que sabe de memorias, de memorias y de palabras. Allí están, por ejemplo, su Memorias del calabozo (escrito con Eleuterio Fernández Huidobro, el Ñato). O Las cartas que no llegaron (del cual dice que hablará en el acto). Allí está, también, su reciente trabajo, Sala 8. Y la primera pregunta.
–¿Este libro es una manera de exorcizar los once años, seis meses y algunos días que estuvo preso?
–Estoy tocado por una actividad y unas vivencias que exigen, de alguna manera, aportar los territorios de la memoria. Es la herramienta política más fuerte que tenemos en este momento y siempre alterné la militancia con la escritura. Estábamos en calabozos bajo tierra con el Ñato Fernández Huidobro y Pepe Mujica, no nos vimos las caras, reinventamos el morse a golpes de nudillo para comunicarnos a través de los muros, a media ración de comida, reciclando nuestros orines porque no nos daban más que una taza de agua por día. Y una de las cosas que nos juramos es que si alguno salía en libertad y en condiciones, iba a dar un testimonio de aquello. Salimos los tres muy alterados: fijate que uno hasta se consiguió un puesto de presidente y, el otro, de ministro de Defensa. Ellos dos andan con muchas tareas, así que yo agarré el compromiso de contar.
–Un compromiso que se transformó en Memorias del calabozo, en Las cartas que no llegaron y ahora en Sala 8...
–Cuando salimos, quedamos todos juntos en un convento franciscano donde nos permitieron recuperarnos, reorganizar el movimiento, dar entrevistas, hacer charlas. Con el Ñato nos pusimos a grabarnos los recuerdos y dar ese testimonio sin adjetivos, sin sentimientos de venganza que fue Memorias del calabozo. Era la peripecia de todos, sin reproches, sin quejas, sin acusaciones. Sala 8 era algo que debía.
–¿Por qué?
–Porque nosotros siempre evitamos hablar de algunos temas por pudor, pero en materia coloquial lo de la sala 8 era un tema pendiente. La 8 era la sala del hospital militar donde llevaban a recauchutar a los que estaban en la biaba para volver a la biaba. Mi interior debía ese relato, ya que era alucinante cómo se vivía en ese lugar. Estaban en un mismo plano los que eran llevados a la muerte y nunca más se iba a saber de ellos, los que morían ahí, las imágenes que seguían flotando, las voces, los espíritus de los compañeros. Todo era uno. Y eso me permitió contar cosas que tenían origen en las cosas reales y describir un mundo donde los diálogos entre los vivos, los muertos, los que van a morir y los que van a vivir se mantienen unidos. Igual a nuestros coloquios carceleros.
–Y esos coloquios se trasladan a la multiplicidad de voces con las que narra...
–Somos muchas voces, aunque hay gente absolutamente identificable. Pero cuando narro en primera persona hablan todos ellos. Y todos ellos somos cada uno de nosotros, encontrándonos vivos o muertos en cada frase.
–¿Pensó en su muerte allí adentro?
–Todos los días, a cada segundo. Pero me reponía pensando y grabando en la memoria cada uno de esos segundos. Cuando nos avisaron de nuestra condición fue de manera brutal: “Son rehenes. Cualquier acción que se produzca afuera son boleta. Vamos a simular una fuga, algo que para nosotros es bien sencillo”, nos dijo un milico. Y, a partir de entonces, cada vez que nos trasladaban pensábamos que éramos boleta. Y nos trasladaron 47 veces.
–¿En qué lugar estuvieron más tiempo?
–En Paso de los Toros, en un tugurio bajo tierra, dos años y medio, donde no circulaba el aire y corrían las ratas que era un festival. Estábamos los tres en un cubículo ínfimo. Y subimos al Ñato hasta el techo para ver si podía aflojar unos tornillos que fijaban unas chapas. No hubo caso. Después nos enteramos de que arriba había un puente Bailey de hierro, que fue el estrado del Papa cuando visitó Uruguay.
–¿Qué otra cosa se juraron, además de dar testimonio de esos años?
–Que nuestra militancia en ese momento era resistir, no empantanarse en los lodazales de la locura. Y ese juramento es parte del segundo: dar cuenta. Está bien que hay una elaboración literaria, pero es una manera enorme de no haberse quebrado allí adentro.
–Aquello por lo que peleaban, ¿se cumplió con el Frente Amplio en el gobierno?
–¡Cómo se va a cumplir! Eso se pelea durante toda la vida. Llegar es llegar a un camino, el de la militancia. Y la militancia es la vida. Te pueden pegar un tiro, meter en cana, ver caer a un compañero, llegar al gobierno, pasar a la oposición, pero es para toda la vida. Los cambios no admiten planteos de otra naturaleza, ya que el gobierno es de la naturaleza que es. Y con eso, logramos cosas: que haya poco menos de un 6 por ciento de desocupación, que haya buenos ingresos, que los niños de todas las escuelas tengan su computadora gratuita, que haya inversiones. Pero la lucha es para siempre. Como creemos los uruguayos que decía Moisés en el Sinaí: “No apures el chancho en la bajada”.
–¿Se enojó con el presidente Mujica o con el ministro Fernández Huidobro por alguna cuestión política?
–El otro día, el Ñato estuvo internado por un problemita y lo fui a visitar. Le dije: “A veces es más difícil apoyar al gobierno que estar en el gobierno”. Pero no, están marchando bien las cosas. No hay que confundir los incidentes coyunturales que quedan estratificados en el nivel de los políticos con los cambios de fondo que son los que el país está teniendo como nunca. Las perspectivas son muy buenas, más allá de que hay cuestiones puntuales que uno suponía que iban a dar menos trabajo del que dan. Una consigna revolucionaria desde la oposición no es lo mismo que enfrentarse al mundo tal cual es desde el gobierno. Estamos haciendo el camino al mismo tiempo que estamos en el camino. Pero no olvidemos que en el Uruguay, como en todo el mundo, si hubiera un partido de la burocracia afanaría en las elecciones, les gana a todos los demás juntos en primera vuelta.
–¿Hay remanentes de la dictadura en esa burocracia?
–Hay remanentes de todo tipo. La burocracia está por encima de la dictadura, de la democracia, de las instituciones, de la ideología, del internacionalismo y del hombre a la Luna. Ese es uno de los problemas a resolver. El planteo de la reforma del Estado que hizo Pepe va a llevar mucho más tiempo. Pero seguimos acá, peleándola, como siempre.
 
Fuentes: Miradas al Sur

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